La lluvia no daba tregua esa noche. Las gotas golpeaban con fuerza las ventanas de la vieja casa Moreno, haciendo eco en cada rincón oscuro. Dentro, el ambiente estaba cargado de tensión. Yo apenas lograba respirar, como si el aire se hubiera vuelto denso, imposible de tomar. Mis pensamientos giraban y giraban sin descanso: el trato con Ethan, la amenaza de perderlo todo, la sombra oscura que ahora acechaba sobre mi familia.
Sentada en el sofá, con las manos temblando mientras sostenía una taza de té ya frío, escuché el sonido del timbre. El corazón me saltó del pecho. ¿Quién podía ser a estas horas y con esta tormenta? No esperaba visitas. Liam y mamá estaban en sus habitaciones, ajenos a lo que se avecinaba. Con cautela, me levanté y caminé hacia la puerta, cada paso retumbando en mi cabeza como un latido acelerado.
Abrí con un temblor apenas perceptible y allí estaba él. Un hombre alto, con ojos penetrantes y una sonrisa torcida que no llegaba a sus labios. Su traje oscuro contrastaba con el gris y el n***o de la noche. Adrian Moretti.
—Isabella Moreno —pronunció su nombre con una voz profunda, firme—. Sabes quién soy. Y sabes por qué estoy aquí.
Un frío intenso me recorrió la espalda. Ethan me había hablado de él, aunque nunca con muchos detalles. Adrian era la sombra que se posaba sobre cada movimiento de Ethan, su peor enemigo. Pero nunca pensé que vendría hasta mi puerta para amenazarme.
—¿Qué quiere de mí? —logré articular, aunque mi voz temblaba.
—Vengo a advertirte —dijo, con un tono que no admitía discusión—. Este juego en el que te han metido no es un juego para ti. No eres más que una pieza en su tablero. Si decides casarte con Ethan, te conviertes en un blanco. Y no permitiré que seas su escudo.
Sentí que mis piernas flaqueaban. ¿Era realmente esto lo que me esperaba? ¿Un matrimonio que me uniría no solo a un hombre frío y temido, sino también a una guerra que no entendía?
—No puedo dejar que nada le pase a mi familia —murmuré, más para mí que para él.
—Entonces piénsalo bien —me advirtió Adrian—. Porque las heridas que verás no solo serán físicas. Y las cicatrices que dejará esta historia… serán para siempre.
Antes de que pudiera responder, escuché el motor de un coche acercándose a la casa. Adrian dio un paso atrás, su mirada fija en la puerta principal.
—No nos queda mucho tiempo. Este es solo un aviso, Isabella. Piénsalo bien, o te arrepentirás.
Y con eso, desapareció en la noche, dejando tras de sí un silencio pesado y un miedo palpable.
Volví a la sala, con la mente en caos. ¿Qué secretos ocultaba Ethan? ¿Qué riesgos corría si decía que sí? El contrato no solo comprometía mi futuro, sino también el destino de todos los que amaba.
Por primera vez, sentí que la elección era más que imposible: era una sentencia.
Horas después, el amanecer filtraba una luz grisácea por las cortinas. No había pegado ojo. Mamá me llamó a desayunar, pero apenas probé bocado. Liam me miraba con preocupación, como si intuyera el huracán que se desataba en mí.
“Isa, ¿estás bien?”, me preguntó con voz baja.
Le sonreí, aunque mi corazón seguía apretado. No podía contarle nada, no aún. No quería que la incertidumbre lo alcanzara.
Mientras bajaba las escaleras, el sonido de un motor diferente resonó en la entrada. Abrí la puerta y ahí estaba Ethan, de pie, impecable en su traje, su expresión tan fría como la primera vez que lo vi. Pero esta vez, había algo más. Algo que no podía descifrar.
—Isabella —dijo sin rodeos—. Tengo que saber qué has decidido.
La presión me aplastaba, y en ese momento, el contrato que prometía un año atada a un hombre que no conocía, parecía una cadena que me quitaba el aliento.
—¿Cómo puedes exigirme una respuesta así? —pregunté, tratando de no quebrarme—. Esto no es solo un contrato, es mi vida, mi familia.
Él dio un paso adelante, y pude ver en sus ojos un destello de algo distinto, quizás una pizca de vulnerabilidad que jamás había visto.
—Sé que no es fácil. Pero el tiempo no está de tu lado. Si dices que no, pierdes todo. Y si dices que sí… me darás la oportunidad de protegerlos.
Mi mente luchaba contra el miedo, contra la incertidumbre. No sabía nada de ese hombre más allá de la fachada imponente y el trato frío. Pero sentía que, de alguna forma, todo dependía de esa decisión imposible.
Decidí que necesitaba saber más. Tenía que entender qué había detrás de esa coraza que Ethan mostraba.
—Antes de decir sí o no, quiero respuestas —le dije—. Quiero saber quién es realmente Ethan Valtieri.
Él me miró, sorprendido, pero no se apartó.
—Si quieres respuestas, tienes que estar dispuesta a escuchar la verdad completa. Y eso podría destruir todo lo que crees saber.
La tensión entre nosotros creció, pero algo en esa frase me encendió una chispa. No solo era un hombre de negocios frío; había una historia oculta, un pasado doloroso.
Así que tomé aire y dije en voz baja:
—Estoy lista.
Lo que siguió fue una conversación que jamás imaginé tener. Ethan habló de una infancia marcada por traiciones, pérdidas y un padre que lo dejó a la deriva en un mundo despiadado. Habló de cicatrices invisibles, de enemigos que acechaban, y de un propósito que lo había convertido en el hombre más temido de la ciudad.
Escucharlo fue como mirar un abismo. Era aterrador, pero también humano. Y por primera vez, sentí que detrás de ese hombre implacable había algo más. Algo que podría cambiarlo todo.
Pero justo cuando la conexión parecía formarse, un mensaje urgente interrumpió la charla. Ethan frunció el ceño, su cuerpo tenso.
—Adrian no se rendirá —murmuró—. Esto apenas comienza.
Su mirada se posó en mí con una intensidad que me quemó.
—Esta noche, Isabella, entenderás qué tan profunda es esta guerra.
Esa noche, el miedo se convirtió en adrenalina. Mientras la ciudad dormía, en nuestra casa cada sombra parecía un enemigo. Sentí que el contrato no era solo un papel, sino una sentencia de la que no podría escapar.
Y aunque quise negarlo, esa noche entendí que no solo estaba en juego mi libertad. Estaba en juego mi corazón.