TEGIENDO ENTRE LAS SOMBRAS

1359 Palabras
ꗥ🌸 𝐂𝐋𝐀𝐑𝐈𝐒𝐒𝐀 🌸ꗥ Esa tarde, recibí una llamada inesperada de mi madre. Su voz temblorosa al otro lado de la línea me llenó de inquietud. Me pidió que fuera a la casa familiar, y aunque no sabía exactamente qué esperar, tenía la esperanza de ver a mi hijo. Nathan, mi compañero y confidente, estaba en casa, y le había contado que debía ir a visitar a mis padres. Su mirada de preocupación me hizo sentir que el peso del mundo se estaba acumulando sobre mis hombros. —Mantenme al tanto de todo —me dijo Nathan, con una mezcla de firmeza y cariño que intentaba tranquilizarme. Asentí, aunque en el fondo sabía que la situación era grave y que las cosas podían tomar un giro inesperado. El camino hacia la casa de mis padres estuvo plagado de recuerdos. Cada curva y cada bache me recordaban momentos de mi infancia, de aquellos días en que todo parecía más sencillo. Sin embargo, a medida que me acercaba, la nostalgia se transformó en ansiedad. Al llegar, todo parecía normal, una fachada engañosa de tranquilidad. Mi madre me recibió con una sonrisa que no pude descifrar del todo; un gesto que a menudo había escondido más de lo que revelaba. Me condujo al salón, donde mi padre ya estaba esperando. La atmósfera era tensa, aunque intenté ignorar esa sensación en mi pecho. Por un momento, sentí una chispa de esperanza. ¿Podría ser esta la ocasión en la que me dejarían ver a mi hijo? Pero esa esperanza se desvaneció rápidamente cuando mi padre, con una expresión fría y calculadora, lanzó unas fotos sobre la mesa. Al ver las imágenes, mi corazón se detuvo. Eran fotos de Nathan y yo entrando en un laboratorio, un lugar que había sido un refugio y una prisión a la vez. Sentí un temblor recorrer mi cuerpo. No era solo el hecho de que nos hubieran seguido y fotografiado, sino lo que esas imágenes podrían significar para mi padre. La manipulación y el control que había ejercido sobre mí durante años se manifestaban en esa simple acción. —¿Qué es esto? —preguntó con un tono que no admitía respuestas vagas. Temblé, pero me mantuve firme. Tenía que ser fuerte. Sabía que esto era una trampa, una manera de mantenerme controlada, de recordarme que había una línea que no debía cruzar. —Fui al laboratorio con Nathan —dije, tratando de mantener mi voz firme—. Él me hace chequeos regulares, no confía en mí. —mi voz se quebró, pero rogué al cielo que me creyera. Mi padre se levantó lentamente, caminando hacia mí con esa mirada intimidante que siempre había temido. Era un depredador en su elemento, y yo era su presa. —Clarissa, sabes muy bien que no permitiré que me traiciones. Mientras el niño esté bajo mi custodia, seguirá siendo así. A menos que no lo quieras ver nunca más. Sentí una oleada de desesperación, temor y angustia. La idea de perder a mi hijo era una punzada en el corazón que apenas podía soportar. Sabía que tenía a Nathan a mi lado, y juntos lucharíamos por nuestro hijo. —Haré lo que sea necesario para recuperar a mi hijo —dije con una firmeza que incluso me sorprendió a mí misma—. No entiendo por qué me hacen sufrir de esta manera. Siempre he hecho lo que ustedes quieren. —Niña tonta, eres una buena herramienta para nosotros. Criarte valió la pena. —La frialdad de sus palabras me atravesó como un cuchillo. Mi padre me miró, y mi mente voló a aquellos papeles de adopción que había encontrado cuando era demasiado joven para comprender las implicaciones. Pero sabía que ahora no era el momento de recordar ese pasado. Evaluando mis palabras, guardé silencio, y supe que la batalla apenas comenzaba. Pero estaba lista, y no me detendría hasta tener a mi hijo de vuelta en mis brazos. —Clarissa, tu padre solo quiere lo mejor para ti. Sé obediente, no hagas cosas innecesarias que más bien te provocarán