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2455 Palabras
16 Los sonidos provenientes de la celda de aquel miserable se prolongaron por un buen rato. Michelle había sido despojada de su reloj y de su teléfono antes de ser encerrada en su celda, por lo que se le hizo imposible conocer con exactitud el paso del tiempo. De lo que sí estaba segura era de lo bien que la estaba pasando aquel que ahora consideraba como su exnovio, y aquella mujer a la cual el uniforme de policía no lograba esconderle sus atractivos. No habían tardado las lágrimas en empezar a rodar por sus mejillas. Ya no era solo el sentimiento por estar encerrada en una celda o el no poder asistir a la fiesta de celebración del concurse de belleza, ahora se le sumaba la traición de Dave, de quien había creído estar empezando a enamorarse. ¿Acaso significaba tan poco para aquel hombre el haberle entregado su virginidad y el haberse comportado como una novia ejemplar? Todo parecía indicar que así era, que, para él, ella no había sido más que una diversión, un pasatiempo, un entretenimiento pasajero, una mujer que no había valido lo suficiente como para merecer algo de fidelidad y respeto. Se hacía absurda esa idea que muchas de sus compañeras y amigas tenían acerca del escaso sufrimiento por parte de una muchacha hermosa, quien supuestamente tendría el poder de salir y ennoviarse con quien deseara y de manejar las riendas de la relación a su antojo. Era claro que así no eran las cosas, y eran tantos los malos ratos que había tenido con sus amores como los ratos buenos, al igual que cualquier otra mujer. En medio de sollozos, lágrimas y de los gemidos provenientes de la otra celda, se quedó dormida y cuando despertó el recinto ya no estaba iluminado por los tubos de neón del pasillo, ahora la luz del sol entraba por la pequeña ventana enrejada que se encontraba a más de dos metros del suelo, en la pared opuesta a la reja; el silencio dominaba y su cintura sentía el rigor de haber pasado la noche en una superficie que estaba lejos de ser medianamente cómoda. Su estómago empezaba a gruñir y supo que era la hora en que acostumbraba a tomar su desayuno, pero bien sabía que en un sitio como aquel los horarios y las dietas no se respetarían. Aun no lo podía creer: una muchacha como ella, rica y consentida, pero que nunca le había hecho el mal a nadie, envuelta en una situación que jamás creyó tener que enfrentar. No era justo, no era la manera como el mundo debería funcionar. Ella, al intentar hacer el amor en la playa con el hombre que amaba, no había herido a nadie y mucho menos perjudicado a alguien. Pero bien sabía que el mundo no era un lugar en el que se podía pedir justicia, que ella siempre había sido una niña privilegiada y que en algún momento se vería afectada por hechos negativos, tal y como ahora le estaba sucediendo. Se preguntó si Dave aun estaría en aquella celda, si estaría dormido o si la mujer policía lo habría soltado durante la noche. Se levantó del camastro, sintió el frio de las baldosas en sus pies descalzos, avanzó hasta la reja, empuñó los barrotes con las dos manos y ladeó la cabeza para que su oído derecho quedara lo más afuera posible de la celda. No escuchó ruido alguno; ni un ronquido, ni señales o indicios que indicaran que su exnovio aun estuviese allí. ¿Será que soy la única presa de este lugar? Se preguntó antes de volverse a sentar sobre el camastro, apoyar la espalda contra la pared y poner las rodillas contra su pecho. Pero no pasaron más de diez minutos antes de que la puerta del área de las celdas se abriera y apareciera la mujer policía. –Te vinieron a buscar, levántate y alístate para salir –dijo la uniformada al tiempo que habría la reja. –¿A buscarme? ¿Quién? –Creo que es tu padre, parece estar bastante enfadado. Michelle arrugó la boca, sabía que lo que se venía no sería nada fácil. Tendría que enfrentarlo y aprovechar la presencia de los policías para evitar que la forzara a regresar a casa. ¿Pero a dónde iría? Tendría que recoger su maletín en la casa de Dave y esperar a que una de sus amigas le diera posada. –Oficial, ¿se puede saber cómo se enteró mi padre? –El agente que estaba anoche, el de cabello rubio, lo llamó y le informó. –Oficial, ¿alguien le dijo el motivo por el cual fui arrestada? –Yo lo hice, y tenía que hacerlo, de lo contrario hubiésemos tenido problemas con un hombre poderoso como tu padre. –Entiendo… ¿Y Dave ya