Por alguna razón desconocida, decidí confiar en Abaddón. Quise darle el beneficio de la duda, lo que era una locura, algo que jamás habría creído si me lo contaran; tenía que verlo y vivirlo para dar fe de que era real. Las palabras de Elena resonaban en mi mente:
"Hasta este punto, deberías creer en todo. Es eso o te estás volviendo loca y deberías ir a un psiquiatra."
No sabía hasta dónde era capaz de llegar. Necesitaba respuestas coherentes, pero ya no estaba tan dispuesta a seguir leyendo el libro de mi madre. Cada vez que lo abría, o las pocas veces que lo hice, algo malo sucedía; como lo reciente.
Estaba sentada en el sofá de la sala, con la mirada perdida, mientras las sombras danzaban en las paredes, como si se burlaran de mi confusión. La luz tenue de la bombilla parecía desvanecerse aún más, creando un ambiente casi tétrico.
Elena tenía razón; tal vez ya no podía distinguir entre la realidad y la locura. Abaddón era un enigma envuelto en misterio y peligro, y sin embargo, algo en su presencia me atraía. Tal vez era la promesa de respuestas que tanto anhelaba. Pero, ¿a qué precio?
Desapareció después de su gran presentación. Dijo que volvería tan pronto como pudiera, y le creí. Aún cuestionaba mi cordura al ver que después de cinco horas no había regresado. La incertidumbre comenzó a apoderarse de mí. La sala estaba en un silencio abrumador. No podía creer que mi mente estuviera jugando trucos, creando escenarios inverosímiles.
Cinco horas. Un tiempo considerable, pero la espera se sentía interminable. Me preguntaba si todo lo vivido hasta ese momento era solo una ilusión. ¿Era posible que mi mente hubiera tejido la escena anterior de la nada? No podía aceptar esa idea. Todo tenía que ser real; cada palabra, cada mirada, cada emoción...
—No, esto no puede ser un producto de mi imaginación —murmuré para mí misma, tratando de aferrarme a la lógica en medio del caos. Las dudas asomaban, pero me negaba a rendirme ante ellas.
Miré alrededor de la habitación en busca de alguna señal de su regreso. La falta de ruido se sentía abrumadora. Recordé su voz, la forma en que hablaba con fervor. Aquello no podía ser solo un sueño; debía haber algo más profundo en juego.
El tiempo seguía avanzando y cada minuto aumentaba mi ansiedad. Sentí un escalofrío recorrerme; ¿y si nunca regresaba? Sacudí la cabeza como si al hacerlo pudiera despejar mis pensamientos oscuros.
—No puedo dejar que el miedo me consuma —dije en voz alta—. Él volverá. Todo esto es demasiado vívido para ser solo una creación de mi mente.
Con esa determinación renovada, decidí esperar un poco más. Tal vez estaba resolviendo algo, enfrentando sus propios demonios... lo cual sería irónico siendo él uno... ¿o era un ángel? No lo entendía del todo. No importaba; lo vivido no podía desvanecerse tan fácilmente. Tenía que confiar en que esta experiencia era genuina y que su regreso era inevitable.
De repente, un ruido proveniente del pasillo me sacó de mis pensamientos. Era como si alguien caminara suavemente sobre el suelo de madera. Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
Decidí levantarme y seguir el sonido. Cada paso me llenaba de temor, curiosidad y esperanza. Al llegar al final del pasillo vi una sombra proyectada contra la pared: era Abaddón, de pie frente a la puerta entreabierta de la habitación de mi madre. Su figura imponente y mirada intensa me atraparon.
—¿Estás lista para saber la verdad? —preguntó él, su voz resonando como un eco en mi mente.
Estaba aquí; no estoy loca.
No sabía qué responder. La verdad podía ser liberadora, pero también devastadora. Sin embargo, algo dentro de mí sabía que no podía dar marcha atrás. Tenía que descubrir qué estaba pasando conmigo y cuál sería el papel de Abaddón en todo esto.
—Sí —respondí finalmente, sintiendo que mi destino estaba a punto de cambiar para siempre.
Con un gesto suave, Abaddón empujó la puerta y entramos juntos en la habitación.
Me invitó a sentarme y comenzó a inspeccionar el espacio. De repente, sacó algo de su gabardina: era el libro de mi madre, que extendió hacia mí.
—No voy a leer eso de nuevo —rechacé firmemente.
—¿Ah, no? —su tono era intimidante, pero no me dejé amedrentar.
—No.
—Pues qué crees... ahí está nada más y nada menos que tu verdad. Tienes que leerlo.
—Te dije que no; cada vez que lo hago, algo malo me ocurre —murmuré.
