34
No tardaron en encontrar el domicilio de Nelson. Se trataba de una pequeña casa de una sola planta en la mitad de una cuadra en la que varias personas, llegando la hora del atardecer, se encontraban departiendo al tiempo que algunos niños jugaban fútbol en medio de la calle, utilizando improvisadas porterías armadas con piedras. Carrie no pudo evitar comparar el lujo del resort, o de algunos de los edificios de El Rodadero, con las construcciones más sencillas de aquel sector. Recordó que se encontraba en un país del tercer mundo en donde la desigualdad y la injusticia eran cosa de todos los días. Sin embargo agradeció la oportunidad de estar allí, de estar trabajando en un lugar en el que había sido bienvenida y en el que el tiempo la ayudaría a alejarse y a olvidar su oscuro pasado.
–Vamos a ver si lo encontramos –dijo Amanda antes de abandonar el auto.
Carrie al lado de Kim, quien no dejaba de mirar para todos lados con la misma expresión que un astronauta mira por primera vez el planeta tierra desde el espacio, la siguieron de cerca, para encontrar la puerta de la casa del botones abierta y una señora de edad, quien podría ser su abuela, sentada en una mecedora, su mirada perdida.
–Buenas tardes seño…
La anciana miró a la joven subgerente, le sonrió pero no respondió el saludo.
–Buenas tardes –repitió Carrie mientras sus ojos miraban hacia el oscuro interior de la vivienda. La anciana la miró y volvió a sonreír pero aún no pronunciaba palabra.
–¿Nelson se encuentra? –preguntó Amanda sin quitarle la mirada a la anciana.
–Está trabajando, ya debe traer el pescado –respondió la señora de cabellos blancos.
–¿Pescando? Pero él trabaja en Arenas Blancas… –dijo Amanda sin olvidar su linda sonrisa.
–¿Arenas Blancas? –La anciana miró a la subgerente a los ojos–. Verdad, en Arenas Blancas, lo había olivado.
–Lo estamos buscando del trabajo, yo soy su jefa –Amanda miró hacia el interior de la casa.
–Mucho gusto, señorita, yo soy su abuela.
–¿Hay alguien más en casa? –preguntó Amanda.
–No, pero Nelson no debe demorar, está trabajando.
–Pero él ya salió de trabajar, hace como dos horas –intervino Carrie, quien empezaba a perder la paciencia.
–Entonces debe estar jugando fútbol –la anciana miró a Carrie a los ojos antes de brindarle una sonrisa.
–Seño, ¿usted cree que Nelson se demora? –preguntó la subgerente.
–No creo, ya debe traer el pescado.
Amanda se volteó a mirar a Carrie blanqueando los ojos.
–Creo que la señora no recuerda…
–Es obvio… –dijo Carrie mirando a Kim, quien lucía aún más perdida que la anciana de pelos blancos.
–Será que le dejamos un mensaje –preguntó Amanda.
–Creo que no serviría de nada.
En ese momento una muchacha de alrededor de dieciséis años, quien había estado observando desde el otro lado de la calle, cruzó y se acercó a ellas.
–Buenas tardes, ¿buscan a Nelson?
–Buenas tardes –respondió Amanda–, así es, yo soy su jefa del trabajo, ¿tú sabes si se demora?
–Él está en Pescaito, jugando fútbol, vuelve por ahí a las ocho, eso si no se queda por ahí tomando.
Amanda miró a Carrie mientras fruncía los labios.
–Yo creo que nos tocó esperar hasta mañana –dijo Carrie volviendo a mirar a la anciana para después sonreírle a la muchacha que había cruzado la calle.
–Si quiere le pueden dejar la razón conmigo –sonrió la muchacha repartiendo su mirada entre las tres jóvenes mujeres.
–No es nada grave, solo dile que apenas llegue mañana busque a Amanda.
Después de despedirse, las tres muchachas regresaron al auto sin saber a dónde dirigirse.
–¿De qué se trataba eso? –preguntó Kim.
–El botones está jugando fútbol, a lo que ustedes llaman soccer, tendremos que esperar hasta mañana… –respondió Amanda.
–Mala suerte –dijo Kim–. ¿Está bien si vamos al Rodadero?
