**LUCIANA**
Hay algo en este hombre que me incomoda profundamente. Su presencia me genera una sensación extraña y perturbadora, un escalofrío que recorre mi cuerpo de manera involuntaria. No puedo evitar sentir una inquietud palpable cada vez que lo veo o pienso en él; este hombre me produce escalofríos inexplicables.
—Yo… bueno. Esto es nuevo para mí —admití, aclarándome la garganta.
Su mirada se volvió más intensa, casi pesada.
—Ya lo noté.
—¿Se nota mucho? —solté sin pensar, porque mi lengua siempre ha tenido una velocidad superior a mi sentido de la supervivencia.
Santiago enarcó una ceja y, por primera vez, pareció genuinamente intrigado.
—Se nota en la forma en que aprietas esa copa de agua como si fuera un salvavidas, Luciana. Relájate. No muerdo… a menos que el contrato lo exija.
Sentí un escalofrío que no tuvo nada que ver con el aire acondicionado.
Por primera vez, la armadura de hielo de su expresión se agrietó un poco. Fue un movimiento mínimo, una curva casi imperceptible en la comisura de sus labios, como si algo en mi honestidad brutal le resultara… refrescante. O divertido, de la forma en que a un gato le divierte un ratón que decide dejar de correr.
—Lo suficiente para que te crea —murmuró, inclinándose apenas hacia mí, invadiendo ese espacio personal que yo intentaba proteger con mi copa de agua—. Y lo suficiente para que me interese.
Mi pulso se desbocó. No fue el típico aleteo de mariposas de una comedia romántica; fue puro instinto de supervivencia. Porque hombres como Santiago Echeverri no dicen “me interesas” como un cumplido. Lo dicen como quien marca una casilla en un formulario de adquisición.
Santiago desvió la mirada hacia el escenario, donde un presentador hablaba sobre proyecciones financieras y el futuro tecnológico del país. El brillo de las pantallas gigantes se reflejaba en sus ojos, dándole un aire casi robótico.
—Esta noche es un evento crítico para la familia —sentenció—. Necesito que actúes como si este mundo fuera tu hábitat natural. Como si hubieras nacido entre alfombras rojas y secretos de Estado.
Sentí que la boca se me secaba de nuevo.
—¿Y si no pertenezco? —solté en un susurro, desafiándolo con la mirada.
Él volvió a clavar sus ojos en los míos, firmes, gélidos.
—Entonces te enseñaré. No acepto un “no” como respuesta, Luciana.
Sentí un escalofrío recorriéndome la espalda. No era una amenaza directa, ni una promesa de amor. Era puro control. Y lo más aterrador de todo era que una parte de mí —esa parte de Luciana que estaba harta de contar monedas para el bus y de sentir miedo al final del mes— sintió una curiosidad eléctrica.
—Está bien —dije, tragándome el nudo de pánico—. ¿Qué tengo que hacer?
Santiago extendió el brazo con una elegancia que parecía coreografiado.
—Camina conmigo. No te separes.
Dudé solo una fracción de segundo. Luego, apoyé mi mano sobre su brazo. Bajo la tela fina de su traje, sentí que su cuerpo se tensaba, una reacción física que no cuadraba con su rostro imperturbable.
Caminamos entre la multitud. Él saludaba con inclinaciones de cabeza precisas; yo sonreía hasta que me dolían las mejillas. Él mandaba con la mirada; yo fingía que entendía de qué hablaban los grupos de hombres en círculo. Pero, sobre todo, él observaba. Noté que cada vez que alguien me miraba más de la cuenta, Santiago reajustaba su postura, acercándome a él, marcando un territorio invisible pero absoluto.
“Debería sentirme indignada por ser tratada como una propiedad”, pensé, “pero por primera vez en años, me siento segura”. Y eso era lo verdaderamente peligroso de este juego.
De repente, una mujer se interpuso en nuestro camino. Era la definición de sofisticación: vestido rojo fuego que gritaba “diseñador”, cabello recogido en un moño perfecto y una mirada tan afilada que podría haber cortado el cristal de las copas.
—Santiago —dijo ella, con una voz que era puro veneno envuelto en seda—. Qué sorpresa verte aquí. Pensé que Daniel sería el encargado de… las relaciones públicas esta noche.
Santiago ni siquiera parpadeó. —Valentina. Los planes cambian.
Valentina me barrió de arriba abajo con una calma cruel, como quien analiza una mancha en una alfombra cara.
—¿Y ella? —preguntó, ignorándome como si yo fuera un mueble.
Santiago apretó ligeramente el brazo donde yo estaba apoyada.
—Está conmigo —respondió él, con una nota de finalidad en su voz.
Valentina enarcó una ceja, divertida.
—¿Desde cuándo?
Santiago me miró un segundo, y en ese cruce de miradas sentí que estábamos fabricando una mentira compartida.
