Autum Klein El rugido de los motores del jet privado al despegar de la pista en Ginebra se sintió como el cierre de una pesadilla metálica. A través de la pequeña ventanilla, las luces de la ciudad suiza empezaron a encogerse hasta convertirse en un puñado de joyas distantes sobre un manto de terciopelo n***o. Dejábamos atrás aquel hotel donde la realidad de Alaia se había fragmentado. Había confrontado a sus padres, había mirado a los ojos a los fantasmas que la habían dejado morir emocionalmente durante veinte años, y ahora, el peso de esa verdad la estaba hundiendo en el asiento frente a mí. Alaia estaba envuelta en una manta de cachemira, pero sus hombros temblaban bajo el tejido. Sus manos, entrelazadas sobre su vientre con una fuerza casi dolorosa, eran el único punto de anclaje

