Muy pronto, los espíritus de las hechiceras muertas en el diluvio comenzaron a manifestarse. Aquellas que tenían el don se convirtieron en sacerdotisas de los diferentes demonios, a quienes llamaban dioses, según sus características y poderes. Sin embargo, no se encontraba hechicera más poderosa que la Princesa de las tinieblas, ella era la sacerdotisa por excelencia, pues era la única que, no solo hablaba con los demonios, convivía con uno de ellos. También, se esparcieron los rumores de su inmortalidad y a varios años de vivir en ese lugar, ya no cabía duda de que esos no solo eran rumores, era la realidad misma. -Debemos irnos de aquí -le pidió una tarde Mirka a Junier-. Ya hemos estado demasiado tiempo, dos generaciones es suficiente. -La gente nos venera como dioses. -Es cierto,

