El salón del trono se sentía pesado, casi opresivo bajo la mirada implacable del gobernante del norte. Aster, con su porte digno y su mirada decidida, se mantenía firme ante las exigencias del hombre que tenía frente a él. La villa del norte era un lugar impresionante, lleno de maravillas tecnológicas que deslumbraban, pero detrás de ese esplendor había secretos oscuros que lo inquietaban. Mientras escuchaba la conversación, mi mente viajaba por las calles de esa enorme ciudad, donde edificios de cristal y acero se alzaban como colosos contra el cielo azul. Era una utopía en la superficie, pero cada vez que un rayo de luz iluminaba la sombra de sus cimientos, podía ver sus verdades más profundas: las vidas de aquellos que eran considerados menos que seres humanos, los hechiceros marginado

