Mente nublada

1425 Palabras
Kael atravesaba el bosque con el paso firme y la mirada fija en la senda de regreso a su territorio, pero su mente parecía enredada en una maraña de pensamientos que le resultaba imposible desentrañar. El encuentro con Elara lo había dejado con una extraña sensación de vértigo, como si al mirarla, algo en él se hubiera desestabilizado. Todo lo que conocía, cada juramento hecho, cada odio alimentado en las llamas del conflicto entre sus clanes, había sido sacudido. Y por más que intentara centrarse en la promesa que había hecho a su padre en sus últimos momentos, el rostro de Elara y el eco de su voz aún resonaban en su mente, interrumpiendo cualquier pensamiento de venganza. Recordaba la fría resolución en los ojos de su padre agonizante cuando le habló de su deber como Alfa, de cómo debía asegurar la supervivencia y el honor del clan, sin importar el costo. Y entonces, había llegado el nombre que nunca olvidaría: “Elara.” Aquella palabra que significaba enemiga, amenaza, alguien a quien debía eliminar sin miramientos. Pero ahora, tras estar cara a cara con ella, no se sentía capaz de cumplir esa orden con la misma crueldad que había jurado al pie del lecho de su padre. La imagen de Elara aparecía en su mente una y otra vez. Su presencia lo había trastornado de una manera que jamás había experimentado. Era poderosa, segura, y sus ojos ámbar parecían perfilarse en su memoria como un fuego imposible de apagar. Había sido la mirada de una guerrera, pero también la de alguien que llevaba una carga tan pesada como la suya, alguien que entendía el deber y el dolor. Sentía la necesidad de alejarse de esa sensación extraña e incontrolable que ahora invadía sus pensamientos, pero su mente se revelaba en una mezcla de incomodidad y deseo. Al llegar a la casa de la manada, Kael respiró hondo y se detuvo frente a la entrada. Necesitaba recuperar su equilibrio antes de hablar con cualquiera de los miembros de su clan. No podía permitirse mostrar una debilidad, y menos después de una reunión de tal relevancia. Sin embargo, antes de poder recomponerse, su Beta, Theron, se acercó. Theron había sido su amigo de toda la vida, y la lealtad que compartían era inquebrantable. Pero en ese momento, Kael no estaba de humor para las preguntas, ni mucho menos para los interrogatorios velados que sabía que vendrían. —Alfa —saludó Theron con una inclinación respetuosa, aunque en su mirada había una chispa de curiosidad contenida—. ¿Cómo fue la reunión? ¿Esa mujer accedió a los términos? Kael se tensó ante el tono inquisitivo de su Beta, y las palabras de Theron lo sacudieron como un látigo. Esa mujer. ¿Por qué sonaba tan irreal cuando otro pronunciaba su nombre? Elara no era solo "esa mujer"; no era un obstáculo más en su camino. La presión que había sentido al estar con ella, la carga de su aroma y de su fuerza de voluntad, parecían retumbar en su pecho como un eco profundo. Apretó los puños y cerró los ojos, intentando despejar su mente, intentando evitar que la imagen de su rostro apareciera otra vez, y el brillo de esos ojos... Pero fue imposible. —Theron —dijo Kael entre dientes, con un tono afilado, sus palabras impregnadas de una ira mal disimulada—, ¡ni una palabra más sobre ese maldito encuentro! Haz tu trabajo y mantén a los otros fuera de mis asuntos. El Beta parpadeó, sorprendido por la repentina explosión de Kael, pero se mantuvo firme, acostumbrado al temperamento impetuoso de su Alfa. Aun así, no pudo ocultar un destello de sorpresa y cierta inquietud en su mirada. La situación era delicada, lo sabía, pero había algo más en la expresión de Kael, un brillo oscuro en sus ojos que Theron no podía interpretar. —Como ordenes, Alfa —respondió Theron, bajando la cabeza en señal de sumisión. Kael observó cómo su Beta se apartaba con rapidez, y el silencio le envolvió, agudizando el conflicto interno que lo consumía. Incapaz de soportar el caos que su mente no dejaba de evocar, Kael soltó un suspiro contenido y levantó la mirada hacia las llamas de la gran hoguera que