No tardaron en recorrer la distancia que las separaba del sector turístico de la ciudad. Kim manifestó sus deseos de encontrarse con el resto de su grupo o de por lo menos de tomarse una cerveza helada ya que la alta temperatura la estaba empezando a afectar. Amanda estacionó en una calle ubicada a tres cuadras de la playa, vistiendo aún sus tacones, falda y blusa de trabajo, lo que la hacía sentir un poco incómoda.
–Debí cambiarme antes de salir –dijo la subgerente en inglés, observando a Carrie vistiendo únicamente un short de jean, el top blanco de su bikini y llevando sus pies descalzos, como se había vuelto su costumbre. Kim no se diferenciaba mucho llevando una camiseta esqueleto verde, unos shorts naranja y unas sandalias de caucho.
–Parecemos de diferente paseo –bromeó Carrie, su mente todavía enfocada en su mala suerte, pero dispuesta a terminar el día de la mejor manera posible.
Caminaron hacia la playa, pero antes de llegar Kim se detuvo junto a un vendedor ambulante de cervezas y sin preguntarle a sus compañeras utilizó su escaso español, acompañado de señas, para pedir tres latas de cerveza. La cuenta no pasaba de los mil quinientos pesos pero la rubia norteamericana no dudó en darle cinco dólares al vendedor, mostrándose este bastante agradecido.
–Ya sé que le pagué más de lo que era, pero debemos ayudar a los demás, no todo puede ser para nosotros –dijo Kim mientras les pasaba una cerveza a cada una de sus nuevas amigas.
Continuaron caminando hacia la playa, pero unos metros más adelante Kim se detuvo para observar la vitrina de una pequeña tienda que exhibía ropa deportiva. Sus amigas se pararon junto a ella mientras tomaban sorbos de sus respectivas cervezas.
–Amanda, ¿me dejarías darte un regalo? –preguntó Kim sin voltear a mirar, sus ojos fijos en la vitrina de la tienda.
Amanda frunció el ceño expresando extrañeza, gesto que no pasó desapercibido por Carrie.
–¿Qué clase de regalo?
–Unos shorts y una camiseta, porque la verdad es que me da más calor del que ya tengo cuando te miro con esos tacones y esa ropa –Kim la miró con una sonrisa sincera.
–No te preocupes –rio Amanda–, yo soy de aquí y estoy acostumbrada, y ahora que pisemos la arena de la playa me quito los tacones.
Kim se quedó mirándola, le agarró la mano y la arrastró suavemente hasta el interior de la tienda. Carrie entró detrás de ellas, aun pensando en la desconocida identidad de la persona que le había mandado la carta.
–Tómalo como una muestra de agradecimiento, no cualquiera lleva a una total desconocida a pasear en su auto por toda la ciudad.
–En serio, Kim, no te preocupes, yo estoy bien así… pues no es lo mejor pero…
–Ni una palabra más –dijo Kim poniendo su dedo índice sobre los labios de Amanda para después girar a mirar a la encargada de la tienda y dirigirse a ella en su escaso español.
–Por favor uno camisa y short para amiga.
–Bueno, pero yo pago –dijo Amanda en inglés.
–Ya te dije que es mi regalo, por favor acéptalo, y para ti –dijo Kim mirando a Carrie–, un par de sandalias.
–Si me compras unas sandalias te mato –Carrie la miró directo a los ojos expresando un odio que su amplia sonrisa contradijo inmediatamente.
Amanda rio suavemente antes de decir:
–Si Carrie pudiera visitar la casa del presidente descalza, no dudes que ya lo habría hecho.
–Bueno, solo pensé que por el afán de salir rápido habías olvidado tus sandalias en el resort –dijo Kim.
Amanda se probó un par de shorts hasta que se decidió por unos de color rosado. Tuvo dudas entre llevar una blusa strapless de tono beige y un top blanco de tiritas, pero después de consultar con sus amigas se decidió por el de tiritas.
–Falta algo que reemplace tus tacones –dijo Kim mirando a su alrededor, cuando ya la joven y atractiva subgerente vestía su nueva ropa, la cual la hacía lucir más joven de lo que era.
