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4998 Palabras
Podría estar haciendo mil cosas productivas en este momento en lugar de esperar en el aeropuerto. Como dormir. Sí, dormir me parece más productivo que esperar viendo a Henry jugueteando con un cigarrillo que no puede fumar. Balanceándolo nerviosamente en su dedo anular y haciéndolo dar una vuelta entera con ayuda de su dedo índice. Vuelta y vuelta a la inversa, balanceo y vuelta; una y otra vez. Yo no tengo un cigarrillo para jugar. No fumo y hacerlo es más improductivo que, bueno, esperar en el aeropuerto. Así que tener un cigarro entre los dedos y esperar aquí es jodidamente más improductivo que dormir... o ver crecer el pasto, o ver a un caracol arrastrándose con la ayuda de su propia baba. De haber sabido que el vuelo tendría tres horas de retraso, habríamos salido con más calma. Miro mi reloj a cada momento y el incesante temblor de mi pierna parece poner nervioso a Henry, quien me mira por momentos y se abstiene de decirme algo. No me importa ponerlo nervioso, él me pone más nerviosa con su cigarro; además me obligó a venir. Si estuviésemos esperando un vuelo para salir de viaje o estuviera por llegar alguien a quien quisiera o al menos conociera, sería diferente; pero quien está por llegar de Francia es su hijo Matías. No lo conozco personalmente, vivo con Henry desde hace ocho meses y Matías estuvo los tres pasados años mochilenado por Europa. Henry no me habla mucho de su hijo. Las veces que lo hace me recalca que fue un adolescente problema y que esperaba que el dejarlo tomarse tres años sabáticos le hubiesen servido para pensar sobre su futuro y sentar cabeza... o aburrirse de perder el tiempo. Por lo poco que sé de él, lo dudo. De vez en cuando mandaba fotografías de los sitios que visitaba y relataba cortas historias de fiestas a las que había asistido, lugares donde había acampado, y ya fuera porque era un cínico o simplemente quería molestar a su padre, cuánta hierba había fumado y su opinión sobre la calidad de ésta en los diferentes países. A veces también contaba sobre la chica, o las chicas, con quienes había tenido sexo desenfrenado; pero de eso no me enteraba, porque esa era la parte en la que Henry cerraba el correo y me ordenaba hacer otra cosa. Por fin escuchamos por el megáfono que el vuelo treinta y uno cincuenta y dos ya aterrizó. Nos levantamos con las articulaciones casi anquilosadas y la poca paciencia que nos quedaba termina de consumirse mientras esperamos que Matías atraviese la puerta. Hay una marea de gente atravesando la puerta y de él, ni señales. Yo creo que él es tan mala hierba como su padre dice. Sabe que estamos aquí desde hace horas y aún así va a salir al último. Sí, como sospechaba salió al final, con la multitud ya dispersa. No se me hace difícil reconocerlo pese a que solo lo he visto en fotografías, sus rastras castañas atadas en una coleta no pasan desapercibidas. Henry se acerca a recibirlo y yo lo sigo de mala gana, no porque quiera demostrar que aún sin conocerlo le tengo aversión, sino porque soy una persona muy tímida y no sé exactamente cómo saludarlo. ¿Debo presentarme? ¿O esperar a que Henry lo haga? Aunque ya le ha hablado de mí y le ha enviado algunas fotografías. —El vuelo fue terrible, te juro que prefiero el barco de carga en el que viajé a Sicilia —le dice Matías a su padre mientras carga su bolso. Viéndolo en persona, es más alto y más parecido a Henry de lo que pensaba. Su cabello difiere mucho en estilo al de su padre, pero comparten el color, tienen la misma mirada y en cuanto a vestimenta luce como su completo opuesto. Henry siempre anda bien afeitado y con traje; en cambio, Matías lleva un jean roto, una camiseta con el nombre de alguna banda de rock que no conozco y una camisa azul algo desteñida encima. Lo que más me llama