**SANTIAGO**
Mi teléfono vibró en el bolsillo de mi pantalón. Era un mensaje del jefe de seguridad.
“La bebida analizada tiene trazas confirmadas de benzodiacepinas. El sujeto desapareció por la salida de servicio. Estamos rastreando.”
Sentí un fuego frío recorriéndome las venas. Alcé la vista hacia ella.
—Tenía algo —dije, guardando el aparato.
Luciana se quedó inmóvil, como si el aire de la suite se hubiera congelado de repente.
—¿Algo… como qué?
—Un sedante fuerte. Suficiente para que perdieras la conciencia en diez minutos y alguien pudiera sacarte de aquí sin que pusieras resistencia.
El color abandonó su rostro por completo, dejándola con una palidez casi traslúcida bajo las luces LED.
—¿Me estás diciendo que alguien intentó drogarme en un hotel de cinco estrellas, frente a la élite del país?
—En este lugar es donde más sucede, Luciana. El dinero no compra moral, solo mejores formas de ocultar la falta de ella.
El silencio que siguió fue denso, cargado de una realidad que ella no había previsto cuando aceptó los ocho millones. Caminó hasta el sofá y se dejó caer, como si sus piernas finalmente hubieran decidido que ya no podían sostener el peso de su cuerpo.
—Yo solo venía a sonreír —susurró, mirando sus manos—. A fingir que sabía para qué sirven todos esos cubiertos raros y a ayudar a Nico. No a terminar en medio de una guerra que no entiendo.
Me acerqué despacio, manteniendo una distancia prudente pero suficiente para que sintiera que no estaba sola.
—¿Le diste tu nombre real a la agencia de Mariana?
—Sí.
—¿Tu dirección?
—No soy idiota —respondió rápido, recuperando un destello de su chispa—. Solo mi nombre y mi número de celular.
Bien. Algo de sentido común tenía. Me pasé una mano por el cabello, intentando que mi mente estratégica tomara el control, pero algo dentro de mí seguía hirviendo. No era solo la brecha de seguridad en mi evento. Era la idea de que alguien hubiera podido tocarla, usarla o dañarla. Era una furia posesiva e irracional que no tenía sentido.
La conocía hacía menos de sesenta minutos. Era una empleada temporal. Un activo. Nada más.
—Santiago… —su voz sonó pequeña, casi quebrada—. ¿Esto pasa mucho en tu mundo?
La miré. Podría haberle mentido. Podría haberle dicho que era un caso aislado, un error del sistema. Pero Luciana no merecía mentiras piadosas; merecía la verdad que acababa de comprar con su seguridad.
—Pasa cada vez que alguien cree que puede salirse con la suya porque tiene el apellido correcto —dije, clavando mis ojos en los suyos—. Y esta noche, alguien creyó que podía usar a la invitada de los Echeverri para probar un punto.
Ella tragó saliva, sus ojos buscando algo de certeza en los míos.
—¿Y tú… puedes evitar que pase otra vez?
La pregunta no era ingenua. Era una petición de protección, una rendición parcial ante la realidad. Me acerqué un paso más, lo suficiente para ver el brillo de las luces de la ciudad reflejado en sus pupilas.
—Sí —respondí. No fue una promesa vacía ni un alarde de arrogancia. Fue una certeza absoluta—. Mientras estés conmigo, nadie va a ponerte una mano encima. Pero a partir de ahora, las reglas cambian.
Luciana me sostuvo la mirada, y por un momento, el mundo exterior desapareció.
—¿Qué reglas? —preguntó en un susurro.
—La primera: dejas de ser una “acompañante” y te conviertes en mi prioridad. Y la segunda… —hice una pausa, midiendo mis palabras—. No vas a volver a tu casa esta noche.
Se levantó del sofá con una rigidez que delataba su cansancio acumulado y se acercó al ventanal. Afuera, Bogotá se extendía como un tapiz de luces eléctricas que no lograban disipar las sombras de la noche.
—Necesito este dinero —soltó de repente.
No me miraba. Su voz había perdido ese brillo juguetón que usaba como escudo; ahora era una nota honesta, cruda, despojada de cualquier artificio.
—Mi hermano menor está en el colegio. Yo pago su matrícula, sus libros, el techo donde dormimos. Yo pago todo. No estoy aquí por un capricho de niña rica que quiere una cartera nueva.
Había un orgullo feroz en sus palabras, una columna vertebral de responsabilidad que no encajaba con la ligereza de la fiesta de abajo. Demasiado peso para alguien de veintidós años. Me acerqué un par de pasos, pero mantuve una distancia prudente para no romper el hilo de su confesión.
—¿Cuántos años tiene tu hermano?
—Dieciséis —respondió ella, todavía fija en el cristal.
—¿Sabe que estás aquí?
Luciana soltó una risa amarga que empañó brevemente el vidrio frente a su rostro.
—Cree que conseguí un trabajo temporal de oficina. Por supuesto que no sabe la verdad.
