VALERIA —¿A dónde vas?— tuvo el descaro de preguntarme Leandro mientras me seguía por las escaleras. Lo miré con rabia. Negué con la cabeza. Su sentido del humor me resultaba tan absurdo como insultante. ¿De verdad pensaba que era más tonta de lo que yo misma creía? Qué idiota. —Valeria —me agarró de la muñeca, como siempre, como si con eso pudiera tener mi atención a la fuerza. Fruncí el ceño. Miré su mano, luego su cara. —En primer lugar, nunca me agarres solo porque quieres que te escuche —solté, sin suavizar el tono—. Siempre haces lo mismo. Te crees con derecho a controlar todo solo porque supuestamente eres mi jefe. Pero te advierto algo, Leandro: esos días ya se acabaron, cabrón. No me esforcé en ocultar mi rabia. Esta vez sí se había pasado. Y no pensaba dar marcha atrás. —