la atención es su aroma, a tabaco, debe fumar demasiado para que el olor se mantenga en su ropa aún después de trece horas de viaje. A diferencia de la mayoría de chicos altos quienes andan un poco encorvados disimulando su estatura, él camina muy recto, orgulloso de vernos a todos desde arriba. —Te esperamos mucho. ¿Por qué se retrasó tanto el vuelo? —pregunta Henry. Yo sigo a su lado pasando desapercibida, decidiendo si saludar o no. —El clima. No era necesario que vinieras, puedo manejarme solo, lo he hecho por toda Europa sin conocer nada, creo que puedo encontrar el camino del aeropuerto a tu casa —le responde de forma hostil y eso me molesta, podría estar un poco agradecido. Henry no le dice nada, yo creo que Matías siempre es así y él ya está acostumbrado, o evita pelear—. Cierto, ella es Emma. —Por fin me presenta. El chico ni siquiera voltea a mirarme. —Sí, hola. ¿Dónde está el auto? Quiero llegar a dormir, el cambio de hora va a matarme. Si yo fuera un poco más valiente y extrovertida lo habría jalado de su horrible colita y lo habría obligado a saludarme correctamente; pero me limito a seguirlos hacia la salida, cruzada de brazos, como si fuera un perro callejero siguiéndolos por comida. Para ser una familia que no se ha visto en tres años, Henry y Matías se hablan con demasiada indiferencia. Yo imaginaba que él llegaría contando millones de historias sobre todo lo que había visto y que Henry no pararía de hacerle preguntas. En lugar de eso están discutiendo sobre el tráfico. Matías le reclama el haber tomado esta ruta y su padre le responde echándole en cara la cantidad de veces que ha realizado la ruta La Paz- El Alto. Resoplo y apoyo mi mentón en la mano, aprovechando de disfrutar del paisaje por la ventanilla. Cuando pasemos esta parte del embotellamiento y bajemos por la autopista, la imponente cordillera nevada que rodea ambas ciudades empezará a ocultarse tras los cerros rojizos. No hay nada para comer en casa de Henry. La empleada está de vacaciones y estos días comemos afuera. Suponiendo que Matías debe estar muerto de hambre, Henry propuso que antes de ir a casa nos detuviéramos en Burger King. —¿Qué van a pedir? —nos pregunta a ambos. —Una Whopper doble en combo con todo agrandado, muero de hambre —contesta Matías. —Una promoción, con refresco —pido cuando me señala. Henry se va a la fila y nos deja en una mesa. Me siento incómoda, lo único que deseo es que me diga algo, porque yo no me animo a iniciar una conversación. Matías saca su celular del bolsillo y se pone a escribir, por el sonido sé que se está mensajeando con alguien. Sonríe antes de responder y sigue actuando como si yo no estuviera. Tenía miedo de pensar cómo sería convivir con Matías. No tengo hermanos y el vendría a ser algo parecido, pero comienzo a sospechar que me tratará como si no existiera. Mejor, porque es a lo que estaba acostumbrada: a ser invisible. Como está sentado justo al frente me veo obligada a contemplarlo. Sus pestañas son negras y espesas, y apenas me dejan ver sus ojos. Me pregunto si no le resultan incómodas; a mí me lo resultarían, no soporto nada encima o cerca de mis ojos, ni siquiera delineador o rímel. Henrry aparece por fin con la comida, interrumpiendo mis pensamientos idiotas. Haciéndome dar cuenta de que inconscientemente me rascaba los ojos. Ver pestañas largas para mí es como ver insectos, aunque no se te suban igual empiezas a sentir comezón por el cuerpo. La bandeja no está ni apoyada en la mesa y el chico ya agarra su hamburguesa. Mientras le pone tres sobres de kétchup, me mira por un segundo y se acerca a su padre para hablarle al oído. — ¿Es autista o algo así?