Santiago y yo habíamos acordado volver a vernos. Pasaría a recogerme a la misma hora, es decir, a las tres de la tarde.
Esta vez, vestiré la mejor ropa que encuentre en el armario. No me pondré nada demasiado sencillo ni muy extravagante, buscaré lo ideal para esta ocasión. Después de todo, es una cita.
Exploro en el closet, esperando hallar algo realmente bueno.
Quito un montón de prendas que habíamos comprado junto con Soraya, y que aún no los había estrenado.
Aunque haya sido con ella, estas increíbles ropas no tienen la culpa de nada, así que escogeré alguna.
El problema es que no tengo estilo ni sentido de la moda, no sé combinar ninguna prenda. Si me lo dejan a mí, terminaré luciendo como un payaso.
Escribo a Marina pidiendo ayuda; sin embargo, no obtengo la respuesta deseada.
MarinaC: No tengo idea, solo me pongo lo primero que se me ocurre.
En realidad, me lo imaginé. Marina es bastante simple en cuanto a gustos.
Veamos, quizás Paloma...
PalomaN: No lo sé, ponte algo cómodo.
Demonios. Esto del ropaje es tedioso y enigmático. En el internado, era suficiente con tener un par de pijamas, pues llevábamos puesto el uniforme la mayor parte del día.
Increíble. Necesito a Soraya para llegar a una conclusión.
¡Aghk, Dalila! ¡Nunca, pero nunca vuelvas a pensar en algo así!
Bien, simplemente vestiré lo que sea.
Al final, elijo un vestido color rosa, me van mejor las prendas de una sola pieza.
Faltan tan solo cinco minutos para las tres, cuando suena el timbre. Emocionada, salgo para recibir a Santiago.
—¡Hola! —exclamo, lanzándome a sus brazos.
—Guau, luces grandiosa —me toma de la mano y me hace girar para apreciar mi atuendo.
—Solo vestí cualquier cosa —sonrío, ruborizada—. ¡Deberíamos irnos ya!
Lo estiro de la camiseta y lo llevo hasta el coche, en el cual subimos para marcharnos a nuestro destino.
El sitio es el mismo que el anterior. La costanera. La diferencia es que el sol aún está en lo alto, y gracias a ello, podremos admirar el paisaje en su máximo esplendor.
Nos sentamos en uno de los bancos y observamos el río. Escuchamos música, cantamos juntos y reímos en cuanto nos equivocamos con la letra de la canción. Conversamos sobre temas sin sentido, de fantasmas y alienígenas, de ángeles y demonios.
Nos tomamos bonitas fotografías frente al atardecer, y también, fotos graciosas usando filtros de aplicaciones.
No podía pedir nada más, fue realmente divertido. Lo triste es que, cuanto más te diviertes, más rápido pasan las horas.
Decidimos regresar antes del anochecer, por lo que subimos de vuelta en el coche y nos encaminamos a casa.
—¿Te gustaría quedarte a cenar? —pregunto, mientras conduce. No quería que la cita acabara tan pronto.
—Claro, si me invitas.
No debería acaparar todo su tiempo, lo sé, pero no puedo evitar ser egoísta en ocasiones. Su compañía me trae sosiego; por lo tanto, deseo tenerlo cerca tanto como pueda.
Agarro el celular y miro nuestras fotos con filtros, a lo que desato una carcajada. Coloco el móvil frente a él para que también suelte unas risas al verlas.
Concentrados en nuestro momento feliz, no nos dimos cuenta de quien se encontraba sentado en las escaleras del pórtico. Una vez que frenamos delante de la casa, nos percatamos de que Diego estaba allí, esperando.
El brillo que desprendía mi alma, la paz que afloraba en mi interior, la fortaleza que venía construyendo con esfuerzo... Se derrumbaron en un solo segundo.
¿Qué... Qué está haciendo aquí?
¿Porqué, Diego? ¿Porqué estás aquí? ¿A qué viniste de nuevo?
Debería... ¿Debería irme y regresar más tarde con la esperanza de que se haya ido?
No, no es buena idea. Eso sería como huir otra vez, y ya no quiero seguir haciéndolo.
Tienes que ser fuerte, Dalila. Enfréntalo.
—Bajemos —digo a Santiago, quien accede sin chistar.
Me aproximo a Diego, quien está sentado con la cabeza apoyada en las rodillas. Al escuchar mis pasos, levanta la mirada y se asombra.
—Dalila...
Es imposible ocultar mi tristeza aunque me esfuerce por lograrlo. Arrugo la frente y aprieto los puños para calmar mi temblor.
—¿Qué haces aquí, Diego? —pregunto, mientras que Santiago está parado detrás mío.
—Necesito hablar contigo —se pone de pie y me toma de los brazos. Puedo percibir alcohol en su aliento, ¿estuvo bebiendo?
Claro, de otro modo, quizás no habría venido.
—Todo lo que debimos decirnos, ya lo dijimos en su momento. No queda nada más —expongo.
—No, no es así. Hay algo que aún no te he dicho, escúchame por favor.
—No te ves bien y ya es tarde. Mejor ve a casa.
