Fisuras en el Cemento.

1033 Palabras
El regreso de Álvaro a Villa Magna se completó a la una de la madrugada. El BMW blanco lo esperaba donde lo había dejado, un faro de pulcra eficiencia en medio del caos del garaje público. Al tomar el volante, Elias sintió que se ponía la piel del hombre que había despreciado horas antes. ​Al entrar al condominio, el silencio no era reparador; era pesado, cargado de la expectativa de que todo estuviera en su lugar. Clara, dormida en el ala principal, no se había movido. Elias se deslizó en su lado de la cama, pero el tacto de las sábanas de seda le pareció frío y ajeno después del contacto crudo con la arcilla y la mano de Valeria. ​Pasó la noche en una vigilia tensa, su mente repitiendo la escena en el estudio: Yo vivo en una mentira, Valeria. ​A la mañana siguiente, la rutina se sentía más que nunca como una prisión. ​En el desayuno, Clara estaba revisando los presupuestos de una nueva gala. Su tono era cortante y pragmático. ​"La cena del club de campo es el sábado," anunció, sin levantar la vista. "Necesitas confirmar el menú con el Señor Dupont. Y por cierto, encontré una mancha de... ¿qué es esto? ¿Tinta? En la manga de tu camisa blanca de ayer." ​Elias miró su puño. Una pequeña, casi invisible, mancha de pintura al óleo se había resistido a la lavandería. Su corazón dio un vuelco. ​"Un marcador permanente," mintió con la rapidez de la práctica. "Estaba revisando unos planos en el sitio de la estructura." ​Clara, sin embargo, lo miró por primera vez con una sospecha genuina. "Últimamente estás muy disperso, Elias. Ayer llegaste tarde, hoy pareces exhausto. ¿La 'emergencia estructural' en Porta es tan demandante?" ​"Mucho," asintió él, intentando proyectar la imagen de un hombre sobrecargado por el éxito. "Es un proyecto de alto perfil. Requiere toda mi atención." ​La conversación fue interrumpida por Lucía, que entró a la cocina envuelta en auriculares grandes, con los ojos hinchados por la falta de sueño. Se sirvió un tazón de cereales y se sentó lo más lejos posible de sus padres. ​"Lucía," llamó Elias, sintiendo un deber forzado de actuar como padre. "Tu madre dice que has estado usando los auriculares hasta muy tarde." ​Lucía ni siquiera se molestó en quitarse los auriculares. Rodó los ojos y articuló las palabras: "Estudio, papá. Dejo la música baja." ​Clara miró a Elias con una expresión de 'haz tu trabajo'. Pero Elias ya no tenía la energía para la confrontación. Miró a su hija y vio un reflejo distorsionado de sí mismo: una persona joven, reprimida por las expectativas y escondida detrás de una fachada. ​"Está bien, Lucía. Solo asegúrate de descansar," dijo Elias, sintiéndose miserable por su propia falta de autoridad y convicción. Clara lo fulminó con la mirada, pero él la ignoró. Tenía que irse. La atmósfera de la casa era irrespirable. ​El impacto del encuentro con Álvaro no tardó en manifestarse en la oficina. ​Elias se sentó en su escritorio, rodeado de los planos de su proyecto más ambicioso hasta la fecha: el nuevo Centro Cultural Metropolitano. Era una estructura enorme y compleja que prometía ser el pináculo de su carrera en Villa Magna. ​Su socio principal, el metódico y conservador Thomas, entró con el rostro pálido. ​"Elias, tenemos un problema. Grande," dijo Thomas, deslizando una serie de impresiones de cálculos sobre el escritorio. ​"¿Qué ocurre?" ​"El revestimiento exterior. Enviamos los planos de especificación al contratista principal, pero el cálculo de carga es erróneo. Es un error crítico en el coeficiente de expansión térmica. Si usamos el material que especificamos, la fachada se agrietará con la primera ola de calor de verano. No es solo un fallo de diseño. Es un fallo fundamental de ingeniería. ¿Revisaste esto anoche antes de enviarlo?" ​Elias se inclinó sobre los planos. El número estaba allí, garabateado apresuradamente en el margen superior derecho, una corrección que había hecho él mismo. Y estaba mal. Un error de principiante, un descuido que solo se podía achacar a la fatiga o, peor aún, a la distracción total. ​"Sí, lo revisé," mintió, sintiendo el sudor frío. Había hecho esa corrección mentalmente mientras pensaba en la expresión de Valeria al hablar de "Arquitectura del Deber". Su mente había estado en el yeso y el arte, no en el acero y el cálculo. ​"Es un milagro que lo haya captado, Elias. Si esto se hubiera construido, la empresa habría enfrentado demandas por millones y nuestra reputación quedaría en ruinas," continuó Thomas, su voz temblando entre el alivio y el pánico. "Tendremos que retrasar la adquisición de materiales y rehacer la sección de la fachada. Es vergonzoso." ​Elías se hundió en su silla de cuero, sintiendo el peso de la culpa. No era solo un error profesional. Era un acto de sabotaje inconsciente. La mente de Elias Reyes, el arquitecto, estaba tan consumida por la vida de Álvaro, el artista, que había intentado, de forma subconsciente, destruir el pilar de su existencia falsa. ​"Tienes razón, Thomas," dijo Elias, su voz rasposa. "Es inexcusable. Me encargaré de la corrección personalmente. Pide disculpas al contratista en mi nombre y diles que se paralice el pedido." ​Thomas asintió, visiblemente aliviado, y salió de la oficina. ​Elias se quedó mirando el número erróneo. El error de ingeniería no era el problema; el problema era la fisura que se había abierto entre sus dos mundos. Álvaro estaba canibalizando a Elias. ​Se inclinó sobre el escritorio, tomó una pluma, y comenzó a dibujar sobre un papel en blanco, no la corrección técnica, sino un rostro: el rostro de Valeria, con esa mirada intensa y enjuiciadora. Se preguntó qué pensaría ella si supiera que la razón de su error era, precisamente, su fascinación por ella. ​Tenía que volver al estudio. Tenía que volver a Álvaro. La vida de Elias se había vuelto insostenible, y la única forma de lidiar con la mentira que había construido era sumergirse más profundamente en la mentira que vivía.
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