—Lo escucho preguntar. Ahora sí me molestó. — ¡No! —respondo sin darme cuenta del volumen de mi voz. —Es que como no hablas —dice levantando las cejas al tiempo que da un gran mordisco. —Emma es un poco tímida con la gente que no conoce, ya te va a tomar confianza. A mí casi no me hablaba las primeras semanas, ahora conversamos todo el tiempo ¿no Emma? Asiento, frunciendo los labios, todavía enojada por la pregunta de Matías. Lo que dice Henry es verdad. Me cuesta hablar con quien no conozco, pero cuando entro en confianza, supongo que me comporto como una persona normal. El problema es que no sé cómo iniciar una conversación, o romper el hielo. A veces me da vergüenza, o tengo miedo de molestar. No me gusta que me molesten, por lo tanto, no quiero ser una molestia para nadie. —Trátala bien. Para ella que estaba acostumbrada a vivir solo con su madre le va a ser un poco complicado convivir con dos varones. —Siempre y cuando no te metas con mis cosas vamos a llevar la fiesta en paz. —Por primera vez me habla directamente y me siento extraña, creo que no le caigo bien. No es que yo haya elegido vivir con ellos, no quiero ser una intrusa en su casa; desafortunadamente es lo que me tocó. Mi madre murió el año pasado, luchó contra el cáncer de mama por cinco años y durante ese tiempo pensamos que superaría la enfermedad y sería de esas mujeres que orgullosas muestran que les falta medio pecho, producto de una operación que salvó su vida; sin embargo, no fue el caso. No teníamos dinero para pagar un seguro privado y en el público debíamos ir a diario a pelear por conseguir una cita con el médico para que le programaran las quimioterapias. Hay tanta gente con esa enfermedad, que a mi madre la ponían siempre en lista de espera y no actuaron a tiempo. Además de ella yo no tenía nadie. Mis abuelos maternos murieron también y mi padre nos abandonó cuando yo apenas era una recién nacida. Henry era un compañero de la universidad de mi mamá. Él atendía sus asuntos legales y mi madre lo nombró mi tutor en caso de que algo le sucediera. Por eso vivo con él, y ahora con Matías, su único hijo. Ojalá él se limite a ignórame eternamente, aunque tengo el mal presentimiento de que no vamos a llevar la fiesta en paz. Aunque comemos fuera para el almuerzo y la cena, el desayuno lo hacemos en casa. Matías no bajó, sigue dormido. Termino mi último sorbo de jugo y recojo los platos. Hoy me toca lavar, mañana a Henry, que acaba de programar a Matías para pasado mañana. La señora que hace la limpieza está de vacaciones así que intentamos mantener el lugar un poco ordenado, al menos lo suficiente para que sea habitable. Lavo rápidamente, Henry me está esperado, él me lleva al colegio, me deja camino a su trabajo y por las tardes vuelvo sola. Estudio en el colegio privado "Nikola Tesla", estoy aquí desde principios de año. Antes estudiaba en uno de convenio, pero como Henry vivía en otra ciudad, tuve que mudarme. La idea no me desagradó en ningún momento, fue como empezar desde cero. En mi anterior escuela tenía muy pocos amigos, era casi invisible, luego pasé a ser la chica cuya madre murió de cáncer. Al entrar a aquí prometí que las cosas serían diferentes. Puse mi máximo empeño para encajar y hacer amigos. Es mi último año y de verdad quiero reunir buenos recuerdos, sobre todo tener grandes amigos a los cuales abrazar el día de la graduación y decirles con toda sinceridad que voy a extrañarlos. Soy el tipo de personas que cuando quieren algo se lo proponen hasta lograrlo y, aunque me costó horrores, superé mi timidez. Conozco a casi todos los de mi clase, al menos nos saludamos cuando nos cruzamos. No soy la chica con la cual todos quieren estar, tampoco pretendo serlo, pero tengo amigos, incluso un novio: Arturo. Me gusta bastante. Es carismático y apuesto, le gusta a la mayor parte de las chicas de mi curso, así que supongo que soy afortunada. Arturo es media cabeza más alto que yo, tiene el cabello rubio ceniza, ojos verdes y es de complexión delgada. La