Es él. Mi pequeño es real. Está vivo, mi bebé está vivo. No lo suelto, lloro mientras siento la calidez de su delgado cuerpo, le doy gracias a Dios por tenerlo aquí conmigo. Lo abrazo, lo beso, y aunque sé que debo de estar asustándolo por mi estado de conmoción, no me detengo. —Lo siento bebé, es que mami… —no puedo pronunciar tal cosa—, mami está feliz de volver a verte… —llevo mis manos a su cara y río en medio de un llanto liberador—. Te amo mi Andrés, te amo muchísimo —coloco la palma de mi mano en su pecho—. Y me hace muy feliz saber que tu bello corazón, palpita. No digo más, estoy segura de que él debe de estar ajeno a todo, por eso me obligo a calmarme, a dejar de llorar y a sonreírle. Sus ojos están cristalizados, incluso dejó salir algunas lágrimas, pero al final del día es

