El silencio que ha invadido la mansión Rossellini es ensordecedor. Han pasado días desde que despedimos a Andrea, y la ausencia de su risa, de sus pasos apresurados por los pasillos, es como una herida abierta que no deja de sangrar. Yo, que solía evitar este lugar por no tolerar las imposiciones de mi padre, ahora me encuentro atrapado en sus muros, rodeado de recuerdos y de un dolor que parece no tener fin. El suave golpeteo de los nudillos de Genoveva contra la puerta de mi habitación me saca de mis pensamientos. —Señor Vicenzo —su voz es suave, casi maternal—, el señor Petrucci ha llegado. Están todos esperando en la sala principal. Asiento en silencio y me levanto, alisando las arrugas inexistentes de mi traje n***o. El abogado de la familia. La lectura del testamento. Sient

