Irene —Vamos a casa —dijo Steve con determinación. Negué con la cabeza de inmediato, aferrando a Viola con más fuerza contra mi pecho, como si ese simple acto pudiera protegernos de todo lo que estaba ocurriendo. —No puedo —susurré, sintiendo cómo mi voz se quebraba bajo el peso de la realidad—. Tu padre me dejó claro que debía alejarme de ti. Si no lo hago, no solo mi madre pagará las consecuencias… Yo también. Terminaría en prisión por falsificación de documentos. Tomé aire con dificultad y lo miré directamente a los ojos. —Así que, si realmente quieres ayudarme, olvídate de nosotras. Viola comenzó a removerse inquieta en mis brazos, tratando de escapar de mi agarre. Sus pequeñas manos se extendieron en dirección a Steve, sus ojos brillando con el instinto más puro e innegable: el

