Había preparado un día en la piscina para mis hermanos. Los gemelos no dejaban de nadar y, desde mi silla, observaba a Mateo jugar con ellos en el agua. Su risa y entusiasmo eran contagiosos, y por un momento, todo parecía perfecto. Mis padres estaban sentados bajo una sombrilla, charlando animadamente con mi abuelo y mi tía Marisela. La tarde era cálida, el sol brillaba y el ambiente estaba lleno de la calidez familiar que tanto necesitaba. Derek, mi hermano, estaba en una esquina del jardín, conversando con Alfredo. No podía evitar sentir una punzada de nostalgia al ver a Alfredo, recordando los momentos compartidos y las complicaciones recientes. Sus ojos se encontraron con los míos por un breve momento, y ambos sonreímos antes de volver nuestra atención a nuestras respectivas convers

