32
La mañana no habría podido ser más larga. Después de haber desayunado una taza de cereal con jugo de naranja, tostadas y té, Carrie había recibido la llamada de la recepcionista del resort, quien le había comunicado que tenía un sobre esperándola en su casillero. Sorprendida por la noticia, al enterarse que no se trataba de un sobre con el logotipo del resort, el cual podría tener alguna información con respecto a su trabajo, solo se le ocurrió pensar que podría tratarse de una carta de su amiga Sharon, siendo ella y su familia las únicas personas conocedoras de su paradero, además de ser también las únicas que estarían interesadas en comunicarse con ella. Había terminado de desayunar de manera apresurada y había salido corriendo a dictar clase con la idea de recoger la carta antes de almorzar. De haber tenido cinco minutos más la habría recogido antes de dirigirse a su aula de trabajo, pero la trasnochada de la noche anterior había logrado retrasarla a la hora de despertarse y ahora no paraba de pensar, mientras hacía repetir a sus alumnos algunas frases en inglés, cuál podría ser el contenido de aquella misiva.
–Bueno, ustedes cada día lo hacen mejor –dijo Carrie, dirigiéndose a sus alumnos–, creo que para la semana entrante van a estar hablando inglés mejor de lo que yo lo hago –las risas de todos no se hicieron esperar.
Unos minutos después el aula quedó desocupada y se apresuró a dirigirse hacia la recepción. El calor del medio día se sentía en los alrededores, pero no fue suficiente para disminuir el acelerado paso que llevaba. Tenía suficiente tiempo, dado que la clase de la tarde no empezaría antes de dos horas, pero llevaba varios días sin recibir noticias de su amiga, motivo suficiente para sentir que no podía esperar un minuto más. Sin embargo, al ingresar al área del lobby, se llevó las manos a la boca al ver al juez Carver cómodamente sentado a escasos metros de la recepción en compañía de su esposa y del señor Ramírez, gerente del resort. Dio la vuelta tan rápido como pudo y se escondió detrás del tronco de una palmera, desde donde se quedó observando cómo los tres personajes no paraban de hablar. Esperó por un poco más de tres minutos con la ilusión de ver al juez levantarse y alejarse en compañía de su esposa, pero entre más pasaba el tiempo más parecía estar entretenido con la charla del señor Ramírez. Fue cuando empezó a sentir una leve presión en su pecho; los nervios se apoderaron de su ser al no poder responder las preguntas que su mente se hizo: ¿de qué diablos podrían estar hablando?, ¿podría el maldito juez estar hablando acerca de ella?, ¿pero qué podría decirle? Simplemente que había visto hospedada en el resort a una muchacha que alguna vez él mandó a prisión. No podría decirle nada más dado que él no tenía conocimiento acerca de su trabajo en aquel lugar, ¿o sí lo tendría? En un momento determinado llegó a pensar que el señor Ramírez la había visto, pensamiento que desechó instantes después al darse cuenta de que el gerente no volvió a mirar en la dirección en la que ella se encontraba. Maldijo su suerte sin lograr entender por qué se estaba viendo obligada a seguir pagando, así fuera en pequeños detalles que restringían su libertad, por un crimen que no había cometido. ¿Hasta cuándo se vería obligada a vivir con eso? Ya había perdido a su familia, la libertad durante casi un año, el aprecio de algunos compañeros que dudaron de su inocencia, y ahora, ¿qué más tendría que perder? Estuvo escondida detrás de la palmera por cinco minutos más tratando de sonreírle a los que pasaban a su lado y la miraban, unos con expresión divertida y otros de sorpresa, hasta que decidió regresar por donde había venido y buscar refugio en su bungaló. Una vez estuvo de regreso, se preparó un sánduche que consumió junto con un vaso de jugo mientras pensaba que podría llamar a recepción y pedirle el favor a la encargada para que enviara a alguien con la carta a su bungaló. Pensó que no sería lo más correcto, si analizaba que sus compañeros de trabajo estaban allí para servir a los huéspedes y no a los trabajadores. Sin embargo podría hacer una excepción, aunque fuera una sola vez. Lo pensó por un par de minutos más hasta que su mano hizo contacto con el auricular mientras la otra marcaba el número nueve que la comunicaba con recepción. No tardó en escuchar la voz de la que creía se llamaba Amparo, y con la que nunca había cruzado palabra.