salió? –Se despertó temprano y lo dejamos salir. Ahora mismo debe estar en su casa o en el lugar en donde quiera que viva. Sin queer entrar en una discusión que no la llevaría a ninguna parte, Michelle atravesó el umbral de la reja, siguió a la mujer policía hasta la oficina de la estación, y entre varios agentes y personas sin uniforme, no tardó en divisar a su padre, sentado frente a uno de los escritorios. El hombre le clavó la mirada, se puso de pie y cuando la tuvo a menos de un metro de distancia la recibió con una bofetada en su mejilla izquierda. Michelle soltó un leve quejido y se llevó la mano a la cara antes de sentir cómo las lágrimas volvían a invadir sus mejillas. –Toda una Fairchild brindando esa clase de espectáculos… Michelle, ¿qué diablos estabas pensando? –No estaba pensando nada, solo estaba en la playa con el hombre que amaba −dijo ella en medio de los sollozos. –Con el hombre que amabas… –el señor extendió los brazos hacia los costados–. Deja de decir estupideces, a tu edad no se ama sino a los padres y a los hermanos, lo demás son solo irresponsables momentos de pasión adolescente. –¿Acaso no empezaste a amar a mamá cuando ella apenas tenía dieciséis años? –Sí, y por eso ese idilio de verano no terminó en nada bueno, así que no me lo recuerdes. Michelle recordó lo que había sido la corta pero cercana relación con su madre: las dos nunca se separaban, casi siempre estaban juntas en todas las actividades que se lo permitieran, hasta que la señora, en un arranque que solo un embrujo podría explicar, abandonó su familia y su vida de lujos y privilegios para irse con un hombre a quien el dinero no le alcanzaba ni para un segundo par de zapatos, esto cuando su hija apenas tenía siete años. Para Michelle fue algo similar al fin del mundo, pues su madre y el amante partieron hacia California. Desde entonces, el padre de Michelle se había convertido en un hombre amargado, quien, para olvidar su enorme frustración, se había sumergido en el mundo de los negocios, de hacer dinero, acumular poder, y nunca había querido rehacer una vida de pareja. El paso del tiempo le permitió a Michelle aprender a vivir sin el amor y la compañía de su madre. Aunque el golpe había sido aniquilante, se concentró en llevar una vida similar a como la llevaban la mayoría de los adolescentes. A los catorce años tuvo su primer novio, un compañero de colegio, pero todo lo mantuvo en secreto, pues bien sabía que su padre, gracias a su frustración amorosa, jamás le permitiría esa clase de relación. No fue antes de los dieciséis para cuando se atrevió a contarle que saldría al autocine con un amigo. Entre regañadientes y advertencias logró su cometido, pero supo que hasta el día en que lograra independizarse, no sería nada fácil relacionarse con su padre cuando de novios se tratase. –Ya no me importa lo que pienses, ni lo que hagas, ni lo que digas. Y si me vuelves a tocar, te voy a denunciar por maltrato físico –dijo Michelle, sus manos en la cintura. –¿Y tenías que irte de casa para demostrar tu punto? –Contigo es imposible vivir, es imposible reír, es imposible cualquier cosa que sea buena. El hombre respiró profundo, Michelle pudo notar que se estaba conteniendo; era evidente que si hubiesen estado en casa ya la hubiese golpeado nuevamente. –Michelle, vas a venirte ya mismo conmigo a casa. Esta aventura de escaparte ya terminó. –No voy a ir a ninguna parte contigo… Y no me puedes obligar, ya tengo dieciocho años. El hombre miró a su alrededor para darse cuenta de que varios policías y visitantes del lugar los estaban observando. Volvió a respirar profundo y luego dijo: –Michelle, estoy perdiendo la paciencia, vente a casa conmigo y allá podemos seguir hablando. –¿Para qué? ¿Para que me pegues y me vuelvas a encerrar en esa cuarto? Ni loca que estuviera, yo por allá no vuelvo. –Haz lo que te dé la gana, pero esto así no se queda. El hombre se dio media vuelta y salió de la estación. Michelle fue abordada por uno de los agentes, un joven de no más de veinticinco años. –Siento lo que sucedió, pero ya te puedes ir. –No sé ni a dónde voy a ir… –dijo Michelle, más hablándose a sí misma que al joven policía. –¿No tienes una amiga a dónde ir? –Supongo que sí –Michelle le sonrió al policía e instantes después este le devolvió su teléfono celular, su reloj y sus joyas. –Gracias –dijo ella mientras se ponía el reloj. –No encontré tus zapatos, ¿te los quitaron