–No te preocupes, ya has gastado mucho, simplemente voy a imitar a Carrie –dijo Amanda guardando sus tacones al lado del resto de su ropa en una bolsa de la tienda. Kim pagó en dólares, esta vez siendo aconsejada por las otras dos acerca del precio exacto a cancelar y salieron de la tienda con rumbo a la playa. Apenas las tres muchachas llegaron al malecón, lleno de turistas que a esa hora se entretenían observando la manera como el sol, luciendo un tono más rojo que amarillo, se zambullía en las aguas del Mar Caribe, Kim compró una nueva ronda de cervezas que repartió entre sus amigas. Carrie destapó la suya, sus ojos fijos en todo aquel que pudiera parecerse a Santiago. Sabía que era una locura, pero si Amanda había visto a alguien similar y además había llegado una carta a su casillero, la cual parecía ser de origen cachaco, serían razones más que suficientes para creer que él podría estar en los alrededores. Pero su observación fue interrumpida por las palabras de Amanda, quien parecía sentirse mucho más a gusto con su nueva ropa.
–Carrie, mostrémosle a Kim cómo es aquí la parranda vallenata, vamos a escuchar ese grupo –la subgerente señaló un grupo que se encontraba tocando en la mitad de la playa, rodeado de un buen número de gente. Avanzaron lentamente hasta encontrarse a pocos metros de los músicos. Kim se tomó de un sorbo lo que le quedaba de cerveza y no dudó en contonear su cintura y mover su cuerpo al ritmo de la música. Por la clase de movimientos realizados, cada vez más rápidos y sueltos, daba la impresión de no ser norteamericana, mostrando la agilidad que solo una mujer del Caribe colombiano podría exhibir. No tardó en ganarse la atención de las personas a su alrededor, las cuales no dudaron en acompañarla con aplausos y gritos que seguían el ritmo de la música y los movimientos de la atractiva rubia. Amanda parecía la más sorprendida de todos, sus ojos sin despegarse del cuerpo de la espontánea bailarina por un solo momento, le ganaba en admiración a algunos de los hombres a su alrededor.
–Mira lo bien que baila esa hembrita –escuchó decir Carrie a una voz que le pareció bastante familiar. Se giró en la dirección en la que había escuchado venir aquellas palabras para encontrarse, a menos de dos metros, con la figura de Fabio, acompañado de Alan y una muchacha de cabello largo y oscuro.
–¡Pero miren quien está por aquí! –exclamó Fabio al ver a Carrie, dándole un fuerte abrazo que fue correspondido por ella. Segundos después de haber saludado a Alan, Fabio le presentó a la muchacha de cabello oscuro, quien dijo llamarse Verónica. Amanda se unió al grupo, despegando su mirada de Kim por primera vez desde que la rubia había empezado a bailar. Saludó a los dos muchachos y a la atractiva niña de cabello oscuro antes de comentarles acerca de la destacada bailarina.
–Es una gringa que se hospeda en el resort…
–Pero parece toda una profesional –comentó Verónica, sus ojos clavados en los movimientos de la esbelta Kim.
–No parece que fuera de mi país –agregó Carrie, sonriéndole a Verónica.
–Supongo que no todas las gringas parecen gringas –dijo Verónica, devolviendo la sonrisa–, ¿y te gusta Santa Marta?
–Es lo mejor del mundo, mucho mejor que Ne… que California.
–¿Eres de California? –preguntó Verónica.
–Sí, pero hace dos años que vivo en Bogotá.
–Entonces eres algo así como una gringa cachaca –dijo una divertida Verónica antes de que las dos rieran.
Al cabo de un rato, sintiendo cómo el ritmo de la música se metía en su cuerpo, Carrie, haciendo pareja con Fabio, terminó tratando de imitar los movimientos de Kim, al tiempo que Alan bailaba con Verónica y Amanda no paraba de observarlos mientras tomaba sorbos de su tercera cerveza.
–¿Cómo haces para bailar de esa manera? –le preguntó la joven subgerente a Kim, aprovechando el descanso que los músicos habían decidido tomar.
–He tomado lecciones de baile toda mi vida, y voy a entrar a una academia profesional el próximo otoño –respondió la rubia destapando una nueva lata de cerveza.
–Bailas como si fueras una colombiana más, y no cualquier colombiana.
–Gracias, pero ven y bailas la próxima conmigo, a veces es aburrido hacerlo sola.
