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1255 Palabras
20 Algo se le removió a Nathalie en su interior. Su respiración se aceleró y tuvo ganas de salir corriendo. ¿Por qué estaba Steve ofreciéndole ayuda a una chica desconocida? La tal Michelle era hermosa, como ninguna en la universidad e inclusive en toda la ciudad. Era muy fácil pensar que su objetivo era conquistarla, ¿pero tenía que hacerlo justo delante suyo? Escuchó cómo el hombre le decía a Michelle que lo esperara en la recepción mientras él hablaba con el decano. Pero cuando la secretaria de Schmidt les comunicó que podrían seguir, Nathalie no supo qué pensar al escuchar las palabras de Steve. –Pequeña, espérame aquí, creo que será mejor que yo entre solo. –Pero yo soy la afectada directamente –dijo Nathalie, estirando los brazos hacia los costados. –Eso está claro, pero no quiero que las emociones extremas terminen afectando el resultado de esta gestión. Si es necesario que entres yo te lo dejaré saber. Nathalie no supo qué decir y supuso que podría ser lo mejor; Steve era amigo del decano y sabría cómo tratar el asunto. Mientras se sentaba al lado opuesto de donde se encontraba Michelle, sus ojos siguieron puestos en él mientras ingresaba al despacho de Schmidt. –No nos pueden quitar nuestros premios –Nathalie se sorprendió al escuchar las palabras que la chica del cabello largo y castaño y de grandes ojos azules le dirigía, rompiendo así algo más de cinco minutos de silencio. –Yo ni siquiera sé si gané el mío… –dijo Nathalie antes de hacer una mueca con los labios. –¿Cómo así? –Michelle arrugó el entrecejo. –La otra competidora y yo pasamos la línea de meta al mismo tiempo, y como no tenían cámara para hacer un photo finish, pues nadie sabe quién ganó. –Es una locura, pero si yo fuera el decano, les daría el premio a las dos. –Dicen que podrían sumar el dinero del primero y segundo puesto y dividirlo en partes iguales y entregárselas a cada una, lo cual no está mal, pero el problema está en lo del viaje en velero. –¿Y tienes muchas ganas de hacer ese crucero? –preguntó Michelle. –Creo que es la única oportunidad que voy a tener de hacer un viaje así, por lo menos durante los siguientes diez años. –Qué pena que me meta en tus asuntos, pero ¿por qué lo dices? –No tengo dinero, mis papás murieron en un accidente hace poco tiempo, y creo que no saldré de estas hasta que me gradúe y pueda trabajar en mi carrera. Michelle abrió los ojos a más no poder, se levantó de la poltrona y fue a sentarse al lado de Nathalie. –Lo siento mucho… ¿Pero él no te ayuda? –Michelle miró hacia la puerta de la oficina por donde Steve había desaparecido. –Sí, claro, muchísimo, pero no quiero abusar de él. La tal Michelle era amistosa, de eso no cabía duda, pensó Nathalie, pero tenía que ser precavida, pues bien podría haberle llamado la atención su muy apuesto millonario, y ahora solo estaría tratando de sacarle información. –¿Y llevas mucho tiempo saliendo con él? –No mucho, pero estamos súper bien, nada ni nadie podría separarnos. Nathalie sintió que estaba diciendo la verdad. La rabia con su sugar daddy había sido pasajera, ahora solo debía dejarle en claro a la reina de belleza que Steve era suyo y solo suyo. –Eso suena lindo, ojalá yo me pudiera sentir así con mi novio, bueno, mi exnovio –la triste expresión de Michelle, a Natalie la pareció genuina. –¿El de la playa? –El mismo, es un imbécil, el peor de todos –a Michelle se le humedecieron los ojos. –¿Pero después del arresto no te dijo nada? –Lo que no les conté es que esa noche en las celdas del… ¿Pero por qué diablos te estoy contando eso? Apenas te acabo de conocer. –Tienes razón, perdona que te pregunté, pero es que te veo muy triste –dijo Nathalie. –Tranquila. Pero solo te puedo decir que ya no tengo novio, que me quiero olvidar de ese imbécil y que creo que me haría bien ir a ese viaje por el Caribe. –Te entiendo, y solo espero que Steve esté haciendo milagros allá adentro. Un silencio de treinta segundos antecedió a la salida de Steve de la oficina del decano. Tría una sonrisa que no habría podido ser superada por el mejor de los payasos, su andar era liviano y se sentó frente a las muchachas antes de decir: –Niñas, todo solucionado, pueden alistar sus maletas. –¡¿En serio?! ¿Qué sucedió allá adentró? –preguntó Nathalie mientras se ponía de pie, se acercaba a Steve y le daba un abrazo y un pico en la mejilla. –No puedo creer que lo haya solucionado –dijo Michelle, una sonrisa atravesada en su rostro. –No fue tan fácil –dijo Steve–, pero afortunadamente el hombre aceptó. Pequeña, vas a recibir dos mil quinientos dólares, la otra mitad irá para esa chica Maureen… –Me lo imaginé… ¿Y del viaje al Caribe? –Tanto tú como Maureen viajarán, piensan que es lo más justo. –Bueno, es lógico, las dos nos lo merecemos –Nathalie sintió cómo la ansiedad abandonaba su cuerpo. Perdería quinientos dólares, pero no estaba nada mal recibir dos mil quinientos, además de disfrutar de un viaje que muy pocas personas tenían la posibilidad de realizar. También había solucionado los problemas de su renta, su alimentación y su matrícula en la universidad. Eran varias razones para sonreír, y aparte de su esfuerzo durante la competencia, el resto se lo debía a Steve, y eso era suficiente para incrementar aquel sentimiento de amor que poco a poco la empezaba a invadir. –Me alegro de escuchar eso –dijo Michelle–, pero ¿qué pasó exactamente con lo mío? Steve la volteó a mirar y luego dijo: –Está resuelto, recibirás tus dos premios; puedes contar con tus tres mil dólares y el crucero en el velero. –Pero ¿cómo hizo para convencerlo sin que el hombre publique mi vida privada en todos los medios? –preguntó Michelle, sentada en el borde de la silla. –Lo tuyo fue lo más demorado, pero el decano Schmidt me debe algunos favores, y solo le dije que era el momento de empezar a pagar… –Steve concluyó con una pequeña sonrisa. –Entiendo, señor Ranniger, y solo le puedo agradecer, pero ¿por qué hace esto por mí? –Odio la injusticia, y no estoy de acuerdo con que se castigue a alguien por algo que solo pertenece a su vida privada. Además, todos fuimos jóvenes alguna vez, y todos cometimos pequeñas locuras, pero aquí lo más importantes es que tú no le estabas haciendo el mal a nadie. –Así es, pero creo que no sé cómo pagarle –dijo Michelle antes de mostrar, por primera vez, lo que ha Nathalie le pareció una sincera sonrisa. –No me debes nada, más bien, chicas, dejen que las lleve a cenar a un buen sitio, creo que después de esta jornada, todos nos lo merecemos. No tardaron en regresar a Nathalie la rabia y los celos que minutos antes había sentido, pero ya tendría tiempo para aclarar bien las cosas con Steve.
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