Grecia subió a la alcoba, encontró a Egan despierto, ella sonrió al verlo, se quitó los tacones. Él se levantó, sus ojos se oscurecieron, pronto estuvo ante ella. Grecia estaba cerca de la puerta, él pasó la mano a un lado de su cintura, solo para asegurar la puerta. Ella siguió cada movimiento con su mirada, él tenía un aire delicado, místico, casi ardiente. —¿Qué haces? —¿Qué hago? Bueno, te disculpaste conmigo, pero, no te he perdonado. Grecia le miró incrédula. —¿No me vas a perdonar, mi burrito? Él negó, su mirada se volvió feroz. —Debo darte un pequeño castigo para que nunca vuelvas a esconderte de mí, debo dejarte claro que, si lo haces, no podrás vivir sin mí. —Mi amor, mi burrito… —¡Nada! Obedece, hoy eres toda mía, desnúdate, es una orden. Ella le miró sorprendida, so

