Capítulo 4

2456 Palabras
Los golpes en mi rostro no paran de llegar y el dolor se vuelve tan agudo que nubla mis pensamientos. Una y otra vez el impacto de su puño en mi piel. Trato de cubrir mi rostro, pero sus golpes son más rápidos que mis aturdidos reflejos y no puedo impedir que me tire al piso mientras no se detiene. Grito con la llegada de cada impacto, pero parece que nadie me escucha y me encuentro tan confundida que sé que debo gritar por ayuda, pero mi voz es casi inaudible. -          ¡Basta, John! Dejo de sentir los golpes en mi rostro y levanto mis manos para cubrirme mientras el aturdimiento provoca que olvide que había pasado para merecer esto. -          Te dije que la próxima vez que dejaras a unas de las chicas medio muertas te echaría de aquí. -          ¡Esta perra me insultó! Su grito retumba en mi cabeza una y otra vez y trato de recordar que fue lo que hice. “Le dijiste que te alegrabas de ser tú a quien violaba y no su hija, porque sabías que muchas veces te llamaba Soffy, que es el nombre de su hija.” La voz en mi cabeza me recuerda lo acababa de decir y a pesar de que no debería hablar con uno de los clientes no supe cómo reaccionar cuando me dijo “Ven Soffy, papá quiere jugar contigo.” Había sentido tanto asco con esa frase que tuve que contener mis náuseas, pero no pude hacerlo con mis palabras. -          No me importa John, es la tercera chica que golpeas hasta casi matarla. Te quiero fuera de aquí y no vuelvas o mis amigos llenaran tu cuerpo de balas. Esa voz suele causarme escalofríos, pero por primera vez en dos años me alegra de escucharla. Escucho los pasos de John saliendo de la habitación, acompañado de otro par de pisadas. Bajo mis manos y me encuentro con sus ojos celestes a centímetros de mi rostro. Su cabello oscuro se encuentra perfectamente peinado como siempre, pero en esta ocasión lleva puesto ropa deportiva. -          Estaba harto de John, tranquila que no volverá. No puedo dejar que maltrate a mis chicas y después imposibilitarlas para que trabajen varios días. Gira su cuello hacía el hombre parado detrás y con un movimiento de cabeza señala hacía mí. -          Llévala con el gato y que le dé medicamentos para bajar la hinchazón de su rostro. Ningún cliente la va a querer con el rostro tan hinchado. “¿Quién es el gato?” -          Si, señor. El hombre de cabello rojizo y largo toma mi brazo y jala para levantarme del piso. Me lleva a través del pasillo y bajamos por las escaleras hacía una puerta de madera llena de moho. Todo mi cuerpo me duele, en especial el rostro, pero sé lo que me pasará si demuestro debilidad o si piensan que estoy desobedeciendo al no caminar hacía donde ellos quieren. Al estar frente a la puerta, el hombre la abre y me encuentro con un hombre vestido con harapos, el cabello despeinado y unos ojos verdes tan grandes que podrían compararse a los de un gato. “Ese es el motivo por el cual lo llaman gato.” Me observa tan solo un par de segundos antes de dirigir su atención al hombre que sostiene mi brazo. -          Déjame adivinar… John de nuevo. El hombre asiente y el gato camina hacía un botiquín de gran tamaño que reposa sobre varias cajas de cartón arrugado al fondo de aquel cuarto. -          Le dije al jefe que ya no lo dejara entrar después de la última mujer. -          Ya lo echó, no volverá. – Responde el hombre y finalmente libera mi brazo. El gato saca varias cosas del botiquín y las coloca sobre las cajas. -          Ven, siéntate ahí. Se dirige hacía mí mientras señala una silla vieja y oxidada detrás de la puerta. Coloca varias cremas en mi rostro y me obliga a tomar varios medicamentos con una botella de agua que saca de un anaquel oculto tras las cajas. -          Tardará un par de días en bajar la hinchazón. Los clientes prefieren los rostros bellos así que no trabajaras hasta que tu rostro vuelva a la normalidad, pero de seguro el jefe querrá que repongas el dinero que perderá estos días que no trabajes. El gato deja que termine de tomar las cuatro pastillas que me entrega mientras se acerca al hombre que me trajo, quien se había mantenido junto a la puerta todo este tiempo. Lo empuja ligeramente fuera de la habitación y entrecierra la puerta. -          Dime que ocurrió. El gato habla en voz baja con la intención de que solo el hombre pueda escucharlo, pero ignora que las paredes están tan desgastadas que el sonido de sus voces viaja hacía mis oídos sin problema. -          Lo mismo que la última vez, John dice que la mujer lo insultó y la golpea hasta medio