anoche o de pronto los dejaste en la celda? –Los perdí anoche antes de llegar aquí, no te preocupes. Michelle tomó el teléfono y le marcó a su amiga Nicole. Preferiría lidiar con una amiga bisexual a tener que hacerlo con una cuyo padre no le quitaría de encima su morbosa mirada. No tuvo que esperar más de quince minutos para cuando Nicole la recogió frente a la estación de policía. –No puedo creer lo que me estás contando, amiga. Creo que está rodeada de los peores hombres del planeta –dijo la rubia de cabello corto y ojos azules mientras conducía. –Lo sé, y créeme si te digo que ninguno de los dos volverá a saber de mí. –¿Pero ahora qué vas a hacer? –Por ahora necesito que me des posada por unos días, hasta que pueda conseguir mi propio sitio. –Sabes que eres bienvenida por todo el tiempo que quieras, por eso no te estreses –dijo Nicole con una enorme sonrisa. –Sabía que podía contar contigo –Michelle mostró una dulce sonrisa. –¿Y tu auto, tu ropa, tus cosas? –¿Me puedes llevar donde el imbécil de Dave?, lo poco que pude sacar de casa y mi auto están allá. El paso por la casa de su exnovio fue menos dramático de lo esperado. Fue la mamá de Dave quien atendió a Michelle, quien dijo que su hijo estaba dormido pues había pasado una mala noche en casa de un amigo. Michelle no quiso dar detalles de nada, recogió de la sala su maletín y se despidió sin ni siquiera haber visto a su exnovio, agradeciendo a la señora por haberla recibido. Ahora se encontraba en el pequeño apartamento de Nicole, dispuesta a empezar a cuadrar su nuevo rumbo. –Hola, ¿hablo con John? –Sí, el mismo, ¿en qué te puedo ayudar? –Habla Michelle Fairchild, y quería saber cómo hago para cuadrar lo del premio que me gané en el concurso de belleza de la universidad. –¡Michelle! ¿Qué te pasó? Te estuvimos esperando anoche en la fiesta de celebración… –Tuve un problema con mi novio, y solo te puedo decir que ahora es mi exnovio. –Ya veo, pero el rector de la universidad y el decano de tu facultad no estaban muy contentos… –Entiendo, pero te juro que hice todo lo posible por asistir, pero la situación se me salió de las manos… –Mira, Michelle, tendrás que hablar personalmente con el decano si quieres reclamar tu premio; para todos era muy importante que estuvieras en esa fiesta. –John, ¿tú crees que me van a quitar el premio? –No lo sé, pero antes de irse a casa, el decano habló de entregárselo a la chica que quedó en el segundo lugar. Sería la tapa: había pasado la noche en una horrible celda como si fuese la peor de las delincuentes, su novio la había traicionado, se había ganado una bofetada y un regaño de su padre, quien había dejado de ser su padre, y ahora este hombre le decía que su premio estaba en duda. No podía permitirlo, así le costara más de lo que estaba dispuesta a perder. Tomó una ducha, se vistió de jeans, camiseta y zapatos tenis, puso algo de brillo en sus labios y de delineador en sus ojos, se despidió de Nicol y salió en su pequeño auto en dirección a la universidad. En menos de quince minutos se encontró estacionando frente al edificio de su facultad. Se bajó del vehículo, caminó los treinta metros que la separaban de la entrada principal y recordó no haber desayunado; pero no importaba, cuando los momentos difíciles se presentaban, la ansiedad le mataba las ganas de comer hasta el momento en que pudiese resolver sus problemas. –Hola, necesito hablar con el decano Schmidt –le dijo a la recepcionista cuando salió del ascensor que la había llevado hasta el quinto y último piso del edificio. –¿Tienes cita? –preguntó la muchacha de cabello largo y oscuro, grandes ojos marrones y vestida de traje de sastre de tono verde. –No, no tengo, pero esto es importante, por favor dígale que soy Michelle Fairchild, la ganadora del concurso de belleza de la universidad. La recepcionista levantó una de sus cejas y también levantó el recibidor del intercomunicador. –Señor Schmidt, Michelle Fairchild, la chica ganadora del concurso de belleza está aquí… Pasaron diez segundos antes que la muchacha devolviera el aparato a su lugar. Estás de suerte, sigue por esa puerta –la recepcionista señaló una puerta de doble hoja ubicada a su derecha. Para Michelle era la hora de la verdad: no dejaría que le arrebataran su premio, pues era tan solo la primare parte del plan que había estado maquinando mientras conducía hacia la universidad.
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