La observé de perfil. La luz de la ciudad delineaba su figura, resaltando que no era la mujer más sofisticada del salón ni la más elegante, pero poseía algo mucho más peligroso que cualquier joya de diseño: autenticidad. Era real en un mundo de plástico.
—No vas a volver a esa agencia —sentencié, mi propia voz sorprendiéndome por su firmeza.
Se giró con una rapidez eléctrica.
—¿Perdón?
—No vas a trabajar para desconocidos nunca más.
Sus ojos se encendieron con un destello de desafío.
—Tú no puedes decidir eso por mí, Santiago.
—Sí, puedo.
—¿Ah, sí? ¿Desde cuándo eres el dueño de mi agenda?
Di un paso hacia ella, invadiendo su campo magnético.
—Desde el momento en que alguien intentó drogarte bajo mi responsabilidad.
—No era tu responsabilidad —replicó ella, cruzándose de brazos—. Era la de tu hermano; con él era mi cita.
Mi mandíbula se tensó al mencionar a Daniel. El maldito Daniel, siempre dejando desastres para que otros los limpien.
—Mi apellido estaba en la transferencia, Luciana. Eso me involucra a mí, a mi legado y a mi tranquilidad.
Ella me sostuvo la mirada sin pestañear. No bajó los ojos ni se amilanó ante mi presencia. Ese rasgo me atraía más de lo que estaba dispuesto a procesar en ese instante.
—¿Y qué propones entonces? —preguntó finalmente.
La pregunta quedó flotando entre nosotros como una invitación al abismo. Sabía exactamente qué quería proponer, y también sabía que cruzar esa línea lo cambiaría todo para ambos. Me acerqué lo suficiente para que pudiera sentir el calor de mi cuerpo, pero sin llegar a tocarla.
—Exclusividad.
Ella parpadeó, desconcertada.
—¿Cómo?
—Trabajas solo conmigo. Para mí.
Un silencio denso cayó sobre la suite.
—¿Estás bromeando? —su risa fue nerviosa, incrédula.
—Hablo totalmente en serio.
—Ni siquiera me conoces, Santiago.
—Te conozco lo suficiente para saber que no perteneces al catálogo de una agencia de acompañantes.
—Eso suena inquietante, hasta da escalofríos que lo investiguen —murmuró ella.
—Es práctico —corregí.
Ella apretó los brazos contra su pecho, todavía a la defensiva.
—¿Y qué implicaría eso exactamente?
—Un acuerdo claro. Protección absoluta. Un pago mensual fijo que cubra todas tus necesidades y las de tu hermano. Reglas de discreción.
—Ahí está —dijo con una media sonrisa que no llegó a sus ojos—. Las reglas. El control.
—Sí. El control es lo que te mantiene viva en este entorno.
Se acercó un paso más, acortando la distancia hasta que solo unos centímetros nos separaban.
—¿Y qué gano yo, además del dinero que tanto mencionas?
La miré despacio, recorriendo cada rasgo de su rostro con una calma que me permitía notar el pulso acelerado en su cuello.
—Seguridad —respondí—. Paz mental.
—Eso suena muy aburrido para alguien como yo.
—Libertad, Luciana. Libertad para estudiar, para cuidar a tu hermano sin el miedo constante a que alguien te ofrezca una copa adulterada en una fiesta de extraños. Y despiertes en un motel de mala muerte desnuda y ultrajada.
Su respiración cambió, volviéndose más errática.
—¿Y tú qué ganas con esto, Santiago?
Quise decir “compañía”. Quise decir “discreción”. Pero la honestidad era el único camino que ella respetaba.
—Gano la certeza de que esta noche no fue la última vez que te vi —confesé. Mi voz salió más grave, cargada de una intención que no podía ocultar—. Seré franco, también te quiero en mi cama; puedes denominarme como tu sugar daddy.
Sus labios se entreabrieron apenas. La tensión era casi física, un cable de alta tensión a punto de romperse. Ella apoyó una mano en mi pecho, no para empujarme, sino para marcar un límite que ambos sabíamos que era frágil.
—Esto es una locura —susurró.
—Tal vez lo sea.
—¿Y si digo que no?
—Entonces te llevaré a casa personalmente. Y no volveré a buscarte. Arriesga tu vida como quieras, no será de mi incumbencia.
Mentí. La buscaría hasta encontrarla, incluso si ella no quería ser encontrada. Ella pareció leerlo en mi mirada, porque sonrió apenas.
—No eres tan frío como te esfuerzas en parecer.
—No soy frío. Soy cuidadoso con lo que me importa.
Su mirada descendió un segundo a mis labios antes de volver a chocar con mis ojos.
—Si acepto… —dijo despacio—, no soy tu propiedad, Santiago. No soy un objeto que compraste. Pero necesito el dinero y realmente ya no lo puedo devolver y eso me pone en desventaja.
—Perfecto.
—Espero que respete mi vida privada.
—Eres una decisión, Luciana. No una posesión. —la chiquilla ya había entrado a mi guarida; eso ya era ganancia.