**LUCIANA**
No dormí. En una habitación de un millón de pesos la noche, sentía las paredes como ojos vigilantes. Pasé la madrugada en vela, dando vueltas entre sábanas de seda frías e impersonales. Al cerrar los ojos, veía la mirada de Santiago: un gris acero, una calma glacial que ocultaba una corriente capaz de arrastrarme.
Él no es solo un empresario con dinero. Hay algo en su forma de moverse, en esa rigidez rusa que mencioné, que me dice que Santiago Echeverri no conoce la palabra “negociación” a menos que él haya escrito los términos primero.
A las 6:30 AM, el timbre de la suite sonó. No fue un sonido estridente, sino un acorde elegante y discreto, pero en el silencio de mi insomnio sonó como un disparo.
Me puse la bata de seda que encontré en el baño —otra cosa que no me pertenecía— y abrí la puerta.
No era Santiago. Frente a mí había una mujer de unos cuarenta años, con un traje sastre gris que no tenía ni una sola arruga y el cabello recogido en un moño tan tirante que parecía dolerle. Detrás de ella, dos hombres con uniformes oscuros empujaban un perchero móvil cargado de fundas de ropa y varias cajas con logotipos que solo había visto en las revistas que hojeaba en las salas de espera.
—Buenos días, señorita. Soy Elena, asistente personal del señor Echeverri para asuntos logísticos —dijo, sin una pizca de emoción en la voz. Ni siquiera esperó a que la invitara a pasar; simplemente entró, y los hombres la siguieron—. El señor Echeverri se encuentra en una reunión de emergencia con la junta directiva, pero ha dejado instrucciones precisas para su mañana.
Me quedé de pie en medio de la sala, sintiéndome pequeña y fuera de lugar con esa bata que me quedaba grande.
—¿Instrucciones? —pregunté, tratando de recuperar mi lengua filosa—. ¿Y qué soy ahora? ¿Un paquete de sss que necesita ser desempaquetado?
Elena se detuvo y me miró por encima de sus gafas de montura fina. No esbozó risa. No se ofendió. Solo me analizó.
—El señor Echeverri prefiere el término “preparación”. Aquí tiene su nuevo dispositivo móvil —me entregó una caja pequeña y blanca—. Sus contactos han sido migrados, pero el terminal cuenta con encriptación de grado militar. El señor espera que esté disponible en la primera línea de marcación rápida las veinticuatro horas del día.
Abrí la caja. El teléfono pesaba. Era el último modelo, pero se sentía como una cadena electrónica.
—Dile a tu jefe que tengo una vida. Tengo universidad, tengo un hermano que…
—El señor Echeverri ya se ha encargado de la seguridad de su hermano —me interrumpió Elena mientras empezaba a sacar vestidos del perchero—. Un equipo de vigilancia discreta está apostado cerca de su residencia. Su hermano llegará al colegio y volverá a casa sin contratiempos. En cuanto a sus clases, el señor sugiere que hoy se tome el día para “adaptarse”.
Sentí un nudo de rabia y alivio en el estómago. Alivio porque Nico estaba protegido después de lo de anoche, y una rabia ardiente porque Santiago se estaba metiendo en mi vida como un virus informático, tomando el control de cada carpeta, de cada secreto.
—Él no puede simplemente “sugerir” que falte a la universidad —mascullé.
—En el mundo del señor Echeverri, señorita Rojas, una sugerencia es una orden con mejores modales —Elena señaló la ropa—. Por favor, elija uno. Tenemos una cita en una hora.
—¿Una cita con quién? ¿Con él?
—Con su madre. La señora Beatriz Ocampo la espera para desayunar en el club.
El aire se me escapó de golpe. Santiago me había dicho anoche que su madre era “pasado”, que no importaba. Pero ella no pensaba lo mismo. Si Santiago era el ruso dominante que no aceptaba un no, Beatriz Ocampo era la reina madre que venía a reclamar su trono.
Miré los vestidos: Chanel, Dior, piezas que costaban más que mi carrera completa. Me di cuenta de que Santiago no me estaba vistiendo para él. Me estaba armando para la guerra.
—Sí, voy a ir a ese desayuno —dije, tomando un vestido n***o de seda con un corte asimétrico que parecía una armadura moderna—, lo voy a hacer bajo mis propios términos. No voy a ser la chica asustada que rescató anoche.
Elena finalmente sonrió, una curva mínima y gélida.
—Eso espero, señorita. Porque la señora Beatriz no desayuna comida. Desayuna reputaciones.