Entre los dos hombres y las cuatro muchachas, además de algunos otros que disfrutaban de la música, reunieron una buena cantidad de dinero que les fue entregada a los músicos, asegurando de esta manera cinco canciones más. Las latas de cerveza parecían no dar abasto mientras Carrie se sentía cada vez más a gusto, compartiendo charla, baile y sonrisas con Fabio, Alan y Verónica mientras que Amanda y Kim parecían no querer parar de bailar. En los momentos en que se acordaba de sus problemas, la joven instructora de inglés los ponía a un lado sabiendo que al siguiente día, muy seguramente, lograría tener acceso a la refundida carta además de que el maldito juez estaría abandonando el resort. Empezaba a ver en Verónica la posibilidad de una nueva amistad, algo que la alegraba al saber que no tendría que depender de todo el tiempo de su jefa para la actividad social, además que la niña del cabello oscuro parecía ser de su misma edad, lo que en el camino largo podría traducirse en una ventaja.
–Oye, Carrie, ¿cuál es el cuento con tus amigas? –preguntó súbitamente Verónica, interrumpiendo la charla que la joven instructora de inglés mantenía con Fabio.
–¿A qué te refieres? –preguntó Carrie volteándola a mirar.
–Mira que parecen pareja, ¿o cómo es la cosa ahí? –Verónica señaló a las dos muchachas con un leve movimiento de cabeza. Amanda y Carrie bailaban a pocos metros de ellos, pero aunque sus cuerpos se encontraban separados, tenían las manos entrelazadas.
–Para mí que son pareja –intervino Alan mostrando una sonrisa maliciosa.
–Pero si se conocieron hace tres horas –alegó Carrie recordando las sospechas que sobre Amanda había tenido unos días atrás.
–Pues es amor a primera vista –dijo un divertido Fabio tomando un sorbo de su cerveza.
–No lo sé –dijo Carrie repartiendo su mirada entre sus tres amigos– el caso es que yo no soy así.
–Bueno niña, eso sí se nota –fueron las palabras de Verónica.
–Sería un verdadero desperdicio –dijo Fabio pasándole una nueva lata de cerveza a Carrie. Ella le dirigió una pícara mirada al tiempo que le daba las gracias. No podía estar segura de las intenciones del atractivo muchacho de los ojos verdes para con ella, pero sí empezaba a confirmar, con el paso de los minutos y el comportamiento de Amanda, lo que sus amigos empezaban a sospechar acerca de Kim y de la joven subgerente.
–Bueno, pero eso es negocio de ellas, yo por ahora me voy a buscar un baño porque tú sabes que esta cerveza no perdona –Fabio se empezó a alejar acompañado de Alan dejando solas a Carrie y Verónica.
–Mira cómo son las cosas, esas peladas como que se gustan y ahí están como armando su rollo, en cambio el que me gusta a mí no me quiere parar bolas –dijo Verónica, su mirada enfocada en Kim y Amanda.
–Entonces consíguete otro, ¿para qué le vas a estar rogando?
–Es que es un pelado como muy bacancito, no es como los demás…
–¿Es alguno de ellos dos? –preguntó Carrie mirando en la dirección en que Fabio y Alan se habían marchado.
–No, para nada, ellos son muy buenos amigos, pero Alan está detrás de Jennifer, otra pelada por ahí, y Fabio me tiró pelota hace como un año, pero a mí no me gusta.
–Pero es muy simpático, y es… muy lindo.
–Yo sé, pero a mí me gustan un poco más calmados, él es muy acelerado, siempre anda a mil.
–Te entiendo… Y te cuento que a mí también me gusta alguien que es como imposible…
–¿Imposible? Mira, Carrie, yo no soy como tus amigas, no vayas a pensar mal, pero a una pelada tan bonita como tú, ¿cómo carajos le va a quedar imposible levantarse a alguien?
–Gracias –dijo Carrie mostrando una amarga sonrisa–, lo que pasa es que esa persona se me perdió, desapareció de mi vida, y aunque daría todo por volverlo a ver, sé que es muy difícil que aparezca…
–No joda, eso sí está fregado, ¿pero era un gringo de allá de tu país o alguien de por acá?
–De acá, colombiano.
–Bueno, te toca contratar un detective, no te queda de otra… O ir a donde una bruja que saque la bola de cristal y te lo ayude a ubicar –dijo Verónica antes de reír.
