Sofoco

541 Palabras
—¿Qué te sucede? ¿Por qué estás emitiendo tanto calor? ¿Tienes fiebre? —Estoy ardiendo por dentro. Su olor me estaba debilitando hasta las piernas. No podía parar de frotarlas y mover mis caderas de un lado para otro. Era una especie de sofoco lo que percibía en todo mi cuerpo. Ese potente olor que desprende su piel es algo que jamás había captado, pero quería fundirme en él. —Relájate, calabacín. Tu comportamiento me está preocupando. Deslicé los manguillos de mi blusa, observando su reacción y esperando que eso fuera suficiente para que me tomara. Es desesperante. Esta necesidad me está enloqueciendo. No podía pensar en otra cosa, ni siquiera los otros malestares estaban presentes o se pueden comparar con este ardor. —¿Qué estás haciendo? — me metió dentro de la casa y cerró la puerta detrás de él—. Eso es peligroso. Súbete la blusa. Tienes suerte de que no tienes vecinos. —¿No te gustan mis atributos? ¿No soy lo que buscas? — rocé mis pechos sobre su torso y esa electricidad me provocó un gemido. Ese olor está impregnado en mi ropa, pero no es igual de fuerte y potente a cuando lo olfateo directamente de él. —Desprendes un olor muy dulce — mordí mis labios con furor, tocando lentamente mi pecho y él tragó grueso. —Me estás acosando, cuñadita. No me está malo, pero con tu actitud no estoy seguro de sí deba caer en este jueguito. Arranqué los botones de su camisa en el centro del pecho con la intención de restregar mi mejilla en él, pero Dereck me detuvo, sujetándome las dos manos. —Creo que soy el único cuerdo aquí y me veo en la obligación de tolerar lo intolerable, porque después dirás qué soy un pervertido y un aprovechado. Esto se está descontrolando— su respiración estaba agitada y me pareció muy sensual—. Será mejor que me vaya de aquí. Asegúrate de tomarte las pastillas y ponerte crema en la herida. —No, no te vas de aquí— tomé la iniciativa, adueñándome de sus labios bajo el mismo ardor y calor que consumía mi piel. Sus labios son muy agradables y suaves. Al principio presionó sus labios para que no continuara, pero cedió muy rápido. Me encarame en su cuello, llevándolo a la sala y empujando su cuerpo contra el mueble. Me subí sobre él, sentándome en su regazo, encarándolo y frotando nuestras partes a través de la ropa. Sus fuertes manos impulsaban y presionaban mis nalgas contra su inevitable erección. No podía parar de moverme. Esos movimientos estaban sincronizados a la par de nuestras lenguas enredadas. Me sentía prisionera dentro de mi propio cuerpo, como si solo fuera una espectadora de mis acciones. Una parte estaba totalmente consciente de que esto no debía estar pasando, pero la otra solo deseaba ser tomada por ese varón tan ardiente que desprende ese olor tan afrodisíaco y adictivo. Lo necesito; necesito más de esto. Voy a volverme loca. —Zaira… — su mirada coincidió con la mía, y en su expresión noté preocupación—. Tus ojos… —¿Qué pasa con ellos? ¿No te gustan? —¿Estás infectada?
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