Sus miradas se enfrentaron, la plata y las esmeraldas se reconocieron. ¡Era imposible no hacerlo después de una noche salvaje! El sonido de la música pasó a un grado irrelevante, era como si en ese lugar abarrotado de gente, solo existieran ellos dos. —¡Maldición! ¡No puedes ser tú! —gritó conmocionado al ver a Mía, que no estaba en mejor estado que él. Todo el cuerpo de Angelo tembló y no sabía si era de enojo o de aquella maldita excitación que había recorrido su cuerpo al verla entrar del brazo de Donovan a El Inframundo. Mía por su parte, no podía creer que el hombre con quien había pasado la mejor noche de su vida, fuera el mismo hombre que la había despreciado cuando niña, que la había apartado de su vida sin ningún remordimiento. ¿Qué mala broma del destino era todo aquello? ¿Cuá

