**SANTIAGO**
La miré. No podía mentirle, no ahora que el mundo entero tenía la respuesta en televisión nacional.
—Sí —respondí con una frialdad que me dolió incluso a mí—. Te elegí precisamente por eso.
Luciana retrocedió, chocando contra el ventanal. En ese momento, el teléfono que Santiago le había dado empezó a sonar. No era Santiago. Era un mensaje de un número desconocido con un enlace a una carpeta de archivos.
El mensaje decía: “Si quieres saber la verdad de cómo murió tu padre, sal de esa oficina ahora. Santiago no te está protegiendo. Te está ocultando del crimen que él mismo terminó de ejecutar”.
Luciana me miró por última vez, y antes de que pudiera detenerla, se quitó los tacones, los lanzó al suelo y corrió hacia la salida de emergencia, dejando el contrato y su seguridad atrás.
—¡Luciana! —mi grito rebotó en las paredes de cristal de la oficina, pero ella ya había cruzado la puerta de emergencia.
El sonido de sus pies descalzos golpeando el pavimento del pasillo fue lo último que escuché antes de que el silencio de la oficina se volviera pesado y letal. Me giré hacia mi hermano, que seguía allí parado con esa expresión de suficiencia estúpida.
—Si no sales de mi vista en tres segundos, Daniel, te juro por la memoria de nuestro padre que lo que te hizo a ti anoche será una caricia comparado con lo que te haré yo —le solté. Mi voz no era un grito; era ese susurro gélido que hacía que mis empleados prefirieran renunciar antes que seguir escuchando.
Daniel palideció y retrocedió, saliendo de la oficina sin decir palabra.
—¡Mateo! —llamé por el intercomunicador—. Bloquea los ascensores. Que nadie salga ni entre del edificio. Y rastrea el GPS del teléfono que le dimos a Luciana. ¡Ahora!
Salí al pasillo. La adrenalina me quemaba las venas. La confesión me había salido de forma automática: “Te elegí por eso”. No era toda la verdad, pero era la parte que la destruiría. Ella pensaba que era una coincidencia del destino, un encuentro fortuito de una noche de gala. No entendía que en mi mundo, las coincidencias son solo planes bien ejecutados.
Llegué a las escaleras de emergencia. El eco de sus pasos se había desvanecido, pero el rastro de su perfume, esa maldita vainilla, seguía flotando en el aire viciado del edificio.
—Señor, el GPS del teléfono se ha detenido —la voz de Mateo sonó por mi auricular—. Está en el piso 15. En el área de los baños de servicio.
Maldije entre dientes. Había tirado el teléfono. Era inteligente, demasiado inteligente para su propio bien. Sabía que la estaba rastreando.
**LUCIANA**
Corría por las escaleras, sintiendo el frío del cemento en mis pies y el ardor en mis pulmones. Mis ojos estaban empañados por las lágrimas, pero no eran lágrimas de tristeza. Eran de una rabia pura, una lava ardiente que me subía por la garganta.
“Te elegí por eso”.
Las palabras de Santiago se repetían en mi cabeza como una sentencia. Me había usado. Me había estudiado. No me salvó de la droga por heroísmo; me salvó porque yo era su pieza de ajedrez favorita, el eslabón perdido con el pasado de su familia que necesitaba controlar.
Llegué al piso 15 y tiré el teléfono de diez millones de pesos a la basura. No quería nada de él. Nada.
Me apoyé contra la pared, tratando de estabilizar mi respiración. Mi celular personal —el viejo, el que Santiago no había podido encriptar— vibró en mi mano. El vínculo del número desconocido seguía allí, parpadeando. Con los dedos temblorosos, lo presioné.
Se abrió una carpeta de archivos escaneados. Eran documentos contables de Rojas & Asociados, la empresa de mi padre. Mis ojos recorrieron las cifras y las firmas hasta que se detuvieron en una fecha: el día de la quiebra.
En la parte inferior de la orden de liquidación, no estaba la firma del padre de Santiago. Estaba la firma de Santiago Echeverri Ocampo. Él no solo sabía quién era mi padre. Él fue quien firmó el acta de defunción de sus sueños.
—No… —susurré, sintiendo que el suelo desaparecía bajo mis pies—. No fue su padre. Fue él.
Un ruido en la puerta de las escaleras me hizo saltar. Santiago estaba allí. Había bajado los pisos a una velocidad inhumana. Su camisa blanca estaba ligeramente desabotonada y su cabello, siempre perfecto, estaba revuelto. Parecía un demonio salido de las sombras.
—Luciana, dame el teléfono —dijo, extendiendo la mano. Su voz era esa mezcla de orden y ruego que me revolvía el estómago.
