**MARIANA** La grandeza de la mansión me envolvía, cada paso resonaba en el vasto vacío de sus salones. La habitación, un refugio de lujo y confort, parecía un cuadro en movimiento con sus cortinas danzando al ritmo de una brisa invisible. Las maletas, fieles compañeras de nuestro viaje, descansaban ya, prometiendo estabilidad en este nuevo mundo. Diego, con la puerta ya cerrada, se convirtió en el ancla de mi realidad fluctuante. Su presencia era un bálsamo ante la magnificencia que nos rodeaba. —Esta es ahora su casa. —Gracias, espero que tu madre diga lo mismo. —ambos sonreímos de la mala broma que hice. Los saltos de mis hermanos sobre la cama rompían la solemnidad del momento, sus risas eran chispas de alegría en la penumbra de mis pensamientos. Diego, con su disculpa, dejaba entr