—Pero esta vez estoy yo aquí. Será diferente —prometió con insistencia.
—Quiero que me digas tú qué es lo que pasa, cuál es el misterio de ese libro. ¿Por qué tengo que leerlo para saber la verdad? Puedes decírmelo.
—No puedo decírtelo así simplemente —fue lo único que dijo antes de lanzar el libro a una esquina de la habitación—. Es tu problema si lo lees o no; realmente, la que sufre aquí eres tú, cosa que no me interesa en lo más mínimo.
—Entonces eres toda una farsa —me reí—. Qué estúpida.
—¿Farsa? ¿Por qué soy una farsa según tú? —molesto, me tomó del cuello y me alzó. No podía respirar.
—Lo... lo eres —pude articular débilmente—. Dices saberlo todo... tener todas las verdades en la palma de tu mano... pero eres incapaz de darme respuestas a una simple humana.
Me soltó y caí bruscamente al suelo. Su risa macabra impregnó el lugar, enviando escalofríos por todo mi cuerpo. Su presencia era abrumadora; el aire se volvió pesado y frío, como si el mismo miedo hubiera tomado forma.
—¿Quieres ver qué tan farsante soy? —preguntó con una voz que resonaba como un eco en un túnel oscuro.
Antes de que pudiera responder, sentí una fuerza invisible arrastrándome hacia un lugar desconocido. De pronto, me encontré en un abismo interminable, un paisaje grotesco donde los gritos de almas perdidas reverberaban a mi alrededor. La oscuridad era densa y opresiva; cada paso me acercaba a los horrores que él quería mostrarme.
Las visiones comenzaron a manifestarse ante mis ojos: criaturas deformes se retorcían en agonía mientras sus lamentos llenaban el aire con una desesperación palpable. Cada imagen era más perturbadora que la anterior; cuerpos desgarrados y rostros distorsionados suplicaban por liberación. La pesadilla de Satán cobraba vida a través de esas escenas macabras.
Sentí cómo mi corazón se aceleraba mientras Abaddón guiaba mi mirada hacia lo más oscuro de mi propia existencia. Era como si él supiera exactamente qué puntos tocar para hacerme sufrir. Cada visión era un recordatorio escalofriante de los temores que había tratado de enterrar. La angustia se apoderó de mí; era un dolor sin comparación.
Y entonces llegó el momento culminante: en medio del horror, vi una escena aterradora que casi me paralizó. Ya la había visto en mis pesadillas; allí estaba yo, atada a una silla, incapaz de moverme. Mis ojos reflejaban terror absoluto mientras las sombras danzaban alrededor burlándose de mi sufrimiento. Gritos desgarradores escaparon de mis labios cuando la cruel tortura comenzó; cada golpe y cada instante de agonía se sentían tan reales como nunca antes.
—¿Ves? —susurró Abaddón—. Esto es lo que eres en tu esencia más profunda: un reflejo del dolor y la desesperación.
Los gritos resonaron en el abismo mientras la tortura continuaba sin piedad. La sensación de impotencia me abrumaba; no podía escapar ni siquiera en mis pensamientos. Era un espectáculo grotesco donde cada segundo se sentía como una eternidad.
La angustia se transformó en desesperación; mis ojos, inundados de lágrimas, suplicaban por piedad, pero solo hallé burla en su mirada sombría. En ese instante, comprendí que él no solo había venido a mostrarme los horrores del abismo; había venido a desvelar lo más oscuro que habitaba en mí.
El dolor era casi insoportable, y en el borde del colapso mental, grité con la última chispa de fuerza que me quedaba. Sin embargo, en medio del horror, surgió una extraña claridad: esta experiencia me marcaría para siempre...
La tortura se sentía interminable, como si el tiempo hubiera dejado de existir en aquel abismo. Mis gritos resonaban en la nada; el eco vacío solo me devolvía la desesperación. Abaddón observaba con una sonrisa burlona, disfrutando cada instante de mi sufrimiento. Era evidente que para él esto era un juego macabro, una forma de demostrar su poder absoluto.
Con cada golpe imaginario que recibía, sentía cómo las paredes de mi mente se desmoronaban lentamente. Las visiones se intensificaban; podía sentir el frío metal de la silla contra mi piel y la opresiva presión de las ataduras que me mantenían prisionera. Era como si él se alimentara de mi angustia, desenterrando mis peores miedos y los secretos más oscuros que guardaba.
—¿Te gustaría saber qué hay más allá de este sufrimiento? —preguntó Abaddón, su voz resonando como un trueno en la oscuridad. La pregunta era retórica; él sabía que no había respuesta posible. Solo existía el dolor.