17

2379 Palabras
17 –¿Listo, primo? Las hembritas nos esperan. Fabio saludó a Santiago mostrando una enorme sonrisa. Se podía notar su ánimo festivo. Minutos después compraron una botella de aguardiente en una pequeña tienda, a dos cuadras del sitio de la reunión. Algunos pasos antes de llegar al edificio, el muchacho recién llegado de Bogotá escuchó la música vallenata, la cual muy seguramente provenía del apartamento donde se celebraba la reunión. Después de ser autorizados por el vigilante para ingresar al edificio, tomaron el ascensor hasta llegar al último piso. La fiesta se estaba celebrando en la amplia terraza. Más de cuarenta personas se encontraban disfrutando de la música, la bebida, y la piscina. El ambiente no podría ser más animado y fiestero. Los dos muchachos fueron recibidos por el que todos llamaban Fercho, quien parecía ser el anfitrión. –¿Tú eres cachaco? –Fercho parecía un tipo amable. –Bogotano, recién llegado –respondió Santiago. –¡Bienvenido! Y allí está la barra con trago y comida, tomen y coman lo que quieran –Fercho señaló con su dedo índice el lugar repleto de botellas de licor y pasabocas ubicado a un costado de la piscina. Con el paso de los minutos, y a pesar de la amabilidad del anfitrión y del buen ambiente que reinaba, a Santiago le estaba quedando difícil adaptarse. Era su país, era su música, pero eran evidentes las diferencias reinantes. Los costeños eran agradables, les gustaba la charla, pero sintió que se perdía en los temas que conversaban, además de no llegar a entender algunas de sus palabras. Decidió que lo mejor sería tomarse un par de tragos, los cuales muy probablemente le ayudarían a entrar en ambiente. Se apartó de Fabio, quien continuaba charlando animadamente con Fercho y fue hasta la barra a servirse una copa de aguardiente. No dudó en tomarse la segunda cuando la primera apenas bajaba por su garganta. –Oye, ven acá, ¿tú te quieres emborrachar así de rapidez? Santiago volvió a mirar, algo sorprendido. Quien le estaba dirigiendo la palabra era una muchacha que no tendría más de diez y seis o diez y siete años. Llevaba el cabello rubio y liso, el cual le llegaba un par de centímetros debajo de los hombros, su esbelta figura, de un tono blanco bronceado, solo iba cubierto por un pantalón multicolor de tela bastante delgada, que le recordó a Santiago las prendas que solían utilizar los hippies, y del top de lo que podría ser un bikini verde fosforescente. Pero lo que más le impresionó fue la belleza de su rostro: de nariz respingada, boca pequeña de labios carnosos y un par de ojos ambarinos que no paraban de mirarlo. Era simplemente el complemento de aquel conjunto de cualidades físicas. –No –dijo él, adjuntando a su expresión de sorpresa una tímida sonrisa–, es que como llegué tarde, me estoy poniendo al día. –Bueno, entonces sírveme uno y brindamos –dijo la linda niña acercándose a la barra. Santiago no demoró en cumplir el deseo de ella e instantes después estrelló suavemente su copa de cartón desechable contra la copa de ella. –No te había visto por aquí, y por tu hablado… parece que no eres de Santa Marta –la muchacha probó el trago y una vez vació la copa no dudó en hacer una pequeña mueca. –No, vengo de Bogotá –Santiago probó su trago después de responder. –¿Turista? –Más o menos… –Mira, o se es turista o no se es –lo interrumpió ella con una divertida sonrisa. –Voy a estar acá dos meses, mientras mi papá hace unos trabajos. Santiago no lo podía creer: la que parecía ser la niña más atractiva de la fiesta estaba ahí, al lado suyo, poniendo toda su atención en él, hablando con él, y bastante interesada en todo lo que él decía. De la barra se movieron a la baranda, decididos a dar una mirada al paisaje que se extendía delante de ellos. A esa hora, en medio de la oscuridad del mar, sobresalían lejanas luces pertenecientes a los barcos pesqueros o a los grandes buques fondeados en la bahía. El sector de playa más próximo lucía desocupado, se vislumbraban muy pocos autos en las calles aledañas, y la belleza del firmamento solo se veía interrumpida por las luces de los edificios vecinos. Sin saber por qué, y a pesar de encontrarse acompañado de una hermosa y simpática muchacha, su mente recordó a Carrie y aquellos momentos que nunca habían llegado a existir. –Oye, ¿en qué estás pensando? –preguntó la rubia sin dejar de mirar las luces de los barcos. –Que esto es muy lindo, pero