semana pasada cumplimos un mes de noviazgo y ese día tuvimos relaciones sexuales por primera vez, al menos fue la primera vez para mí. No sé si fue también su primera vez, no me atreví a preguntárselo. Antes había escuchado que la primera vez suele ser horrible para las mujeres, muchos nervios, mucho dolor y no sabes realmente qué hacer. No sé si es igual para todas, pero para mí fue exactamente así, un experiencia no muy agradable. No lo hemos vuelto a hacer, creo porque no se dio la oportunidad; no sé si Arturo lo disfrutó realmente, pero no ha terminado conmigo, imagino que eso es una buena señal. No sé si quiero repetir la experiencia de nuevo, al menos no por ahora. Al bajar del auto de Henry en la entrada del colegio veo a mi novio acercarse, parece que también acaba de llegar. —Hola vida. —Me saluda con un beso. —Hola —lo saludo de vuelta, no me nace decirle vida o cariño, o alguno de esos apodos con que se llaman los novios, simplemente lo llamo por su nombre. Caminamos hacia los casilleros, los nuestros están uno al lado del otro, fue gracias a eso que nos conocimos, y tras conversar varias veces, comenzamos a sentarnos juntos en clases; ahí él me introdujo a su grupo de amigos. El colegio es muy grande, fácil de perderse las primeras veces. Está compuesto por tres edificios principales para preescolar, primaria y secundaria; un auditorio, un coliseo deportivo, una cancha de fútbol y basquetbol, una pista atlética de tierra y muchos jardines. Ahora nos dirigimos al edificio de artes, es la materia que nos toca los lunes en la mañana. Con Arturo nos sentamos en el último lugar, donde el maestro no pueda vernos. Me gusta el colegio, me encanta estudiar; excepto en esta clase, siempre me siento en las primeras filas, para prestar más atención y tomar apuntes. Quiero graduarme con el mejor promedio, pero mis planes se ven truncados por culpa de la maldita clase de arte. Odio esta materia. No se me da bien el pintar o dibujar y tampoco le hallo el sentido. ¿De qué me va a servir esto en la vida? Debería ser una materia optativa, en mi anterior escuela lo era. Ahí entraban los más vagos y los más tontos, los que eran incapaces de aprobar las materias exactas o humanísticas y no se preocupaban por su futuro. En este colegio tienen la muy retrógrada idea de que debemos saber de todo. Para ser un colegio con tanto prestigio, nos hacen perder el tiempo con cosas inútiles. Laura e Isabel, mis amigas, acaban de llegar y se sientan con nosotros. A ellas esta clase tampoco les agrada, pero al menos tienen trabajos para presentar. Cada viernes es la misma rutina en clases. El profesor Ricardo enciende el proyector, nos lee el título sobre un movimiento artístico y nos pasa aburridas diapositivas con pinturas, fotografías y esculturas, mientras nos lee el nombre del autor y una breve explicación de la obra. Dije que no había nada más aburrido que esperar en el aeropuerto o ver crecer el pasto, pero esto es aún más aburrido. Mataría por ver a una babosa. Hago un gran esfuerzo por no dormirme. Ahora estamos viendo el cubismo y no importa cuántos consideren a Pablo Picasso un gran artista, lo suyo me siguen pareciendo dibujos deformes equiparables a los de un niño de primaria. Miguel Ángel, Botticelli, Leonardo da Vinci... Ellos sí eran artistas, ellos podían hacer lo que la mayoría no puede: plasmar la realidad en un lienzo, hacer pinturas que no tuvieran nada que envidiar a una fotografía. Eso era talento, eso para mí es arte. No un montón de garabatos o manchas de pintura que la mayor parte de la gente puede hacer, menos algo tan estúpido como lo que hacen los artistas modernos, como el poner un urinal en medio de una sala. —Bien, ya tuvieron muchos ejemplos, ahora saquen su cuaderno de arte y a trabajar—nos ordena el profesor. Las luces se prenden y creo que voy a