–Hola, ¿eres Amparo?
–Sí, a la orden, señorita Prescott…
¿Había reconocido su acento, o desde la recepción tenían algún tablero que les indicaba de qué bungaló o habitación los llamaban?
–¿Tú me puedes hacer un gran favor? –pensó que su voz no había sonado muy segura.
–Sí, señorita, cuénteme.
–Es que… hay una carta para mí allá en la recepción…, tú crees posible que uno de los botones me la pueda traer a mi bungaló, yo sé que suena feo, pero es que…
–No se preocupe, señorita Prescott, se la mando apenas uno de ellos se desocupe, porque en el momento andan ocupados con la llegada de una excursión de muchachos de Estados Unidos, son como cincuenta.
–Perfecto, Amparo, no te preocupes, yo espero, muchas gracias.
Pero los minutos pasaron y la carta no llegó. Se tomó un vaso más de jugo, trató de concentrarse leyendo los últimos capítulos de su novela pero viéndose incapaz de concentrarse cerró el libro y se preguntó a sí misma: >. Sus pensamientos se enfocaron en la idea de concentrarse, a partir de ese momento, en olvidarse del pasado y tratar de hacer, de lo que tenía, lo mejor para construirse un mejor futuro. Si algún milagroso día Santiago reapareciera en su vida, haría lo posible por volver a tener una oportunidad con él, pero no podía quedarse pensando en que esto sucedería y perder las oportunidades que se le podrían presentar. Se acordó de Fabio, el muchacho que había conocido la noche anterior. Parecía una buena persona y no estaba nada mal de físico, pero era demasiado pronto para saber si algo podría llegar a nacer entre ellos. Tenía que tomar las cosas con calma, dejar que llegaran solas, a su propio ritmo, a la velocidad que ellas quisieran, sin forzarlas, sin afanarlas. Miró el reloj que mantenía sobre la pequeña nevera para darse cuenta que faltaban diez minutos para las dos de la tarde, la hora en que debería empezar a dictar su lección de la tarde. Se refrescó la cara, organizó su maquillaje y salió con destino a su lugar de trabajo. Durante el recorrido se encontró con varios grupos de jóvenes de ambos sexos hablando en inglés, los cuales llevaban en sus manos morrales y maletines y parecían estar en la búsqueda de los bungalós asignados para su hospedaje. Uno de ellos, un muchacho que no podría haber sido más atractivo para su gusto, dueño de unos penetrantes ojos azules y un cabello n***o que contrastaba con la blancura de su rostro, le preguntó en un mal pronunciado español:
–Excusa, ¿el bungalow veinte ocho dónde estar?
–Sigue por aquí derecho y cuando llegues a ese árbol de flores rojas volteas a la derecha y diez metros más allá lo encuentras –le contestó ella en inglés, sin olvidar sonreír.
–Muchas gracias –el muchacho pareció gratamente impresionado y mostró a su vez una amable sonrisa.
Carrie continuó su camino pero no había avanzado más de cinco metros cuando escuchó nuevamente la voz del de los ojos azules, esta vez en inglés.
–Perdona, soy Michael, ¿tú eres turista o trabajas aquí?
Carrie se detuvo, lo volteó a mirar y meditó por un par de segundos antes de responder.
–Soy turista, mi bungaló es el número quince en caso de que necesites algo, y mi nombre es Carrie –sin esperar a continuar la conversación, giró rápidamente y prosiguió su camino recordando que su propósito era el de empezar a gozar de su nueva vida, aunque para eso tendría que decir algunas mentirillas hasta el momento en que el juez Carver dejara el resort.
