Mi compañera había muerto. Una vez más, alguien cercano a mí se había sacrificado por causa mía. No podía perdonarme por ello. Traté de aferrarme a su cuerpo, pero Nicolás me tomó de los hombros y me pegó hacia su pecho. La chica parecía dormida. Su rojizo cabello caía sobre su rostro y cubría una parte de él. Aun se ocultaba, en las comisuras de sus labios, su última sonrisa. ─Lo hiciste bien, pequeña ─dijo Kenay mientras le daba un beso en la frente a la chica y limpiaba sus lágrimas. Todo parecía tan irreal. Parecía mentira, ¡tenía que ser mentira! ¡Alma no podía estar muerta! Me puse de pie y me acerqué a Hazel tomándola de los hombros. ─¿Por qué no hiciste nada? ¡Pudiste haberla ayudado! ¿¡POR QUÉ NO LO HICISTE!? ─le grité mientras la zarandeaba. Era consciente de que no era para n