matarla, pero esta vez ella gritó y el jefe pasaba por ahí y la escuchó. -          De seguro el jefe no quería perder a otra de las chicas, hay muy pocas en este momento. -          No solo eso, sino que la primera vez que John casi mata a una de las chicas provocó que ella huyera y no quiere que las chicas tengan la idea de que podrían escapar. “¿Alguien pudo escapar?” “Eso es imposible, las tienen encadenadas todo el tiempo, nadie podría escapar.” -          Lo sé, el jefe casi me mata esa vez. Todavía no entiendo como esa mujer pudo saltar por la ventada del segundo piso y huir caminando. Si no la hubiese dejado sola, eso no hubiese pasado. “Saltar por la ventana.” La idea se mantiene en mi cabeza el resto del día y considero hacerlo en la primera oportunidad que tenga acceso a una ventana. Golpeo el saco de box una y otra vez mientras recuerdo los golpes de John en mi rostro. Trato de implementar la misma fuerza que él lo hizo y dejo que la ira sea liberada mientras imagino que el saco de box se trata de su asqueroso rostro. -          Adaeze, tranquila. Shui, uno de los cuatro entrenadores del gimnasio sostiene el saco de box mientras lo golpeo. -          Me gusta tu entusiasmo, pero temo que la hora terminó. Detengo mis puños y Shui se acerca para ayudarme con los guantes y liberar mis manos. -          Sé que todavía no te sientes cómoda hablando conmigo, pero creí que nos habíamos comenzado a llevar bien y hoy me golpeaste un par de veces mientras sostenía el saco. Al principio pienso que lo dice en serio y estoy a punto de disculparme cuando veo la sonrisa en su rostro y sé que está bromeando. Por su puesto mis golpes no podrían lastimar a un hombre de casi dos metros y que hace ejercicio ocho horas al día. -          Te veré el martes para practicar en el ring. Sonríe amablemente y le devuelvo la sonrisa antes de despedirme agitando la mano de un lado hacía el otro y saliendo del gimnasio para caminar dos minutos hacia las habitaciones y tomar una ducha antes de mi primera terapia en grupo. Camino hacia el pabellón de los consultorios y subo las escaleras hasta el segundo piso donde se llevará a cabo la terapia. Empujo las grandes puertas y me encuentro con varias personas sentadas en un círculo hecho de sillas, todas dirigen su atención hacía mí en cuento escuchan las puertas siendo abiertas.    -          Bien, Adaeze llegaste. La Doctora Christine me da la bienvenida y me invita a sentarme en el asiento junto a ella. Camino nerviosamente mientras siento las miradas del resto de pacientes. -          Señores, ella es Adaeze. – Dice la Doctora mientras me señala. – Adaeze es nueva en el grupo de apoyo, a ella no le gusta hablar con personas al menos que haya desarrollada cierta confianza por lo que le daremos la bienvenida y esperemos que pronto se sienta con la confianza de hablar frente a todos. “Bonita manera de decir que eres una miedosa que no puede hablar con desconocidos.” “Cállate.” Todos en la sala me saludan, unos con palabras en cambio otros con un rápido movimiento de mano a lo que respondo con una sonrisa forzada. -          Bien, ahora que todos estamos presentes me gustaría saber si alguien quiere decirnos como ha progresado esta semana. Tras varios segundos, una mujer un poco obesa de cabello rubio y con unas pestañas tan largar que parecen falsas levanta la mano. La Doctora sonríe y le cede la palabra a la mujer. -          Esta semana he mejorado en mis relaciones sociales después de la visita de mi hermano el lunes. Él me alentó a que siga con mi proceso de sanación así que hice un amigo en la cafetería hace tres días. Todos aplauden así que los imito y observo a la mujer quien mantiene una sonrisa de orgullo a sí misma. -          Muy bien, Charlotte. Si no te molesta, por favor cuéntanos un poco sobre ti y como llegaste aquí, para los que son nuevos en el grupo y no te conocen. -          ¡Oh! Claro. Charlotte se remueve un poco incómoda en el asiento, pero se prepara para hablar. -          Mi nombre es Charlotte y llegué al centro hace tres meses. Hace un año mi exesposo abusó sexualmente de mí después de que le entregara los papeles del divorcio. Irrumpió en mi departamento y después de que se fuera me sentía tan avergonzada que no le dije a nadie lo que había pasado. Dos días después mi exesposo volvió, pero está vez con tres amigos que me violaron en grupo durante dos días. Charlotte parece que solo está leyendo algún libro y no contando su historia. Su voz es tan robótica que me sorprende que pueda relatar una historia