Dos horas más tarde, más concentrada en su trabajo y en lo atractivo que le había parecido el norteamericano de los ojos azules, que en la carta que debía reclamar en la recepción en caso de que no se la hubieran dejado por debajo de la puerta, terminó de dictar su clase y regresó a su bungaló. Al no encontrar nada, tomó una refrescante ducha, se puso su bikini blanco con un pareo del mismo color y llevando una toalla en una mano y el bronceador en la otra, se encaminó hacía le recepción con la idea de reclamar la carta para después ir a la playa y disfrutar de los últimos rayos de sol que pudieran continuar oscureciendo su piel. Afortunadamente ni el juez ni su jefe se encontraban en los alrededores, pero a la que sí encontró fue a una muchacha de alrededor de dieciocho años, quien no paraba de darle quejas a la encargada de la recepción. Hablaba en inglés y lucía bastante afectada. Ante la imposibilidad de interrumpir la conversación, Carrie se quedó esperando a que esta terminara para después preguntar por su carta. Después de haber escuchado por algo más de tres minutos, llegó a la conclusión de que la muchacha pertenecía al grupo de norteamericanos que se había registrado un par de horas antes y que por haberse quedado dormida se había perdido del grupo, el cual había partido hacia El Rodadero.
–¿Cómo quieres que los busque en ese lugar, si ni siquiera sé para qué lado está la playa? –le escuchó decir a la rubia norteamericana. Fue el momento en que decidió intervenir.
–Hola, soy Carrie, y si quieres te puedo colaborar –la rubia volteó a mirarla, en principio con una expresión prepotente y agresiva, pero que dejó a un lado al encontrarse con el amable y sonriente rostro de la instructora de inglés.
–No creo que nadie me pueda ayudar, tendría que volver a nacer –tenía un lindo rostro, el cual no se vio afectado por la mueca que estaba haciendo con su boca.
–Iba para la playa, si quieres puedes venir conmigo…
–No vas a ninguna playa, recuerda que ayer te dije que te iba a llevar a algún otro lado –Amanda, quien había aparecido sorpresivamente en le recepción, la interrumpió utilizando un perfecto inglés.
Carrie se volteó y le dirigió una sonrisa antes de saludarla y preguntarle en español:
–¿Será que la podemos llevar a ella?
–¿Y quién es tu amiga? –Amanda, siendo una experta en disimular, ni siquiera miró a la rubia.
–No es mi amiga, la acabo de conocer. Es una de las muchachas que llegó con la excursión de Estados Unidos y se perdió de su grupo por estar durmiendo… Ellos están en El Rodadero.
–¿Y estás segura de que ella quiere ir?
Carrie volteó a mirar a la rubia y le dirigió la palabra.
–Creo que ya no vamos a la playa, pero puedes venir con nosotras, ella es Amanda.
La rubia se presentó como Kim al mismo tiempo que les daba la mano a las nuevas conocidas.
–¿Ustedes trabajan aquí? –Kim fijó su mirada en el pequeño aviso con el logo del hotel y el nombre de Amanda que la subgerente llevaba en la parte superior izquierda de la blusa.
–Yo sí –le respondió Amanda en inglés–, y ella es una amiga que se encuentra de visita, viene de Bogotá.
–Me encantaría ir con ustedes, a donde sea que vayan –la rubia había olvidado la contrariedad y ahora se mostraba amable y sonriente.
–Bueno, dos cosas –dijo Carrie–, déjenme reclamo una cosa aquí y al menos quiero ponerme un short.
–¿No vamos a la playa? –preguntó Kim.
–No creo, mejor vamos al Rodadero, de pronto nos encontramos allá con tus amigos –respondió Amanda mientras Carrie se acercaba a la recepción.
–Amparo, ¿Cómo estás? No me llevaron la carta a mi bungaló, ¿será que me la puedes entregar?
–Eso está muy raro, señorita Carrie –dijo Amparo, revisando el casillero del bungaló número quince, descubriendo que este se encontraba desocupado–, yo se la mandé con Nelson como a los diez minutos que usted me llamó.
