Ana Lago Acababa de cumplir las treinta y dos semanas de embarazo, cada día mi vientre crecía más, podía sentir como a ratos mi bebé se movía dándome pataditas, era la parte favorita de su padre y mía, el sentir como golpeaba el vientre de su madre desde su interior, era una ternura. Ansiábamos su llegada con gran alegría. A veces me sentaba en el jardín, sobando mi panza e imaginando como sería, si se parecería a mi o a su padre. Lily nos había advertido que el embarazo seria de alto riesgo, pero tomaba las indicaciones que nos daba al pie de la letra, lo que más deseaba es que mi bebé naciera sano. Poco a poco y con la alimentación adecuada, además de los medicamentos, había logrado superar la anemia. Por ahora tenía que cuidar cualquier tipo de esfuerzo para evitar complicaciones. La ú