estar ciega por un buen rato. Saco mi block de dibujo y un lápiz. Como siempre no tengo idea de qué es lo que voy a hacer. Se supone que en base a lo que vimos debemos hacer una pintura cubista. Hicimos lo mismo con el impresionismo, el realismo y el minimalismo; y en cada ocasión solo tracé un montón de garabatos mientras conversaba con mis amigos. —Emma, ¿terminaste el trabajo de la anterior clase? Muéstrame. —No sé en qué momento el profesor apareció detrás de mí. Con mucha vergüenza abro mi block, no tengo nada. Como nunca realizo ningún trabajo, él me da la oportunidad de avanzar en casa, pero no importa donde esté, aquí o en casa; no tengo inspiración, ni talento, ni creatividad. —No pude hacer nada —le contesto. —Pues no sé de dónde vas a sacar nota. No es tan difícil, en base a lo que hemos visto haz algo parecido. Te voy a dar dos clases para presentarme todos los trabajos, o tienes un cero. En cuanto se aleja golpeó mi cabeza contra la mesa. De verdad odio esta clase. —Vamos vida, no es muy difícil, le gusta que llenes la página, con que le pongas cualquier cosa te va a poner cien. —Me anima Arturo. —Yo he dibujado cada huevada... y le encanta —dice Laura. —Es que no sé qué hacer. No sirvo ni para pintar toda la página de un solo color. ¿Por qué nos tiene que obligar a hacer estas cosas que no sirven para la vida? —me quejo. —Nada de lo que te enseñan en el colegio te sirve para la vida. A ver, ¿cuándo vamos a usar el álgebra? —añade Isabel, que está concentrada en su hoja, dibuja un par de cuadrados y un circulo, nada muy elaborado. —El álgebra sí te sirve, las matemáticas son útiles para todo, estas estupideces no. —Decido hacer algo parecido a Isabel, dibujo un cuadrado en medio de la página y me queda chueco; no sirvo ni para hacer una línea recta. Agarro mi goma y borro con fuerza. Intento hacerlo de nuevo y me sale peor. Podría intentarlo una y otra vez hasta lograrlo, pero me rindo fácilmente, no tengo ganas de dibujar y tampoco le veo el punto. Me pasé el resto de la hora conversando con Arturo, Laura e Isabel. Ninguno ha terminado su trabajo, mas tienen algo que presentarle al profesor antes de que la clase acabe. —Chicos hagan una fila para que firme sus trabajos. Me levanto para mostrarle mi hoja en blanco llena de borrones. Me pongo al último de la fila, para salir corriendo en cuanto toque el timbre. Después de que el profesor firma el trabajo de Arturo es mi turno. —No has hecho nada —me recrimina—.Emma, sé que eres muy buena alumna en otras materias, pero no por eso te voy a hacer pasar mi clase si no pones ni el más mínimo esfuerzo. Si no me presentas todos tus trabajos hasta dentro de dos clases, vas a perder esta nota y es más del sesenta por ciento. —¡Es que no puedo! —me quejo, no puedo perder nota, por culpa de esta estúpida clase mi promedio va a bajar— ¿No le puedo hacer un trabajo de investigación o una monografía? —No, esta clase es de creatividad. —Es que no tengo creatividad. —Todos somos creativos en mayor o menor medida, quiero ver un esfuerzo de tu parte. No todos son los mejores en física, o en matemáticas, o en lenguaje, pero seguro que si no fueras buena en ninguna de esas cosas no les preguntarías a los maestros si les puedes hacer un trabajo diferente. Esta clase es tan importante como esas, así que esfuérzate. —Me devuelve mi block y da por zanjado el tema. ¿Esta clase tan importante como las otras? ¡Ja! Esa es la mayor estupidez que he escuchado. Tal vez es igual de importante que la clase de música, o la de educación física, pero no puedes comparar la clase de arte con la de matemáticas o la de física. Es ridículo. Escuchar semejante cosa me pone de muy mal humor. Al llegar a casa en la tarde lo primero que hago es buscar en el refrigerador algo de fruta, lo único que hay para comer. Me quito los zapatos y como