El duende Gargantua se miró al espejo y vió su viejo y fofo cuerpo reflejado en él. De pronto sintió una punzada en el corazón y con rabia pensó que ahora ninguna mujer querría mirarlo y menos si sabían lo poco hombre que era maltratando y acosando a cuanta mujer se le resistíera. Y una sonrisa malevola se le dibujó en el rostro al recordar que desde que había descubierto el internet podía cambiar de fachada cuantas veces se le antojara; volverse un apuesto galán, un caballero andante y hasta un play boy consumado. Orgulloso se sentó en su sofá de cuero, desparramando sus carnes y pensando en aquella mujer que lo despreciaba y a la que no podía engañar con sus mil caras; pero al fin la había vencido al sacarla del blog. Sí había tejido finamente su telaraña moviéndo todas sus influencias