tan triste de una manera tan fría. -          Mi hermano me encontró al día siguiente en la bañera. Estaba llena de golpes y sangre por todas partes de mi cuerpo. Llamó a la policía y vieron las cámaras de seguridad. Aprendieron a mi exesposo y sus amigos a las pocas horas. Estuve nueve meses yendo a psicólogos hasta que mi hermano encontró este lugar y él y mis padres se ofrecieron a pagar para que tenga la mejor atención posible. Siempre me gustó cocinar así que me dejan ayudar en la cocina tres días a la semana, pero me recuerdan que no puedo descuidar mi tratamiento así que visito al Doctor Sander cuatro veces por semana y el resto del tiempo, nado en la piscina o voy al taller de carpintería. Todos aplauden de nuevo y esta vez lo hago con una evidente inspiración hacia Charlotte. Pienso que algún día podría ser tan valiente como ella y contar toda mi historia sin sentirme obligada para encarcelar a los hombres que me hicieron daño. -          Me alegra que Charlotte tenga quien la apoya en su tratamiento y deben recordar que todos ustedes también tienen personas que las esperan cuando termine su tratamiento. La Doctora Christine sonríe con amabilidad a todos mientras da un discurso sobre lo fuerte que somos y sobre lo orgullosos que estarán nuestros seres amados cuando regresemos a casa. -          ¿Alguien más que quiera contarnos un poco de su historia y sobre su progreso esta semana? Una mujer con el cabello rapado y varios tatuajes en el brazo levanta la mano y la Doctora le cede la palabra. -          Bueno… mi nombre de Agatha, estoy aquí hace casi ocho meses y espero estén preparados para mi historia llena de autodestrucción. Me sorprenden sus palabras y centro toda mi atención a lo que dirá a continuación. -          Hace un año salía tarde del trabajo cuando dos hombres me atacaron y violaron detrás de un contenedor de basura. Unas personas que pasaban en su auto me vieron herida y llamaron a la policía. Nunca encontraron a los hombres que me atacaron por lo que desarrollé agorafobia y no pude salir de mi casa hasta que mis padres me trajeron aquí a la fuerza. Estuve en el pabellón de pacientes peligros los primeros dos meses debido a que quise escapar un par de veces y ataqué a varios enfermeros que trataron de evitarlo. “Si Adriano no tendría amigos aquí, también estarías en el pabellón de pacientes peligrosos.” “No he lastimado a nadie en meses.” -          Comprendí que debía sanar mentalmente para poder volver a casa y comenzar una nueva vida. Cuando me trasladaron a las habitaciones el Doctor Sanders tenía que darme terapia a través de la puerta porque me negaba a salir de la habitación. Poco a poco me fue convenciendo de que abriera la puerta y hace un mes finalmente salí. Siempre me gustó pintar paisajes así que debía salir para hacerlo. El Doctor Sanders pensó que sería buena idea que comenzará a convivir con personas y para eso debía comenzar de a poco así que me pidió que viniera a este grupo de diez personas. Esta es la segunda vez que vengo a terapia en grupo. Todos aplauden y puedo notar que es un gran progreso pasar de ser una paciente peligrosa con agorafobia a hablar frente a otras personas sobre tu pasado. -          Agatha, si duda es una de las pacientes con el mejor progreso que he visto este año y me alegra que haya decidido unirse a nosotros. Muchos de ustedes de seguro piensan que no podrán avanzar en su tratamiento y que deberían rendirse, pero deben saber que son más fuertes de lo que creen. Otro discurso más de la Doctora Christine comienza, pero esta vez se trata sobre el control y la fuerza que tenemos. La escucho con atención y trato de hacer anotaciones mentales sobre varias frases que me gustan y que podrían servirme en el futuro. Puedo observar a dos hombres sentados uno junto al otro, todo el tiempo han escuchado con atención, pero mantienen sus miradas en el piso como si se sintieran avergonzados de algo. Ambos compartes varios rasgos faciales, lo que hace preguntarme si se trata de hermanos y cuando trato de observarlos más detalladamente la Doctora finaliza la sesión y todos nos despedimos de distintas maneras para después levantarnos de los asientos y caminar hacia la salida. Al bajar hacía el primer piso observo a Adán con el brazo apoyado a una pared y observando hacía mi dirección. Me saluda con la mano en cuanto me encuentra y sonríe alegremente como siempre. Levanto la mano para darle a conocer que lo he visto y camino rápidamente hacía él.      
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