Elena se movía por la suite con una eficiencia gélida, casi robótica. Mientras yo me duchaba, ella dispuso sobre la cama no solo el vestido, sino una selección de lencería de encaje n***o que parecía costar lo mismo que un coche de segunda mano. Al verla, sentí un pinchazo de humillación. Santiago no solo quería controlar lo que el mundo veía de mí; quería controlar lo que solo él y yo sabíamos que llevaba puesto.
Esa es la marca de un hombre dominante. No le basta con la superficie; necesita saber que cada centímetro de tu piel está cubierto por su voluntad.
Me puse el vestido n***o. Era una pieza arquitectónica, de una seda tan pesada que caía como una segunda piel, resaltando mis curvas sin mostrar de más, pero dejando claro que debajo de esa tela había una mujer, no una niña.
Al mirarme al espejo, casi no me reconocí. La Luciana de jeans desgastados y morral universitario había desaparecido. En su lugar, había una extraña con ojos de fuego y labios pintados de un rojo carmesí que gritaba: “No te acerques demasiado si no quieres quemarte”.
—El transporte espera, señorita Rojas —anunció Elena desde la puerta—. Y un consejo gratuito: no beba el té si ella se lo ofrece con demasiada amabilidad. Beatriz Ocampo solo es amable cuando está a punto de asestar el golpe final.
Salí del hotel escoltada por dos hombres que no hablaban, pero que me abrían paso como si fuera una dignataria extranjera. El aire de Bogotá estaba nublado, cargado de esa lluvia fina que siempre parece presagiar algo malo. El coche, un Maybach blindado, me llevó hacia el norte, hacia las zonas donde el dinero es tan viejo que tiene raíces.
El Club El Nogal era el epicentro del poder. Allí se decidían leyes, se caían gobiernos y se destruían vidas entre sorbos de café prémium. Al bajar del auto, sentí todas las miradas sobre mí. No era por mi belleza, sino por el mensaje que enviaba: yo era la mujer que había llegado en el coche personal de Santiago Echeverri.
Me guiaron hacia una terraza privada. Allí, sentada con una postura que haría que un oficial de la guardia rusa pareciera relajado, estaba Beatriz Ocampo.
Era la viva imagen de la elegancia aristocrática. Su cabello, de un rubio ceniza perfecto, enmarcaba un rostro donde las arrugas habían sido combatidas con el rigor de un cirujano plástico de élite. Vestía un traje de sastre blanco inmaculado, un contraste violento con mi n***o absoluto.
—Llegas tres minutos tarde —dijo, sin levantar la vista de su tableta digital. Su voz era como el cristal rompiéndose: fina, clara y cortante. Cree que me va a intimidar.
—Y usted llega tarde para decirme qué hacer con mi tiempo, señora Ocampo —respondí, sentándome frente a ella sin esperar invitación.
Beatriz levantó la mirada. Sus ojos eran idénticos a los de Santiago, pero sin la chispa de deseo que él a veces no podía ocultar. Los de ella eran pozos de hielo absoluto.
—Vaya. Santiago siempre ha tenido debilidad por los perros callejeros con temperamento —comentó, dejando la tableta a un lado y entrelazando sus dedos enjoyados sobre la mesa—. Dime, Luciana, ¿cuánto crees que vale tu dignidad? Porque mi hijo tiene la costumbre de comprar cosas de las que se aburre de usar a los quince días.
—Su hijo no me compró, señora. Me contrató. Hay una diferencia legal y moral que supongo que alguien de su alcurnia debería entender —le devolví el golpe, manteniendo el tono de voz bajo y firme—. Y si cree que puede asustarme con frases de villana de telenovela, está perdiendo su tiempo. He lidiado con cosas mucho más peligrosas que una mujer amargada en un club social.
Beatriz soltó una risa seca, un sonido carente de cualquier rastro de alegría.
—Eres valiente. O estúpida. En este mundo, son términos intercambiables. Santiago te ha metido en su suite porque Daniel intentó jugarte una broma pesada anoche. Mi hijo menor es un idiota, pero Santiago es un carnicero. Si cree que te está “protegiendo”, es porque te va a usar como carnada para algo más grande. Capta el mensaje.
Sentí un frío repentino en la nuca. Las palabras de Santiago anoche resonaron en mi cabeza: “Eres el punto más fácil de atacar para enviar un mensaje”.
—¿Qué mensaje? —pregunté, tratando de no mostrar mi debilidad.
—Santiago está en una guerra por el control total de la compañía. Hay sectores que no quieren a un hombre con su… “Trasfondo” al mando —Beatriz se inclinó hacia delante, y su perfume, una fragancia floral empalagosa, me inundó—. Al tenerte a su lado, les está diciendo a todos que es vulnerable. Y Santiago Echeverri nunca es vulnerable a menos que sea una trampa. ¿Te has preguntado si esa bebida que casi te tomas no fue enviada por él mismo para quedar como tu salvador?