En este momento me encuentro en la ducha. Mi cuerpo está temblando y no puedo controlarlo. Siento que cada parte de mi piel está sucia, como si no pudiera quitarme esta sensación, sin importar cuánto me frote. Las lágrimas caen sin parar, mezclándose con el agua que corre sobre mí. Mi mente está nublada; no logro pensar claramente. Todo se siente abrumador y no sé qué hacer para que esta sensación se detenga. Cuando salí de la ducha, me envolví en una bata y me encontré con mi madre. Ella me abrazó por la cintura y dejó un beso en mi frente. —Ya estás bien, mi amor.— Ella me intenta consolar. —Me siento tan mal, mamá. He sido tan estúpida. —Jamás te culpes por las acciones de otros, Aisa. —Por favor, no quiero que ni papá, ni mi abuelo, ni nadie se entere. Te lo suplico.— Rogué con la

