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1806 Palabras
8          Estaba echando humo por las orejas, y no era para menos. Había tenido que salir corriendo, al final de la clase de Mr. Roberts, debido al mensaje escrito en un papelito, recibido de una de sus compañeras, justo tres minutos antes de  terminar la lección.   Encuéntrame en el baño del mall antes de que use mi navaja   Sharon        No había dado crédito a lo que leía; todo parecía indicar que su mejor amiga se encontraba nuevamente en una de sus crisis. Había corrido como una loca hasta el baño, sin detenerse a pensar  en los planes que tenía para abordar a Santiago, solo para encontrar a su amiga en medio de un ataque de risa y felicidad. David, su exnovio, le había propuesto que regresaran y la muchacha no había podido esperar el final de la jornada para comunicárselo a su mejor amiga. Ahora, parada frente a ella, la miraba con cara de pocos amigos, mientras mantenía sus brazos cruzados sobre el pecho.      –Perdona, pero es que es demasiada mi emoción, no te imaginas cómo me siento –Sharon no paraba de bailar alrededor del baño, sin importar la manera como las demás la miraban.      –Te felicito –dijo Carrie de mala gana–, pero gracias a tu acelere, no pude hablar con Santiago.       –Perdóname amiga, pero si quieres te acompaño a buscarlo al final de las clases, él siempre se sienta en el mall a esperar por la práctica de tennis.      –No, no me sirve. El señor Smith me espera media hora más temprano para mi clase de conducción, no voy a tener el tiempo de ir al mall a buscarlo y mucho menos a tratar de entablar una conversación –protestó Carrie.      –¿Y si yo lo busco y le doy alguna razón tuya? –preguntó su mejor amiga con una sonrisa de oreja a oreja.      –No seas ridícula… ¿Qué le vas a decir? ¿Que tu mejor amiga no puede esperar para darle un beso, pero que tuvo que marcharse a su clase de conducción?      –Tienes razón –dijo Sharon bajando la cabeza–. ¿Pero si te consigo su número telefónico y lo llamas esta noche? –Volvió a mirarla mostrando una enorme sonrisa.      –Ya olvídalo, mañana trataré de buscarlo en el receso del almuerzo.      Marchó rápidamente a la última clase del día con un sentimiento agridulce entre pecho y espalda: estaba contenta de que Sharon regresara con David, ya que se trataba de un buen muchacho, al que no se podía culpar por el rompimiento que habían tenido tres semanas atrás. Pero sintiendo al mismo tiempo algo de rabia por no haber hecho el contacto con su venerado estudiante de intercambio. Se prometió a sí misma que no dejaría pasar el siguiente día sin lograr el objetivo que se había propuesto.        –Gracias Mr. Smith –dijo al bajarse del auto.      –¿Estás segura de que no quieres que te lleve a tu casa? –le preguntó el instructor mientras le daba la vuelta al automóvil.      No, gracias, mi mamá me va a recoger aquí para que la acompañe al centro comercial.      Se despidió del amable instructor antes de dirigirse a la entrada vehicular de la escuela. Si esperaba a su mamá en aquel lugar, ahorrarían algo de tiempo y de paso podría pasar cerca de las canchas de tennis y echarles una ojeada a los miembros del equipo. Siendo las cuatro de la tarde, la temperatura era alta, el sol brillaba en todo su esplendor y ella hubiese querido tener ropas más apropiadas para caminar los trescientos metros que la separaban de su  destino. Los jeans y la chaqueta blanca que llevaba encima no eran lo más apropiado para los más de setenta grados que se podrían estar sintiendo a esa hora. Decidió despojarse de la chaqueta y guardarla en su mochila, dejando a la vista la blusa verde de manga corta que llevaba debajo. Pocos metros más adelante recordó el gusto que sentía todos los veranos cuando andaba descalza por todo lado, y no tardó en detenerse nuevamente para guardar sus sandalias la lado de la chaqueta. El asfalto tenía la temperatura perfecta: ni muy caliente para quemar sus plantas, ni tampoco frío para hacerle extrañar sus sandalias. Pensó que cada vez se sentía con mayor fuerza la llegada de la primavera, lo que llevaba a su espíritu a sentirse con el optimismo y la alegría que faltaban durante los fríos meses de invierno. Caminó lentamente respirando el aire que llegaba con los dulces aromas de las flores que empezaban a brotar en los campos aledaños a la escuela. Unos metros más adelante alcanzó a observar a Santiago, quien vistiendo una pantaloneta blanca y una camiseta tipo polo del mismo color, jugaba tennis con un muchacho de cabello rubio. Avanzó un poco más hasta quedar a una distancia en que pudiera verlo mejor, pero que no interfiriera con la concentración del estudiante de intercambio.  