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Santa Marta y su nuevo trabajo la habían sacado de aquella temporada en la que pensó moriría de pena, rabia y frustración. Pero la inesperada aparición de aquel juez, aquel hombre que, sin haberlo ella pedido, se había convertido en su verdugo, aquel que la había llevado a pensar si en realidad se justificaba vivir de aquella manera, en la que había sido tratada casi que como un animal, había logrado hacerla regresar a aquellos oscuros tiempos. Sin embargo aquel oscuro panorama se empezaba a disipar, después de haberse desahogado con Amanda y aún más mientras trataba de aprender a bailar merengue, un veloz ritmo caribeño que nunca antes había escuchado, en compañía del que parecía ser el mejor de los profesores.
> Había protestado unos minutos antes, cuando estando todavía en el restaurante, el apuesto muchacho de los ojos verdes, acompañado de su amigo, las habían invitado a bailar. >, fueron las palabras de Amanda que la terminaron de convencer para que finalmente aceptara la invitación.
Ahora trataba de seguir los rápidos pasos de Fabio mientras Amanda bailaba a su lado en compañía del que se había presentado como Alan, muchacho bastante atractivo y mejor aún para alguien como la simpática subgerente, quien gustaba de los hombres menores.
–Mira, simplemente te dejas llevar, así dando vueltas, así rapidito –le dijo Fabio, con su mano derecha agarrándole la cintura y su mano izquierda sujetándole su mano derecha mientras la hacía girar a una velocidad que Carrie nunca pensó sería posible lograr mientras se bailaba. Pensó que Fabio era solo energía, solo risas, positivismo, alegría y ganas de vivir. Jamás había conocido a alguien como él, aunque supuso que no era complicado si tenía en cuenta que apenas era el segundo muchacho colombiano que conocía en su vida. El primero, aquel con el que todo se había frustrado, era totalmente diferente en su forma de ser, aunque sabía que algo especial en él, algo que había ayudado para que no lo olvidara, lograría que siempre estuviera presente en su mente y su corazón. Recordó la minúscula posibilidad de que aquel muchacho visto por Amanda en el resort, mientras descansaba de su ejercicio por la playa, fuese la misma persona, lo que la haría inmensamente feliz. Tener la oportunidad de retomar lo que obligatoriamente habían abandonado un año atrás, poder cumplir ese deseo tan anhelado, el mismo que no se había apartado de su mente durante aquellos dolorosos meses. Pero era una posibilidad en un millón y aferrarse a aquella esperanza era casi como esperar a que su padre cambiara de forma de ser y la volviera a recibir en casa. Pero si el maldito juez Carver había aparecido en Santa Marta, ¿por qué no lo podría hacer Santiago?, hipótesis relativamente fuerte tomando en cuenta su nacionalidad. Llegó a la conclusión de que sería cuestión de días el llegar a descubrir aquella posibilidad; si el muchacho había salido a trotar por la playa, lo más seguro es que lo volviera a hacer y tarde o temprano sería visto por Amanda o por ella misma. Pero por ahora no le quedaba más que tratar de divertirse con sus nuevos amigos, sacar provecho de los buenos momentos y empezar nuevamente a ver las cosas lindas y positivas de la vida.
–Bueno –dijo Fabio al momento que se sentaron a descansar, después de haber bailado más de cinco canciones seguidas –ha llegado el momento de brindar–, y sin esperar respuesta tomó su vaso de cerveza y lo estrelló suavemente contra el de Carrie. Amanda y Alan continuaban en la pista y se movían con la agilidad y destreza propias de una pareja de concurso. La joven instructora de inglés pensó que tendrían que pasar muchas noches de fiesta y de baile para que ella lograra llegar a bailar de esa manera, si es que alguna vez lo lograba.
–Bueno, Carrie, ¿y qué tal la vaina por allá en California? –Fabio tomó un largo sorbo de cerveza y se quedó mirándola exhibiendo una sonrisa de oreja a oreja. Carrie, al llegar a aquella discoteca, adornada por luces multicolores y en la que no había más de diez o doce personas, tuvo la oportunidad de entrar al baño en compañía de Amanda, su mejor amiga aclarándole que debido a la presencia de aquel oscuro personaje llamado Carver, y siendo Santa Marta una ciudad en la que todos se conocían entre sí, lo mejor sería no revelar completamente su identidad y dar algunos datos que no correspondieran a la verdad, por lo menos hasta que el juez estuviera de regreso en su país. Había sido aquella la razón por la cual la joven subgerente había dicho que Carrie era de California y llevaba viviendo dos años en Bogotá. Pero a la joven instructora de inglés no le gustaba mentir, ni siquiera lo había hecho ante sus compañeras de la prisión juvenil, siendo estas las muchachas más mentirosas que alguna vez había conocido.