mucho dolor —expresó mi madre. Su voz era un intento de suavizar la situación, pero sus palabras solo aumentaron mi frustración. La ira burbujeaba dentro de mí, una fuerza que apenas podía controlar. Me sentía atrapada entre el deseo de ser una buena hija y la necesidad de ser una madre. —Quiero ver a mi hijo. Si quieren continuar sangrando a Nathan, deben dejarlo verlo —grité con desesperación, la emoción de mis palabras resonando en la habitación. El silencio que siguió fue abrumador. Mi padre se llevó la mano al puente de su nariz, como si intentara contener la furia que se le acumulaba. Hizo un ademán a una de las sirvientas leales a él, una mujer que siempre había estado a su lado, y que ahora parecía un espectador en este drama familiar. —No entiendo por qué todo esto es necesario —continué, mi voz más baja, pero aún firme—. Solo quiero a mi hijo. ¿Por qué hacen esto? Mi padre se acercó, su sombra proyectándose sobre mí como una tormenta inminente. —La lección que estás aprendiendo hoy es que la obediencia tiene sus recompensas, y la desobediencia, sus castigos. Sus palabras eran veneno, y aunque intenté mantenerme erguida, por dentro me sentía desmoronada. El poder que él ejercía sobre mí era abrumador, pero algo dentro de mí se encendió. Esta no era solo una lucha por mi hijo; era una lucha por mi vida, por mi libertad. —No permitiré que me sigas manipulando —dije, sintiendo que cada palabra era un acto de rebeldía. Mi madre, que hasta ese momento había permanecido en silencio, me miró con desdén. —Clarissa, piénsalo bien. Esto no es solo un juego. No sabes a lo que te estás enfrentando. No arruines las cosas. —Lo sé, y es precisamente por eso que tengo que luchar. Si no quieren por las buenas dejar que lo vea, entonces será por las malas. —respondí, sintiendo que la determinación crecía en mí como un fuego indomable. La mirada de mi padre se volvió más amenazante. —Tienes hasta mañana para reconsiderar tus palabras. Después de eso, las consecuencias serán extremas. Ahora vete, no verás a tu hijo hasta que me dé la gana. Al salir de la casa familiar, sentí como si un peso enorme cayera sobre mis hombros. Mi corazón latía con fuerza, consciente de que la batalla por mi hijo apenas comenzaba. Afuera, Nathan me esperaba con un rostro lleno de preocupación. Al ver su mirada, supe que no podía rendirme, aunque mi interior estuviera al borde del colapso. —¿Lo viste? —preguntó Nathan con una voz baja pero tensa. —No me dejaron verlo —respondí, tratando de mantener la compostura—. Mi padre nos vio entrar al laboratorio. Sospecha de mí. Tengo mucho miedo. Nathan me tomó de los hombros, intentando transmitirme calma y seguridad. —Tranquila, todo saldrá bien —dijo, con una firmeza que me dio un poco de consuelo—. Ahora tengo que investigar si el niño está dentro de su mansión. —Yo digo que él está ahí —dije, con una convicción que nacía de una mezcla de instinto y esperanza. Nos subimos al auto y, mientras él conducía, mi mente volaba a mil por hora. Pensé en todos los posibles escenarios: que lo llevaran lejos de mí, que no volviera a verlo. Cada pensamiento me causaba un dolor profundo y desgarrador. La idea de que mi hijo estuviera sufriendo, lejos de sus padres, era insoportable. Nathan, con su mirada fija en la carretera, parecía tener todo bajo control. Pero conocía esa expresión; sabía que estaba tan preocupado como yo. —Haremos lo necesario —dijo de repente, rompiendo el silencio que había llenado el auto—. Encontraremos a nuestro hijo y lo traeremos a casa. Sus palabras eran un ancla en medio de la tormenta de mis pensamientos. Me aferré a esa promesa y traté de mantener la calma. Sabía que no podíamos permitirnos el lujo de desmoronarnos, no ahora.
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