—¿Para qué? ¿Para borrar las pruebas de que fuiste tú quien arruinó a mi familia? —le grité, retrocediendo hacia la ventana del pasillo—. ¡Tú firmaste la quiebra, Santiago! ¡Tú mataste a mi padre!
Él se detuvo en seco. Sus ojos grises se oscurecieron aún más, si es que eso era posible.
—No sabes lo que estás leyendo. No tienes el contexto completo.
—¡El contexto es que mi padre se pegó un tiro porque lo perdió todo y tú tenías la pluma en la mano! —le recriminé, las lágrimas finalmente cayendo por mis mejillas—. Me compraste porque tenías remordimientos, ¿o es que querías terminar el trabajo conmigo?
Santiago dio un paso hacia mí, pero yo me acerqué más al borde del pasillo. Estábamos en el piso 15. El vacío de Bogotá nos observaba detrás del cristal.
—No te acerques —le advertí—. O te juro que este contrato se termina aquí mismo.
Santiago se detuvo, su postura rígida, su respiración agitada. Por primera vez desde que lo conocí, vi una g****a en su armadura rusa. No era miedo por él. Era miedo por mí.
—Baja de ahí, Luciana —murmuró, su voz rompiéndose apenas—. Firma lo que quieras, vete si quieres, pero no te hagas daño por un pasado que ya no puedes cambiar.
En ese momento, mi teléfono vibró de nuevo. Un mensaje de Daniel Torres, mi exnovio.
“Estoy en la puerta del edificio con la prensa, Lu. Si sales ahora, Santiago no podrá tocarte. Todo el país está viendo”.
Miré a Santiago. El hombre que me había besado con hambre, el hombre que me había vestido como una reina y el hombre que había destruido mi hogar. Estaba atrapada entre el diablo que conocía y un pasado que exigía venganza.
—Esto no ha terminado, Santiago —le dije, limpiándome las lágrimas con el dorso de la mano—. Pero a partir de ahora, yo pongo las reglas.
Me di la vuelta y corrí hacia los ascensores públicos, que Mateo aún no había logrado bloquear del todo. Santiago se quedó allí, parado en medio del pasillo, viendo cómo la única cosa que realmente quería conservar se le escapaba entre los dedos hacia un circo mediático que estaba a punto de devorarnos a ambos.
El mundo se detuvo con un golpe seco. El ascensor se balanceó levemente bajo mis pies, atrapado en el limbo entre dos pisos, mientras el silencio se volvía tan denso que podía escuchar el tictac del reloj de pulsera de Santiago. El metal frío de la pared se filtraba a través de la seda del vestido, recordándome que estaba atrapada, pero era el calor de su cuerpo lo que realmente me asfixiaba.
Santiago me rodeaba. Sus brazos eran dos barras de acero que me impedían cualquier escapatoria. Sus manos, apoyadas firmemente contra la pared a cada lado de mi cabeza, vibraban con una tensión que parecía a punto de estallar.
—Mírame —ordenó. Su voz no era un ruego; era ese tono de mando ruso que no admitía réplica, la voz de un hombre acostumbrado a ser obedecido sin cuestionamientos.
—No —susurré, apretando los dientes y manteniendo la vista fija en el nudo de su corbata de seda oscura. No quería mirar esos ojos grises. Tenía miedo de que, si lo hacía, él viera el caos que mis propias emociones estaban causando dentro de mí. Rabia, dolor… y esa traicionera chispa de deseo que se negaba a morir incluso ahora. —Me engañaste. Me usaste como una ficha en tu tablero de ajedrez corporativo.
Sentí su mano derecha despegarse de la pared. Sus dedos, largos y fuertes, se cerraron alrededor de mi cuello. No apretó, pero la presión era constante, una caricia dominante que me obligó a levantar la barbilla. Su pulgar se detuvo justo sobre el pulso de mi yugular, que latía desbocado como un animal herido.
—¿Crees que eres la única con secretos? —Su rostro se inclinó hacia el mío, tanto que su aliento cálido con rastro de café y poder me nubló el juicio—. Sí, firmé esos papeles. Sí, sabía quién era tu padre antes de que pusieras un pie en ese salón de gala. Pero lo que no sabes es por qué lo hice.
—¡Lo hiciste porque eres un carnicero! ¡Tu madre lo dijo! —le grité, tratando de zafarme de su agarre, pero él solo se pegó más a mí, su cuerpo presionando el mío contra la pared hasta que sentí cada músculo de su pecho firme—. ¡Querías terminar lo que empezaste hace diez años!
—Lo hice para salvar a tu hermano, Luciana —soltó él, y la frialdad de sus palabras me dejó helada—. Si yo no hubiera firmado esa liquidación, los acreedores de tu padre —hombres mucho menos civilizados que yo— habrían ido por la cabeza de tu familia. Mi firma fue el precio de su seguridad.
Me ha de estar mintiendo.