ni siquiera sé cómo te llamas –Santiago volteó a mirarla. –Verdad… Yo tampoco sé tu nombre… –Santiago –dijo él con una sonrisa. –Verónica, pero todos me llaman Vero. –¿Te puedo llamar Nica? –bromeó él. –Llámame como quieras, te doy ese derecho… Pero ven –dijo ella agarrándole la mano–, vamos a bailar, esa canción me gusta –y sin esperar a que él se expresara, lo haló suavemente hasta el sitio donde todos bailaban. Tres canciones más tarde, para Santiago se hacía evidente el particular interés que despertaba en la atractiva rubia. En medio del baile, se enteró de otros detalles acerca de su vida: había nacido en Santa Marta, pero la mayor parte de su vida la había pasado en Bogotá. Se encontraba nuevamente en la ciudad costera gracias al traslado en el puesto de trabajo de su padre, situación algo similar a la que él vivía. Tenía diez y siete años y cursaba el último año de estudios antes de ir a la universidad. Pensó que sería la niña perfecta con la cual tratar de entablar una buena amistad y por qué no una relación más cercana, y sin embargo a su mente le estaba quedando imposible olvidarse de Carrie. Mientras continuaba bailando con Verónica, y a pesar de la simpatía de la joven rubia, creyó que gran parte de su ensimismamiento se debía a la injusticia por la que la muchacha norteamericana estaba pasando. Aunque la había conocido muy poco, creía fervientemente en su inocencia. Se basaba en lo que había logrado percibir de ella y a las palabras, no solamente de Sharon, sino también de algunos de sus otros compañeros, quienes habían quedado aterrados al enterarse de su detención. "Carrie nunca haría lago así"; "Creo que ni siquiera ha probado hierba"; "Es la más divertida de todas, pero al mismo tiempo de las más sanas", habían sido algunas de las frases pronunciadas por ellos y que lo habían terminado de convencer de la gran injusticia que se estaba cometiendo. Pero él no podía hacer absolutamente nada, ahora se encontraba a miles de kilómetros de donde la pudieran tener privada de la libertad, y solo le quedaba tratar de borrarla de su mente y tratar de fijar su atención en la gente que estaba empezando a conocer. –¿Y estás saliendo con alguien? –decidió preguntarle a su pareja de baile. –No, mira que solo llevo aquí un mes, pero sí tuve a alguien en Bogotá, pero eso es historia –contestó Verónica, su hermosa sonrisa siempre presente. Algunos minutos después, Santiago se encontró compartiendo nuevamente con Fabio y uno de sus amigos de nombre Alan. Verónica había ido al baño en compañía de dos muchachas más y después de casi una hora, le daba la oportunidad de hablar con alguien más. –¿Cómo te parece Vero? –le preguntó Fabio al tiempo que le brindaba una copa de aguardiente. –¡Está divina! ¿Pero en serio que no anda con nadie? –Nadie –intervino Alan–, yo le eché el cuento hace como tres semanas, pero barro, dijo que no quería nada. Lo último que Santiago deseaba era crear enemigos entre la gente que estaba conociendo. Lo mejor era asegurarse que no estaba llegando a tomar el puesto de absolutamente nadie o llegar a interponerse en los planes de los que podrían ser sus nuevos amigos. –Mira, primo, si te gusta, cáele, esa hembrita anda sola –dijo Fabio. –Me extraña eso, porque está como quiere. –Yo creo que a ella no le gustamos los costeños –fueron las palabras de Alan antes de tomarse un trago. –Barro, primo, no digas pendejadas, ella es tan costeña como tú y yo juntos. –Pero mira que no ha querido salir con nadie –alegó Alan, su mirada concentrada en un grupo de muchachos que habían decidido meterse a la piscina. –´erda, primo, si solo lleva aquí como tres o cuatro semanas. –Bueno, cierren el pico que ahí viene –dijo Alan. A Santiago le pareció que la linda Verónica estaba decidida a no dejarlo compartir con nadie más. Lo llevó nuevamente al rincón de la terraza, el cual estaba organizado como pista de baile, y no lo quiso soltar por las siguientes cinco canciones. Mientras bailaba y trataba de mantener la conversación, su mente no paraba de comparar lo que en ese momento estaba viviendo con lo que habían sido sus últimos meses en Bogotá, o el año que había pasado en Nueva Jersey. Eran mundos totalmente diferentes, y se podría decir que las experiencias positivas y los momentos alegres se habían incrementado en número y frecuencia. De los fines de semana en Norteamérica, sentado frente a un televisor mirando partidos