No tenía mucha idea de aquel deporte pero todo parecía indicar que jugaba bastante bien. Eran pocos las veces que la bola pegaba contra la maya o que se salía del terreno demarcado por aquellas líneas blancas. Decidió sentarse en el prado, continuar disfrutando del sol, del agradable clima y de la vista. Algunos minutos después escuchó el motor de un vehículo, giró su cabeza para descubrir el auto de su mamá acercándose. Rápidamente se puso de pie, volteó a mirar al que ahora le gustaba y se sorprendió al darse cuenta que los ojos de él la seguían. No dudó en sonreírle y agitar su mano en señal de despido, a lo que Santiago respondió con una sonrisa y un leve movimiento de su raqueta. Saludó alegremente a su mamá pensando en que solo faltaba un día para llegar a entablar amistad con él. Su emoción era tal, que no escuchó los pedidos de su madre acerca de evitar caminar descalza por el asfalto; solo sabía que estaba ad portas de dar un paso importante para empezar a cambiar lo que hasta el momento había sido una vida social carente de verdaderos afectos.            Después de cenar recibió la llamada de Julie. No era usual que la rubia la llamara; solía suceder dos o tres veces al mes, y ya habían pasado más de diez días desde su última conversación telefónica.      –… te lo digo en serio, Julie, aléjate de Greg, no vas a sacar nada bueno de eso.      –¿No puedo llamarte sin que empieces a reclamarme? Pareces mi mamá…      –¿Y es que Greg te gusta mucho? –preguntó Carrie olvidando lo que su amiga acababa de decir.      –¡Es muy lindo!… Mira, yo sé que a veces fuma o prueba cosas, pero no es que sea tan mal, no lo hace tan seguido como muchos dicen.      –Ya sabes que estás advertida –dijo Carrie con un corto suspiro.      –¿Por qué no cambiamos de tema? ¿Sigues interesada en Santiago?      –Sí, mucho –Carrie le contó a su amiga lo que habían sido los últimos sucesos en relación con el estudiante venido de lejanas tierras.      –¿Te puedo dar un consejo? –preguntó Julie una vez Carrie terminó su relato.      –Dime –contestó Carrie banqueando los ojos.      –Mira, Santiago viene de Latinoamérica, y como todos los hombres de allá, él puede ser un poco machista…      –¿Y qué hay con eso? –la interrumpió Carrie.      –Lo mejor que te puedo decir es que no seas muy directa, creo que con lo que has hecho ya le demostraste que te atrae…      –¿Qué quieres decir? –Carrie no lograba entender completamente lo que su amiga quería decir; en realidad pensó que no era mucho lo que había hecho hasta ahora.      –Deja que él dé el siguiente paso, de lo contrario… creo que le estarías dando la impresión equivocada.      –Julie, la verdad es que no he hecho nada, solo lo he saludado y le he sonreído dos o tres veces, ¿cómo crees que le haya podido dar alguna clase de impresión?      –Piénsalo… ¿Acaso tú andas saludando y sonriéndole a todos los hombres de la escuela?      –Es más que obvio que no.      –¡Exacto! Mira, los latinos son diferentes, si le demuestras mucho, van a pensar mal de ti, no están acostumbrados a que sea la mujer la que los busque, la que tome la iniciativa, son ellos los que siempre quieren dar el primer paso, y si tú lo llegas a hacer, es posible que él llegue a pensar que eres una cualquiera.      –¿Pero tú cómo sabes eso?      –Mi prima estuvo en un año de intercambio en Ecuador, y créeme si te digo que aprendió bastante.      –Bueno, yo sé que en México son machistas, ¿pero en serio crees que sería para tanto?      –Carrie, si quieres alejar a tu próximo amor, entonces no me hagas caso –Julie sonaba bastante convencida de lo que decía.      –¿En serio pensaría que soy una zorra?      –Carrie, escúchame, ellos son diferentes, piensan de otra manera, deja qué él te conquiste, te juro que no te vas a arrepentir.      Carrie colgó el teléfono pensando en lo que debía hacer. Su amiga había sonado bastante convincente y lo último que deseaba era llegar a darle una impresión equivocada a Santiago. No era mucho lo que conocía acerca de la cultura latinoamericana, aparte de que del sur de la frontera hacia abajo se hablaba español, la gente solía tener la piel más oscura y sus países no estaban tan desarrollados como los Estados Unidos; pero no sabía absolutamente nada acerca de la manera cómo se comportaba la gente y mucho menos cómo lo haría un muchacho cuando se sentía atraído por una mujer. ¿Pero era ese el caso de Santiago? En realidad no lo sabía. Le había devuelto el saludo cada vez que ella lo saludaba, le había devuelto la sonrisa cada vez que ella le sonreía, pero a la hora de la verdad no podría asegurar que estuviese interesado en ella. Tendría que buscar la forma de averiguarlo, o de por lo menos hacerle saber, de una manera supremamente sutil, que ella estaba dispuesta a salir con él.  Pero no quería que todo se volviera un chisme o llegar a hacer el ridículo; tendría que pensarlo mejor y al mismo tiempo seguir el consejo que Julie le había dado. Minutos después logró tomar una decisión: le hablaría, tal y como lo había planeado, pero tendría el suficiente cuidado de no parecer demasiado atrevida, de solo hacerle pequeñas y disimuladas insinuaciones, y luego esperaría que fuese él el que tomara la iniciativa.  
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