─Me-ri-na ─escuché que alguien me llamaba─. ¡Merina! ¡Vaya! Esta niña si que duerme. Mis ojos se sentían pesados y mi cuerpo desorientado. Poco a poco fui abriendo los ojos mientras me incorporaba. Me sobe la cabeza, me dolía y no sabía por qué. ─¡Hola! ─me dijo alegremente una chica de ojos azules y cabello rojizo y largo. Me veía llena de entusiasmo, como si hubiese esperado mucho para que yo despertara. La ví un poco confundida. ─Donde... ¿Dónde estoy? ─balbucee mientras trataba de recostarme. La chica me lo impidió e hizo que me volviera a acostar. ─¡Vaya que eres terca! Tienes que descansar. ─¿Quién eres tú? ─pregunté con más calma. Ella sonrió y se encogió de hombros. ─Alma, Alma Montoya. Piloto del aula quince, Prímula. Tú no tienes que presentarte. ─¿Cómo sabes mi nombre? ─p