–En California… nunca llueve –sonrió ella recordando la famosa canción.
–Mira que a veces por aquí tampoco, y esas montañas se ponen amarillas como la camisa de ese man –dijo Fabio señalando con un gesto de la boca a un muchacho que bailaba cerca a ellos.
–¿Pero tú a qué dedicas tu tiempo? –Carrie pensó que lo mejor sería desviar la conversación antes de tener que inventar acerca de California.
–Estoy terminando colegio, y quiero estudiar algo así como aviación, algo bacano…
–Eso suena emocionante, ¿y quieres volar un jet de pasajeros o uno de combate?
–Yo poco de combate, pero mira que si me la montan, la llevan…
Carrie asintió con una linda sonrisa, sin estar segura de lo que exactamente quería decir el simpático muchacho de ojos verdes.
–Pero cuéntame de ti, ¿Qué haces en Bogotá?
–Yo trabajo como profesora de inglés.
–Entonces me vas a tener que dar unas clasecitas, porque yo más bien poco de esa vaina… ¿Pero tú estás aquí de vacaciones o qué?
–Sí, por unos días.
–¿Y cuándo te regresas? Si se puede saber, porque estás toda calladita…
Si pensaba en llegar a tener nuevos amigos, lo peor que podría hacer sería mentirles; era urgente buscar la manera de no hacerlo sin revelar por ahora su verdadero estado.
–La verdad es que esto me gusta tanto… que me quiero quedar a trabajar aquí, pero todavía no te puedo decir en qué lugar porque eso es mala suerte.
–¿Cómo así? –Preguntó Fabio frunciendo el ceño–, no te entiendo.
Carrie tomó un sorbo de su cerveza antes de responder, lo que le dio para pensar en qué decir.
–Quiero dar clases de inglés aquí en Santa Marta, y hay posibilidad de hacerlo en un par de sitios, pero no te puedo decir en cuales hasta que todo se defina.
–Te entiendo, y me parece re bacano que te quedes por aquí, esto es mucho mejor que Bogotá… y que California –los dos rieron antes de volver a brindar.
Para el final de la velada, Carrie le había confesado que se hospedaba en Arenas Blancas, Amanda era una amiga que había conocido en el resort, aunque solo tenía diecisiete años le gustaba viajar sola, y le declaró que sería interesante si se volvieran a ver. Los muchachos las acompañaron hasta el vehículo, se despidieron con pico en la mejilla, y prometieron que las buscarían en los próximos días.
–¿Cómo te pareció Fabio? –preguntó Amanda mientras conducían de regreso.
–Es muy querido, muy alegre, y me gusta su cara –respondió Carrie con los ojos fijos en la carretera.
Amanda sonrió maliciosamente antes de volver a hablar.
–Creo que ustedes dos se gustaron…
–No está nada mal, pero no supera a Santiago, aunque son totalmente diferentes.
–¡Ay, niña! Cuánto daría yo porque apareciera de nuevo ese muchacho que conocí en la cafetería del resort, ¿qué tal que sea tu Santiago?
–Me imagino que es cuestión de tiempo –dijo Carrie encogiéndose de hombros.
–Ojalá, pero bueno, estos pelados estaban bacancitos.
–¿Y qué tal tú con Alan?
–No está mal, pero no, tampoco es que me gusten todos los sardinos –respondió Amanda volteando a mirar a Carrie por un breve instante.
Minutos después, siendo cerca de la una de la mañana, Amanda condujo su vehículo hasta la entrada principal del resort, aquella cercana a la recepción. Sin embargo Carrie, en lugar de bajarse, la volteó a mirar y dijo:
–Oye, es posible que me dejes en la entrada que está cerquita a los bungalós, es que estoy muy cansada para caminar desde aquí. Amanda le sonrió dulcemente, condujo hasta la entrada sur, detuvo el vehículo, se despidió de su amiga, la vio descender llevando sus sandalias en las manos y arrancó rumbo a su apartamento. Carrie caminó lentamente por el sendero mientras observaba las estrellas, su mente haciendo comparaciones entre Santiago y Fabio, llegando una vez más a la conclusión de que aquel que había conocido en New Jersey le atraía mucho más, pero siendo consciente que todo con respecto a él era una ilusión mientras todo lo de Fabio era una realidad. No pudo apartarlos de su mente hasta que puso su cabeza sobre la almohada, pero antes de dormirse supo que quería soñar con aquel que hace un año no veía; ojalá y al menos durante sus sueños pudiera darse aquel gusto ya que la vida había sido lo suficientemente cruel para arrebatárselo.