La desdicha en la expresión de Carrie era evidente. Meneó la cabeza lentamente y arrugó los labios antes de preguntar:
–¿Y sabes en dónde está Nelson para preguntarle?
–Ya salió, señorita Carrie, terminó turno a las cuatro, ya toca hasta mañana a las ocho.
Carrie no lo podía creer; su mala suerte parecía tener más tentáculos que un calamar.
–Amparo, ¿esa carta cuándo llegó?
–Anoche, señorita Carrie, porque yo estuve aquí ayer hasta las ocho de la noche y hasta ese momento no había llegado.
–¿Cómo era la carta? ¿Te fijaste si tenía algún remitente?
–Lo único que recuerdo es que era de esos sobres que en el bordecito son azul y rojo y su nombre, señorita Carrie, estaba escrito a mano.
–¿Y viste de dónde eran las estampillas?
–No tenía estampillas, se ve que alguien particular la trajo.
–¿Qué sucede? –Amanda, que hasta ahora había estado conversando con la rubia de la excursión, las interrumpió. Carrie le hizo un rápido resumen de lo que había sucedido con la carta.
–Amparo, ¿quién estaba anoche de turno en recepción?
–Estaba Clara, ¿por qué señorita Amanda?
–Carrie, si tú me dices que ayer cuando salimos la carta no había llegado, seguramente Clara la recibió anoche, podríamos preguntarle quién la trajo.
–Si quiere la llamo a su casa y le pregunto –sugirió Amparo.
Un minuto después Amparo se encontró hablando con Clara.
–¿Y tú te acuerdas quien la trajo? –el silencio duró un poco más de medio minuto, tiempo en el que Amparo escuchaba lo que Clara tenía que decir.
–Listo, niña, te veo esta noche, bye.
–Me dice que la trajeron una señora y una pelada como de veinte años, y que hablaban con acento cachaco –dijo Amparo apenas devolvió el auricular a su sitio–, y que no parecían estar muy seguras de que la señorita Carrie viviera aquí.
–¿Pero quién diablos pudo ser? Yo no conozco ninguna mujer cachaca… –Carrie se sintió totalmente perdida en lo que se refería al origen de la carta. Su carencia de estampillas descartaba su llegada por correo aéreo desde New Jersey, lo que a su vez eliminaba la posibilidad de que hubiese sido mandada por Sharon, o por algún m*****o de su familia. Si hubiese sido algo que tuviera relación con el maldito juez, no hubiesen sido unas mujeres cachacas las que la entregaran, y si hubiese sido algo relacionado con su trabajo, llevaría su nombre escrito a máquina y muy seguramente con el logo del resort.
–Carrie, alguien con vínculos bogotanos te está tratando de contactar, eso es más que obvio –dijo Amanda mirándola directo a los ojos–, ¿y a quién conoces tú con esa clase de vínculos?
–Pues…, pues solo a Santiago, pero ya sabes que perdimos contacto hace mucho tiempo… –Carrie empezaba a adquirir una expresión de angustia y desasosiego.
–¿Y qué tal que Santiago sea el pelado que trota en la playa y que por ahí te haya visto?
–Entonces me hubiera hablado, esto no tiene sentido –Carrie meneó la cabeza lentamente.
–Amparo, ¿hay manera de contactarnos con Nelson? Necesitamos saber qué paso con esa carta –le dijo Amanda a la recepcionista, quien se había ocupado los últimos dos minutos atendiendo a una pareja de avanzada edad.
–Señorita Amanda, Nelson no tiene teléfono, tocaría que alguien fuera hasta su casa.
Con expresión de total desconocimiento de la situación, a pesar de que Amanda le hizo un rápido pero incompleto resumen de la situación, Kim se montó en la banca trasera del auto de la subgerente, quien puso primera marcha y arrancó, en compañía de Carrie, con rumbo al sector conocido como Gaira, en busca de la vivienda de Nelson.