ardía en el patio principal de la casa de la manada. Esa misma noche, el aire era frío, y la tenue luz de la luna apenas se asomaba entre las copas de los árboles, proyectando sombras danzantes sobre el suelo. Miró hacia las ventanas del edificio, donde las luces de las habitaciones de su gente titilaban como faros en la oscuridad. Esa era su responsabilidad, su mundo, el mismo que le habían ordenado proteger a toda costa. No podía permitirse titubear, ni por un segundo. Al final, la decisión se deslizó por sus labios casi como un murmullo de desesperación. —Que traigan a una de las omegas a mi habitación. Su voz resonó en el silencio del patio, y un par de lobos que pasaban cerca escucharon la orden, apresurándose a cumplirla. Kael no se movió, no hasta que sintió que los pasos se alejaban, volviendo al interior de la casa. Sabía que esa era la única forma de intentar sofocar el recuerdo de Elara. Al menos, así lo creía. Había una urgencia creciente en su interior, una sensación de necesidad que, aunque le resultaba desconocida, pensaba que podría calmar, aunque fuera temporalmente, al sentir la cercanía de otro cuerpo. Quizá la carga de ser el Alfa había sido excesiva, tanto que había olvidado que su propio cuerpo también tenía necesidades, y al encontrarse frente a frente con una mujer que no estaba vestida para la guerra, sino para seducir, se había dejado atontar. Subió a su cuarto con un paso pesado, y una vez allí, se quedó de pie frente a la ventana, observando la luna que colgaba sobre el horizonte como un ojo vigilante. El silencio se expandía por la habitación, rompiéndose solo cuando la puerta se abrió suavemente detrás de él. Una figura esbelta y silenciosa cruzó el umbral. Era una de las omegas, con una belleza suave y delicada, vestida con una túnica sencilla que resaltaba la palidez de su piel. Al verla, Kael percibió el aroma de las hierbas con las que solían perfumar a las concubinas del clan. Sin embargo, al acercarse ella, notó con frustración que, por más que intentara concentrarse en la figura frente a él, solo podía pensar en Elara. Elara, con su cabello castaño, su porte decidido, su mirada que lo desafiaba sin tregua. La omega lo miraba con una mezcla de respeto y deseo, y Kael podía sentir su rendición incondicional. Ella estaba allí para servirle, para aliviar cualquier carga que él tuviera. Pero en ese instante, la idea de tocar a alguien más le resultaba absurda. —Alfa… —murmuró ella, inclinando la cabeza en una expresión de sumisión absoluta. Pero él no respondió. Su mente estaba lejos, perdida en ese encuentro cargado de tensión. Elara era su enemiga, la mujer que, según la promesa a su padre, debía eliminar. Y sin embargo, ahora lo dominaba por completo. Había algo en ella que no podía ignorar, algo que iba más allá de la simple rivalidad entre sus clanes. ¿Cómo podía cumplir la promesa de su padre y acabar con ella cuando sentía que le faltaría el aire si dejara de ver esos ojos fieros e intensos? Kael sintió la urgencia de romper algo, de descargar su frustración en cualquier objeto inerte. Cerró los ojos y, en un arrebato, dejó escapar una maldición. Se volvió hacia la omega, mirándola apenas unos segundos antes de retroceder. —Sal de aquí —ordenó en un tono áspero. No soportaba la idea de usar a alguien más para ahogar el deseo que sentía por Elara. La omega se quedó paralizada, mirándolo con los ojos abiertos de par en par, sin entender qué había hecho mal. Pero Kael no tenía intención de ofrecer explicaciones. Le dio la espalda, dejando que el silencio hablara por él, y ella, finalmente, se apresuró a salir de la habitación sin atreverse a mirar atrás. Kael se dejó caer en la cama, cansado, confuso, lo que quiera que le sucedía lo mantenía despierto a pesar del cansancio del día. Los ojos ámbar de Elara volvían una y otra vez a su mente perturbándolo, y llevando sus sentidos al límite. Hasta que al final, Kael se levantó de su cama, y salió de la habitación. Necesitaba encontrar a Elara.
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