Capítulo 5
—Cuanto antes terminemos con esto, antes llegaremos a casa —señaló Nors, dándole un beso rápido a su compañero antes de volverse hacia su hermana—. ¿Quieres empezar por el punto de ataque?
—Tiene sentido —respondió Freya, esperando a que Ashleigh volviera a entrar en la casa y la puerta se cerrara tras ella—. Tendrás que tomar la iniciativa, Nors. No puedo confiar en mí misma para no cortarle la cabeza a Michael si le pongo las manos encima, y eso solo irritará a Rafe, ya que nuestras instrucciones son traerlo de vuelta con vida. Puedo prescindir de otro sermón sobre lo que significa ser de la manada.
Su hermano sonrió, recogiendo rápidamente sus largos mechones castaños en una coleta a la altura de la nuca. El tono resignado de Freya sobre la etiqueta de la manada siempre lo hacía sonreír, y además le granjeaba su orgullo. Su hermosa hermana había progresado muchísimo en el último cuarto de siglo, aunque no había perdido de vista sus limitaciones. Siendo realistas, debería haber sido él quien se preocupara por la posibilidad de perder el control, ya que fueron su hijo y su pareja quienes resultaron heridos por las acciones de Michael. Sin embargo, había pasado toda su vida siendo razonable, siempre pendiente de Freya, y era natural que ella recurriera a él cuando le preocupaba mantener el control.
—Los vampiros muertos no cuentan cuentos, Freya, y necesitamos que Michael cante como un canario. Intenta tenerlo presente por si acaso te encuentras con él, y yo no estoy ahí para intervenir.
Ella puso los ojos en blanco, estirando los brazos para relajar la tensión de los hombros.
—¿Cantando como un canario? ¿De dónde sacas esa jerga? Bueno, no respondas, he oído cómo habla casi toda la manada. Te juro que cada día te pareces más a un lobo, hermano mío.
—Algo que podría beneficiarte —replicó mientras se giraba hacia donde había ocurrido la agresión hacía apenas unas horas—. Vamos, quiero acabar con esto para poder volver a la cama con mi amigo.
—Ve, entonces, y yo te seguiré obedientemente.
Freya no pudo ocultar su diversión cuando él resopló con fuerza y se adentró en los árboles. Tampoco pudo negar la emoción que empezaba a invadirla. Hacía mucho tiempo que no solo no participaba en una cacería oficial, sino que también pasaba tiempo a solas con su hermano. Sentía como si los años hubieran retrocedido repentinamente y solo fueran los Eriksson contra el mundo. No se había dado cuenta de cuánto lo extrañaba.
Sonriendo, salió corriendo tras Nors, desapareciendo entre la espesa arboleda que rodeaba el recinto principal de la manada. Sus sentidos vampíricos se activaron al instante, concentrándose en la tarea. En menos de diez segundos, alcanzó a su hermano y se desplegó a su izquierda, retomando al instante las viejas costumbres de cuando cazaban juntos. Freya describió un amplio círculo hacia el punto de ataque, justo fuera de su límite, y se encontró con Nors cuando este se acercó por la derecha.
—Se dirigió hacia allá —gruñó Nors, arrugando la nariz ante los confusos olores que los rodeaban.
—¿Estás seguro? —Freya no estaba realmente cuestionando a su hermano. Normalmente no se equivocaba, pero la zona ya había sido desinfectada y los cuerpos de los vampiros quemados. Aún persistía el olor a muerte a su alrededor, mezclado con los olores de las manadas de todos los involucrados. No era descabellado comprobar que captaban el olor correcto.
—Positivo… tiene un olor bastante único.
Freya volvió sobre sus pasos hasta que comprendió a qué se refería Nors.
«Le pasa algo muy raro» —comentó con tono familiar a pesar de arrugar la nariz por el olor.
—Supongo que lo averiguaremos cuando lo encontremos —respondió su hermano—. Averigüemos dónde se escondió…
Michael estaba sentado en la biblioteca de la casa de seguridad esperando la llegada de Candrea. Había colocado una luz en la ventana, como ella le había indicado al conocerse, pero su paciencia se agotaba mientras esperaba. El secuestro de Reasa no pudo haber salido peor… bueno, supuso que sí, podría haber muerto junto con el resto del equipo que se había llevado consigo.
En un momento se encontraba en una posición de poder absoluto y, al siguiente, lobos y vampiros ancestrales los habían atacado en masa, y la retirada había sido la única opción. Necesitaba hablar con Candrea. Necesitaba una estrategia de salida a Europa. Aunque odiaba admitirlo, necesitaba que el otro vampiro le aconsejara cómo presentarle este fracaso.
Michael temía informar a su Amo todavía. Su ira podía ser terrible, y el vampiro rubio no dudaba de que al Amo no le haría ninguna gracia saber que no había logrado neutralizar a Thereasa y que no había aprendido nada valioso del ataque abortado. Quizás Candrea encontraría la manera de disimularlo para que no pareciera un fracaso tan rotundo. ¡Ojalá la estúpida desaliñada recibiera el mensaje y apareciera en la casa segura!
—Michael, tu agitación es palpable. Dime qué ha pasado.
Frías punzadas de terror le recorrieron la espalda al oír la voz de su Maestro resonar en sus pensamientos caóticos.
«Maestro… Maestro, nos tendieron una emboscada. Los vampiros ancestrales llegaron con sus lobos y masacraron a todos».
Una profunda desaprobación inundó su mente, tan densa que casi podía tocarla psíquicamente. Una fracción de segundo después, el dolor explotó en su mente, lanzando a Michael al suelo, agarrándose la cabeza con agonía.
—¡Quieto! ¡Silencio!
La orden era ineludible, y Michael se esforzó por obedecer incluso con lágrimas en los ojos. Había decepcionado a su Maestro. Era justo que lo castigaran por su fracaso. Podía sentirlo segando sus pensamientos, arrancándole el conocimiento directamente de su débil mente. El dolor era agonizante; el cuerpo de Michael se encorvaba como agujas afiladas que parecían raspar cada centímetro de su cuerpo. Intentó protegerse, mitigar la agonía, pero no había forma de esconderse del Maestro.
«Imbécil. Necio. Nunca debí haberte honrado con esta tarea. No tienes nada que mostrar por tu tiempo aquí, Michael. Ya sabía que la manada estaría fuertemente defendida por mis otras fuentes. No puedo tolerar tu fracaso; lo sabes, ¿verdad?»