Navegar surcando los mares era una experiencia liberadora. Cada ola que rompía contra el casco del barco llenaba mi corazón de una mezcla de emoción y alivio. A lo lejos, la isla donde se escondía mi reino estaba ahora más allá de mi alcance. Esa distancia me otorgaba un poco de paz; sabía que llegar a ella tomaría mucho tiempo para cualquier extraño que osara acercarse. Mi magia me proporcionaba un radar, alerta a cualquier amenaza inminente, algo que me daba un cierto grado de control en esta travesía incierta. Los nuevos guardias que me acompañaban eran, sin duda, demasiado vistosos. Su plumaje brillante y su altura en vuelo atraían miradas, lo cual no era precisamente lo que requería en esta etapa de mi vida. Luchaba por permanecer en las sombras, mientras ellos, con su majestuosidad,