—Desde esta noche. Y es todo lo que necesitas saber.
El “esta noche” retumbó en mis oídos como una puerta cerrándose con llave detrás de mí. Valentina sonrió, pero sus ojos permanecieron fríos.
—Qué… interesante. Disfruten la velada.
Ella se alejó con un contoneo elegante, y yo por fin pude soltar el aire.
“Listo. Primera rival desbloqueada y apenas son las ocho”.
Santiago me guio hacia la barra de mármol n***o.
—Agua —le ordenó al bartender sin siquiera consultarme.
—¿Agua? —protesté en voz baja—. ¿No se supone que debo beber algo que combine con este vestido? ¿Un martini? ¿Champán de ese que cuesta un sueldo mínimo?
—Si bebes algo más fuerte, será conmigo y bajo mi supervisión —dijo, seco, girándose para quedar frente a frente.
—¿Eso es una regla del contrato?
Él bajó la voz, acercándose lo suficiente para que su perfume —una mezcla de sándalo, metal y algo puramente masculino— me envolviera por completo.
—Es una advertencia, Luciana. No conoces a la gente de este salón. Yo sí.
Mi piel se erizó. Antes de que pudiera replicar, mi celular vibró en mi bolso.
MARIANA: ¿Ya llegó Daniel? ¿Todo bien? ¡Dime que no has roto nada!
Miré la pantalla y luego a Santiago. Él me observaba con una intensidad que me hacía sentir desnuda.
YO: No es Daniel. Es su hermano, Santiago. Y me está mirando como si ya hubiera decidido qué hacer con mi vida.
Guardé el celular y levanté la vista. Santiago seguía allí, como una sombra omnipresente.
—¿Quién te escribió? —preguntó con una calma que me pareció sospechosa.
—Mi amiga —respondí, optando por una verdad a medias—. La que me ayudó a conseguir este… trabajo.
Santiago se inclinó un poco más, y su murmullo fue como un escalofrío que me atravesó el pecho.
—Dile a tu amiga que, a partir de ahora, esta noche ha cambiado de dueño.
Solté una risa nerviosa. Si no lo hacía, probablemente me desmayaría allí mismo.
—¿Perdón? ¿Soy un bolso de diseñador o qué? ¿Me vas a poner una etiqueta de propiedad?
Su mirada se oscureció, perdiendo cualquier rastro de humor.
—Eres una tentación con la que no contaba, Luciana. Y eso te hace vulnerable.
Antes de que pudiera procesar sus palabras, sentí un impacto en mi espalda. Alguien chocó conmigo con cierta brusquedad y una copa de cristal se inclinó sobre mi mano, derramando un líquido ambarino.
Un hombre de mediana edad, con un traje que le quedaba pequeño, se deshizo en disculpas apresuradas.
—Lo siento tanto, señorita… Fue un accidente, el piso está muy liso… de verdad, mil disculpas.
Miré mi mano mojada y luego la copa que el hombre aún sostenía. El líquido desprendía un olor extraño. Dulce. Demasiado dulce, como jarabe de cereza mezclado con algo metálico.
Santiago reaccionó antes de que yo pudiera decir nada. Me arrebató la copa de la mano con un movimiento violento. Sus ojos se afilaron, transformándose en los de un depredador que acaba de detectar un rastro de sangre. Miró al hombre, luego el contenido del cristal y finalmente a mí.
—No la tomes —ordenó. Su voz ya no era baja; era puro acero.
Me quedé helada. —¿Qué? Solo es un poco de…
—He dicho que no la tomes —repitió, sosteniendo la copa como si fuera una prueba forense.
Por primera vez, su control no parecía un juego de poder. Era una alerta roja. Sus ojos buscaban a alguien en la multitud con una furia contenida.
“Alguien en esta sala no está jugando con mi dinero”, pensé, sintiendo que el frío del aire acondicionado se me metía en los huesos. “Están jugando con algo mucho más valioso”.
Y yo, con mi vestido prestado y mis ocho millones en la cuenta, acababa de convertirme en la presa perfecta.
**SANTIAGO**
Hay momentos en los que el instinto habla antes que la lógica, y en mi mundo, ignorarlo es una sentencia de muerte social o financiera. El mío rara vez se equivoca.
Cuando la copa chocó contra la mano de Luciana, el sonido del cristal no fue el de un error fortuito. El hombre que “tropezó” no tenía la torpeza natural de un borracho o un distraído; tenía la rigidez de quien está ejecutando una orden y teme fallar. Parecía nervioso, con el sudor perlando su frente a pesar del aire acondicionado a tope.
Tomé la copa antes de que ella pudiera siquiera procesar la mancha en su mano. El aroma que desprendía el líquido era una señal de alarma: demasiado dulce, con un trasfondo químico que no pertenecía a ninguna reserva de la casa.
—No la tomes —le dije, y mi voz salió con una dureza que cortó el aire entre nosotros.