Andrea miró al joven Montesinos, con quien compartía mucha parte de su vida, desbaratando un reloj de pared al que, la última vez que se quedó parado, le había cambiado las baterías y ni así había vuelto a andar; Daniel se había ofrecido a limpiarlo porque, según él, era por polvo acumulado que el bello reloj no funcionaba. El azabache de ojos azules estaba tan concentrado en lo que hacía que algo en el interior de la chica que lo contemplaba hizo cosquillas y le provocó sonreír bobamente. Estaba enamorada de él, totalmente enamorada, ya no podía negarlo porque ya no le daba miedo saberlo ni admitirlo, por eso se lo insinuó con un comentario juguetón y medio tonto. —Si lo echas a andar me casaré contigo —declaró la joven y el destornillador en la mano del azabache se le escapó de las