no hay nadie en casa me desabrocho el brasier. Antes de ponerme a hacer las tareas voy a descansar un rato jugando Play Station. Hace años tenía una X-box que con mucho esfuerzo mi madre me regaló en una navidad, pero luego tuvimos que venderla para comprar unos medicamentos que el seguro no cubría. Confieso que me costó un poco desprenderme de mi consola, pero en cuanto me enteré que necesitábamos cerca de trescientos dólares para la enfermedad de mi madre, no dudé en venderlo, aunque ella no estuvo de acuerdo, no le gustaba que sacrificara cosas. Como si un montón de videojuegos fuesen más importantes que su vida. A veces ella era así: terca e insensata. Tenía que hacerle razonar a gritos; en esa ocasión le dije con dureza e intentado poner crueldad en mis palabras, que si ella se moría el X-box no iba a criarme. Eso la hizo entrar en razón, por pensar tanto en mí y lo mucho que disfrutaba de un aparato, no pensó en lo verdaderamente importante. Henry me compra muchas cosas y si le hubiera pedido esa consola de seguro me la habría regalado, pero aquí ya tengo el Play Station 3 de Matías y me es más que suficiente. En cuanto llego al segundo piso donde hay una pequeña sala alfombrada con una televisión, saco uno de los cojines del sillón, lo tiro al suelo, agarro el control remoto y el mando de la consola y me dispongo a jugar tumbada de estómago sobre el cojín. ¡Demonios! Un repentino ruido a mis espaldas me sobre salta. Mi corazón late con fuerza y pego un brinco, solo me calmo un poco cuando veo a Matías en la puerta de su habitación. Me había olvidado de él por completo. Tiene las rastras sueltas y desordenadas, está vestido con un pantalón de pijama y una musculosa blanca. Tiene buen físico, delgado y con los músculos de sus brazos marcados, imagino que se debe a haber caminado por media Europa cargando una enorme y pesada mochila. —Casi me matas de un susto —le digo, sintiendo todavía mi corazón en el cuello. Él no me responde nada. O no me escucha o sigue con el plan de ignorarme. Baja corriendo las escaleras y al llegar al final lo escucho saltar para tocar el techo. Si vamos a vivir como si el otro no existiera no me importa, no voy a morir por eso. Me olvido de él y continúo con mi juego, anoche me desvelé con el Assassin's Creed y estoy ansiosa por continuarlo. Después de un rato regresa con una bolsa de galletas. Saca otro cojín del sillón y lo tira a mi lado. Sorprendida, pauso el juego. Matías se sienta y se mete una galleta entera a la boca. Recién me doy cuenta que su brazo izquierdo está tatuado. Tiene una de esas imágenes tribales a las que no les he hallado nunca el sentido. Empieza en su hombro y baja casi hasta su codo. Por el cuello de su musculosa se asoma otro que va desde su espalda hasta su cuello. —Pon el FIFA —me ordena con la boca llena. Yo lo miro algo desconcertada. —El FIFA. —Me señala los discos de juego y me arrebata el mando de las manos—. Yo soy el Player one —dice y me alcanza el otro mando. No sé por qué le obedezco. Guarda mi partida y saca el disco para que yo ponga el otro. Sin preguntarme si quiero jugar pone el juego, elige automáticamente dos jugadores y me asigna un equipo. — ¿Sabes jugar? ¿no? —me pregunta cuando empieza el partido. —Sí—respondo y rápidamente presto atención a la pantalla. Hacía mucho que no jugaba contra otra persona. A mis amigos los juegos de video no les van, así que siempre soy yo contra la computadora. No soy mala con el fútbol, pero Matías es increíble, no sé cómo lo hace, ya me ha metido tres goles en un minuto. —Creí que sabías jugar. —Sí sé jugar. Pero no juego mucho a esto y contra la computadora es más fácil. Además prefiero la X-box, tiene mejores gráficos. —Intento demostrarle que no soy una completa ignorante en estos temas, aunque por la forma en la que me golea sin piedad demuestro