–A veces me provoca olvidarlo y empezar a mirar para otros lados.
–Bueno, niña, no es una mala idea. Si no te alcanza para el detective o para la bruja, invierte tu tiempo en otro… Mira que Fabio te está mirando así como con ganitas, ¿no te has dado cuenta?
–¿En serio? –Carrie mostró una pequeña sonrisa.
–Yo conozco a ese man, y desde que te saludó con cipote abrazo, yo me di cuenta que por ahí puede haber algo.
Aunque era muy poco su conocimiento acerca de la forma de ser de los colombianos, siendo para ella difícil de descifrar algunas facetas de su comportamiento, especialmente en los muchachos que como Fabio se mostraban amables y simpáticos con todos los que lo rodeaban, su intuición sí le había dicho que podría estar despertando un sentimiento especial en el joven samario, algo que la podría llegar a alejar de un sentimiento del que en realidad no quería alejarse.
–Bueno, ya hicimos el deber –Fabio y Alan acababan de regresar del baño.
–¿Si encontraron baño fácil? –preguntó Verónica.
–Ven acá –dijo Fabio tomando a Verónica por la cintura–, tú para qué crees que sirven todas esas palmeras –su mano señalo un grupo de palmeras ubicadas en una parte oscura de la playa.
–La ventaja de ser hombre –dijo Verónica sacudiendo la cabeza mientras se apartaba de Fabio.
–Bueno, pero en esos casos siempre puede uno meterse al mar –sugirió Alan.
–Barro, no seas cochino, ¿cómo vas a estar ensuciando el mar? –protestó Verónica.
–¿Y tú a dónde crees que van los desperdicios de todos esos edificios? –Alan giró para mostrar con su mano los edificios blancos que conformaban la mayoría de construcciones de El Rodadero.
–Bueno pero eso lo botarán por allá por otro lado, no donde se baña la gente –protestó Verónica.
–Muy bonito su tema de conversación –Carrie mostró una sonrisa sarcástica.
–Correcto –dijo Fabio–, párala ya, más bien ven para acá y bailamos –sin esperar la respuesta de Carrie, Fabio la tomó en sus brazos y la llevó a bailar cerca de donde lo hacían Amanda y Kim.
–Bueno mi niña, ¿y al fin cuándo regresas a Bogotá, o te vas a quedar por aquí?
Queriendo hui de las mentiras y las falsedades, Carrie supo que de alguna manera tenía que empezar a llevar a sus nuevas amistades por el camino de la verdad, especialmente cuando estaba a pocas horas de ver al juez Carver abandonar la ciudad.
–Tengo la posibilidad de quedarme trabajando en el resort…
–Ya me habías dicho algo así, ¿pero no has decidido nada?
–Creo que cada vez me decido más por Santa Marta, creo que Bogotá es un poco fría.
–Ven acá –dijo él, atrayéndola hacia su cuerpo– esa noticia me hace muy feliz.
–Creo que a mí también, esto es lo mejor que he visto en mi vida.
–No hay nada como Santa Marta, eso todo el mundo lo sabe.
Continuaron bailando al ritmo de la música vallenata, las frías cervezas calmando la sed de la joven pareja, sumergidos en una atmósfera en dónde las preocupaciones parecían no tener cabida, y solo la sensación de bienestar y alegría estando por encima de cualquier sentimiento, reafirmando la idea en la mente de Carrie de no querer abandonar nunca aquel maravilloso lugar, el cual parecía haber llegado a ella para obligarla a olvidar lo mucho que había tenido que sufrir encerrada en medio de aquellas infranqueables paredes de concreto. Aquel verano eterno, de nunca darle paso a la caída de las hojas o a los fríos vientos venidos del norte, reemplazados por la refrescante brisa que algunos llamaban >, por su forma desordenada de colarse entre callejones y ventanas, produciendo los sonidos atribuibles a una mujer que hubiese perdido la razón, sumado al comportamiento alegre y despreocupado de aquellas personas que habían llegado a ella para hacerle sentir lo que nunca antes había experimentado y que la hacían creer nuevamente en la oportunidad de ser feliz, de mirar hacia el futuro como había dejado de mirarlo un año atrás, y volver a creer en que podía ser la dueña de su propio destino.