—Déjame platicar contigo, solo serán unos minutos —mira a Santiago, luego regresa la vista en mí— hablemos a solas.
Lo que quiere es que Santi se vaya, pero no es él quien debería irse.
—Bien. Dalila, será mejor que me marche —suelta Santiago.
—No —niego rotundamente—. Diego, si lo que tienes que decir es muy importante en verdad, puedes hacerlo delante de Santiago.
—Dalila, en serio. Me iré sin ningún problema, nos veremos mañan...
—¡Tú no te mueves de aquí! —exclamo.
¡Rayos! ¿Qué no se da cuenta que no deseo quedarme a solas con Diego?
Mis manos tiemblan sin detenerse, estoy invadida por la ansiedad.
—Diego, habla de una vez —impongo.
—Está bien —adopta una postura firme—. Sé que dejé pasar demasiado tiempo, pero solo ahora es cuando tengo el valor suficiente para expresarlo —suspira— quiero pedirte perdón.
¿Qué?
Lo miro con recelo, frunciendo el ceño.
—Perdóname por todo el daño que te he hecho. Nunca quise lastimarte, me equivoqué.
Mis ojos se humedecen, estoy a punto de romper en llanto; cuando de pronto, siento la cálida mano de Santiago sosteniendo la mía por detrás.
Puedo leer su aura, el cual dice: "tranquila, estarás bien".
El sollozo que se había estancado en mi garganta, se disipa.
No necesito continuar con esto. Lo mejor para mí es que me olvide de todo lo que alguna vez fue y siga adelante con mi vida; eso significa que debo soltar a Diego, no solo físicamente, sino también emocionalmente. Tengo que dejarlo ir.
—Está bien, Diego. Te perdono.
El ambiente se torna extraño; sin embargo, no voy a retroceder. El primer paso para superarlo, es perdonarlo.
De todos modos, Diego no luce aliviado. Es como si pensara que solo lo digo para librarme de él, pero que no lo estoy perdonando en realidad.
Aún así, no puedo hacer nada más.
—Si eso es todo, deberías irte —indico.
No quiere hacerlo, su rostro lo denota. Pese a ello, sabe que tiene que irse, pues ya no hay lugar para él aquí.
Comienza a caminar, resignado. Parece que al fin se irá; es entonces cuando voltea ligeramente la cabeza, dándose cuenta de que Santiago y yo estamos tomados de la mano.
Se aproxima a él y lo fulmina con la mirada.
—Ustedes se han vuelto bastante cercanos, ¿no es así? Mucho más de lo que eran antes —reprocha—. ¿Qué significa esto, Santiago? ¿Estuviste esperando pacientemente a que tuviéramos problemas para quitarme a mi chica?
—No es así... —responde Santi, soltando mi mano.
—Ahora entiendo la razón por la que era difícil encontrarte en estos últimos días. Estabas merodeando a Dalila, como un buitre.
Santiago simplemente lo observa en silencio, aceptando la reprimenda de Diego.
—¿De eso se trata? ¿Ahora salen juntos o algo así? —toma a Santiago del cuello de la camiseta—. ¡Contéstame! .
Él sigue sin articular palabra, lo cual me llena de nervios.
Demonios, Santi. ¿Acaso no sabes defenderte?
—¡Ya basta, Diego! ¡Basta! —intercedo, separándolo de Santiago—. En primer lugar, ni él ni yo te debemos ninguna explicación, te recuerdo que fuiste tú quien falló, así que trágate tus regaños; y en segundo lugar, si alguna vez decidiéramos sostener una relación que va más allá de la amistad, es asunto nuestro, tú no tienes nada que ver ni estás en posición de hacer reclamos.
Diego me observa con atención, mientras que su expresión demuestra dolor. Mis palabras lo hirieron.
—Debiste permitir que los hiciera novios, si de todas maneras terminarían así —su voz tiembla.
—Tienes razón. Si hubiera seguido tu juego, las circunstancias serían muy diferentes —me duele decirlo, más de lo que tal vez le duela a él—. ¡Ahora lárgate con quien te plazca, vete!
Retrocede a paso lento, sin despegar la vista de mí. Airado, da media vuelta y se marcha.
Al verlo alejarse, me desplomo en el suelo, sin fuerzas.
—¡Dalila! —Santiago se asoma y me ayuda a ponerme de pie.
—¿Porqué tuvo que venir? ¡Lo único que hizo fue arruinarlo todo! —recrimino, apretando los dientes.
—Lamento lo que pasó —expresa.
—No, lamento que hayas tenido que presenciar esto —oculto mi rostro con las manos.
—No te preocupes por mí.
Me sostiene por un rato, acariciando mi pelo con gentileza.
—Santi, sé que te invité a cenar, pero... En este momento, quiero estar sola —expreso.
—Está bien, lo entiendo. Me iré; sin embargo, llámame si necesitas algo —besa mi frente.
Espera a que abra la puerta e ingrese a la casa, para luego marcharse.
Maldita sea.
¿Porqué me hiciste esto, Diego? ¿Hasta cuándo piensas estropear todo lo que he conseguido?
Ya le otorgué el perdón que precisaba, espero que con ello me deje en paz de una vez.