lo contrario. —¿Y eso que tiene que ver con seas pésima en esto? mejores gráficos no significa mejores juegos o que seas mejor jugadora. Le doy la razón interiormente, pero no se lo voy a decir. —Si te gano dos de tres tú tomas mi lugar lavando las cosas hasta que vuelva la empleada —me dice. No me pregunta si acepto la apuesta, solo la hace, y yo, como la muy tonta introvertida que soy, no me animo a negarme. En nuestro tercer partido me gana diez a uno. Aunque ya con el segundo tenía ganada su auto apuesta, me dejó tomar revancha. —Perdiste—afirma lo obvio—. Eres muy mala en esto. —Soy mejor en carreras o en juegos de lucha. Quiero mi revancha con uno de esos. —Na, ya te gané y estoy aburrido. —Se levanta y me lanza el mando—. Sigue con tu juego. Agarra lo que queda del paquete de galletas y se encierra en su habitación. La verdad me quitó las ganas de seguir jugando. Matías es irritante, parece un niño caprichoso que hace lo que quiere cuando quiere, me cuesta creer que Henry lo haya criado. Él es serio y estricto; Sin embargo, no necesita imponer mucha disciplina conmigo. No le causo problemas. —¿Cómo te está yendo en las clases? —me pregunta Henry en la mañana. Ayer llegó muy tarde, así que ya son veinticuatro horas desde que no nos vemos. —Bien en todo, menos en arte. —Desganada juego con la mantequilla, la empujo de un lugar al otro mientras se derrite en el plato. —¿Otra vez con problemas? —Sí. Tengo que presentar un montón de trabajos atrasados, pero no es tan fácil, no es como hacer un problema de matemáticas donde solo lo resuelves y ya, para el arte no hay fórmulas, solo un papel en blanco con miles de posibilidades y no sabes cuál es la correcta, porque no hay una correcta. Odio lo inexacto, el no poder llegar a una única solución. Miguel es el mejor amigo de Arturo. Se conocen desde pequeños y hacen todo juntos. Miguel es mi amigo también, aunque no somos muy íntimos. Conversamos, sobre todo cuando Arturo está presente, pero ni siquiera tenemos el número de teléfono del otro, o es el tipo de persona a quien le contaría mis problemas, o siquiera algo de mi vida. Su casillero está debajo del mío, él ahora está sacando sus útiles, yo espero que termine para abrir el mío. En un ocasión lo abrí cuando él todavía estaba agachado, al levantarse se golpeó con la esquina de la puerta de metal y se hizo una herida. —Hola —lo saludo. —Hola Emma —me saluda de vuelta y se apresura a sacar sus cosas, para que yo pueda abrir mi casillero. Creo que todavía tiene miedo de que lo vuelva a lastimar. — ¿Por qué no viniste ayer? —Mis padres se están divorciando, ya sabes como es. Ambos quieren ganarme con regalos y el fin de semana me fui de viaje con mi papá. Regresamos ayer en la noche. —Genial, a dónde fueron. —A Arica, a la playa. Como él tenía "negocios que atender"—dice haciendo comillas imaginarias con los dedos—, me la pasé en el hotel, con piscina, canchas, billar, chicas lindas y fáciles... Yo simulo una sonrisa, Miguel cree que es muy gracioso cuando habla de sus supuestas conquistas. Nunca le creí, según él es todo un Don Juan y según Arturo, hay que creerle la mitad de lo que dice, porque la mitad de sus conquistas son mujeres que le paga su padre. — ¡Hijo de puta! —le grita Arturo desde el extremo del pasillo y salta a agredirlo. Ellos se tratan así, con brusquedad e insultos. Resulta divertido mirarlos —. ¿Cómo te fue? ¿Succionaste el dulce elixir del divorcio? —Sí, hasta la última gota. Ahora a ver cómo mi madre supera eso. Ellos se van conversando y yo los sigo, escuchando lo que dicen. La mayor parte de los chicos del colegio tienen padres divorciados o en proceso de divorcio, y la mayoría disfruta de poner a sus padres en competencia, consiguiendo regalos de ambos por congraciarse. Tal vez.
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