No se que pasó

1294 Palabras
Ver la sangre le hizo recapitular cada minuto atrás y había una sola pregunta que daba vueltas y vueltas en su cabeza. ¿Por qué razón había sangre en la manta? Si bien su espalda arde como el mismo fuego, es imposible que la sangre fuese de él. —Por favor solo quiero salir de aquí —dice ella ya un poco asustada por haberse metido en problemas. Él no entiende nada y lo que menos quiere es verla más incómoda de lo que está. —será mejor que… “Somos la guardia civil” se escucha fuera y él sale enseguida. —por favor espera —dice sin más. Ella, aún más asustada que antes, se cubre lo más que puede y sale del camarote. La guardia civil empieza a interrogarlo sobre los tripulantes y a informar de posibles tormentas, lo que impide que continúen en el mar. —Quien es la señorita —dicen en cuanto la ven salir. —Es mi acompañante —dice casi como un gruñido ante la incomodidad. —Identificaciones, por favor —ordena uno de los oficiales. Ella no sabe qué hacer o a dónde mirar, sus manos empiezan a temblar y el exceso de pestañeo la delata ante el oficial. —Señorita, documentos —dice molesto el oficial dando un paso adelante. —Está bien oficial —da él un paso adelante, al verla muy asustada la cubre con su cuerpo. —ella no planeo estar aquí, sus documentos están en tierra, regresamos y le daré los míos en garantía —dice sacando su cartera. —¡Alejandro Jerome! —se sorprende, aunque intenta disimular, es en vano, ya que la palidez de su rostro y la duda en su mirada lo delatan. —Así es señor —dice altivo, algo que confunde y a su vez da algo de seguridad a la joven muchacha junto a él. —Su nombre, lo sabe? —dice el otro oficial señalando con la mirada a la ingenua muchacha que no se ha movido un ápice detrás de Alejandro. —Yo… —Apenas puede hablar, cuando un yate iluminado hasta el ancla con luces neón se detiene junto a ellos, y suben enseguida al de Alejandro. —Está prohibido salir a mar abierto —advierte un oficial. —Y es justo por eso que estamos aquí —dice un hombre de unos 25 años, ojos verdes, apuesto y de buen porte, además de muy elegante. ¿—Quién es usted? —Un gusto —dice sacando una tarjeta negra con letras doradas —Anton Jerome, Abogado y socio mayoritario del bufete Jerome.S., además de su hermano, su abogado —dice sonriente guiñando el ojo a la muchacha tras su hermano. —Y ella quien es? —pregunta una hermosa mujer vestida de blanco, levantando la mano, y en ella luciendo un enorme anillo de diamantes. Alejandro mira a su hermano y este disimuladamente mira a los demás chicos que acaban de subir al yate en medio del escándalo. —Sabías que hay alerta de tormenta? —dice uno que parece ser muy serio —Dorian nos dijo que estarías en alta mar y vinimos por ti —dice y se sorprende al ver a la muchacha. —Hola… —tiende su mano esperando su nombre. Ella solo tiende su mano y saluda sin decir nada. —soy Jack, el Leo, el Marcus y ella Renata —señala a la novia. Todos se miran entre sí y la mujer vestida de novia no deja de verlo, notoriamente molesta. —Te perdiste de la boda —dice Dorian, alto, cabello castaños y ojos azules. —Ya se casaron? —pregunta Alejandro. —Si —traga saliva Renata. Leo sonríe feliz por su boda, se siente el hombre más afortunado del mundo. Se puede ver en Alejandro que era algo que no esperaba, además de estar decepcionado. —Alguno de ustedes tiene los documentos de la señorita? —dice el oficial al sentir que todos ocultan algo, ya que el comportamiento de todos es absurdo. Todos se miran entre sí, en cuanto miran a Alejandro y luego a la muchacha, él se da cuenta de que realmente sus amigos no tuvieron nada que ver. Ella, presa de los nervios, y aterrada a no poder más, se desmaya, siendo Dorian quien la tomó en brazos, pero es Alejandro que al entrar, él toma rápidamente la manta de la cama ocultando la mancha de sangre. —Va a tener que acompañarnos —dice uno de los oficiales. Alejandro se aleja de los oficiales siendo arrastrado por Renata, en cuanto Anton los invade con códigos legales, y los demás intentan distraerlos. —Quien demonios es esa chiquilla? —reclama Renata, histérica presa de los celos. —¡Te casaste! —dice mirando a Leo, ya que al parecer es quien junto a Dorian intentan ayudar a la muchacha que acaba de conocer y ahora sabe que sus amigos no tuvieron nada que ver. —No pude dejarlo, no pude decirle… ¿Y tú qué? —reclama celosa —no le has quitado la mirada de encima. —Estás celosa? —pregunta y al verla esta cambia de expresión. —No, tú me amas y no importa lo que yo haga, tú no dejarás de amarme —sonríe. Sus celos, él disfrutaba los celos de ella, ya que jamás la había visto así. —Hiciste bien en no dejarlo —dice con su ego herido. —Deja de bromear —mira a su ahora esposo, sonríe y regresa la mirada a él —sé que estás molesto, pero te aseguro que en unas semanas veré la manera de divorciarme. Aquella muchacha empieza a despertar y al no ver a Alejandro cerca empieza a ponerse nerviosa otra vez. —Me pueden dejar a solas con ella, por favor? —dice acercándose a su hermano. —Qué sucede? —pregunta él en susurro. —Dime que nada de esto tiene que ver con tus bromas y la de los chicos?, juro que… —De qué hablas? —lo mira desconcertado su hermano. —Nada —lo gira casi sacándolo a rastras —distrae a todos por cinco minutos, ya subo —dice y cierra la puerta del camarote. —Bien —se gira a ella. —tienes que decirme la verdad, quieras o no y es la única vez que lo preguntaré o te aseguro que si yo me meto en problemas te los multiplicaré por millones de por vida a ti —amenaza. —Estaba ebria —confiesa. ¿—Qué? —Estaba ebria y me colé en la fiesta, vine aquí para robar tu saco, pero luego… —¿Nada de esto es un plan de broma de ninguno de ellos? —señala a la puerta en referencia a todos los que salieron. —No, todo fue una confusión, pero no diré nada, si tú no dices nada —dice levantándose para salir. ¿—Tú y yo tuvimos sexo, eso es una confusión? —No, yo… Miles de cosas, problemas y explicaciones le pasan por la cabeza. —Bien, no importa. Saldremos, dirás que hemos salido desde hace dos semanas y te inventas un nombre, es todo. —¿Por qué? —Es exactamente lo que no voy a explicar una y otra vez. Solo has lo que te digo, en cuanto lleguemos a tierra, nos despediremos como si esto se tratara de una cita y se acabó, no te veré nunca más. —gruñe y abre la puerta dándole paso a ella, quien solo asiente, Al pasar frente a él, lo mira fijamente a los ojos y por un segundo un calor placentero cubre a Alejandro, como si de un fuego fatuo se tratara.
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