de fútbol americano, había pasado a la actividad social en su ciudad natal en compañía de sus amigos y compañeros, y ahora se encontraba en un ambiente que consideraba casi que insuperable. Estar bailando con una muchacha tan atractiva y simpática, en una fiesta alrededor de una piscina en la terraza de un edificio, con un paisaje inigualable y un clima perfecto, definitivamente señalaban un enorme progreso en cuanto a su vida social se refería, y sin embargo en el fondo de su corazón sabía que alguien faltaba para complementar aquella perfección. Alguien que estaba muy lejos y que jamás volvería a ver. ¿Pero por qué no podía sacarla de su mente? ¿No era ridículo seguir pensando en ella teniendo buenas oportunidades a unos pocos centímetros más allá de sus narices? ¿Qué podía hacer él si con Carrie se había cometido una injusticia? Él no era superhéroe alguno, o el juez o magistrado de alguna corte que pudiese ayudarla; solo era un muchacho que a los diez y ocho años se había sentido supremamente atraído por una linda niña con la que la mala suerte y la injusticia habían impedido que se ennoviara, que se hubiera convertido en su primer amor. Entonces supo que el no haber concluido aquel proceso, aquella vivencia, era lo que atormentaba su corazón. Una niña linda como Verónica podría estar por encima de Carrie, aunque no en belleza dado que en ese aspecto podían competir hombro a hombro, pero sí lo podría estar en muchas otras cosas. En realidad no lo sabía, era muy poco lo que había conocido, tanto de la una como de la otra, pero el presente le estaba presentando la oportunidad de un nuevo camino y sería realmente una estupidez si decidía no tomarlo. –Tú me estás diciendo que estuviste un año en Gringolandia… –Creo que mi año más aburrido hasta ahora, lo único que agradezco es que aprendí a hablar inglés –le contestó Santiago a Verónica mientras trataba de seguir con sus pies el ritmo de la primera canción en inglés que sonaba en toda la noche. Se trataba de "Savage Lover", la cual había llegado a los lugares más destacados de las listas del año anterior. –Bueno, pero ya hablas dos idiomas, en cambio yo creo que no puedo ni con el español –Verónica lo había soltado y ahora bailaba sola y se movía mejor que cualquiera. –Oye, nunca había bailado con alguien que lo hiciera tan bien. –Es que esta canción me mata, "Savage Love". –Es lover, "Savage Lover" –la corrigió él sin olvidar sonreír. –Sí ves… yo poco de idiomas. Al terminar la canción, Verónica se mostró decidida a invitarlo a meterse en la piscina. Mientras que no paraba de conversar, se deshizo de sus coloridos pantalones y quedó delante de él luciendo su atractivo bikini verde. Lo que Santiago había sospechado se hacía realidad: las piernas de la bronceada niña eran igualmente atractivas que su rostro y el resto de su cuerpo. –No tengo traje de baño –alegó al ver como ella entraba lentamente a la parte panda de la piscina. –Métete con tus bermudas, igual van a estar cecas antes de que tengas que regresar a tu casa –Santiago dejó su camiseta y sus sandalias a un lado y sin pensarlo dos veces se metió al agua. La música había vuelto a los ritmos tropicales, muchos seguían bailando mientras que varios disfrutaban de la refrescante piscina y otros más, como Fabio y Alan, acompañados por tres de sus amigas, continuaban conversando y bebiendo junto a la barra de pasabocas. –Creo que aquí no se puede nadar, mucha gente. –Mira, chico, no estamos en entrenamiento deportivo precisamente –dijo Verónica logrando que Santiago se sintiera un poco ridículo de haber pronunciado esas palabras. –¿Quieres que te traiga algo de tomar? –fue lo único que se le ocurrió decir. –Me lo hubieras preguntado antes de meterte, pero no te preocupes, ahora que nos salgamos de la piscina nos tomamos algo. Dos horas después, sintiendo como el cansancio empezaba a apoderarse de su cuerpo, sintió un sabor agridulce al escuchar las palabras de Verónica: por un lado quería seguir disfrutando de su compañía, pero su cuerpo, siendo las dos de la mañana, empezaba a exigir algo de descanso. –Creo que ya llegaron a recogerme –estaban nuevamente recostados contra la baranda apreciando el paisaje. Ella había visto, abajo en la calle, un vehículo azul deteniéndose frente al edificio. Se despidieron con un pico en la mejilla después de que Santiago apuntara el
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