VERDADES NO DICHAS

1321 Palabras
ꗥ🌸 𝐂𝐋𝐀𝐑𝐈𝐒𝐒𝐀 🌸ꗥ El tiempo que pasé con mi hijo en el parque fue verdaderamente mágico. Cada instante a su lado era un regalo, un recordatorio de la alegría que se encuentra en las pequeñas cosas. Verlo, sonreír y disfrutar de la vida era, sin duda, lo que más anhelaba en mi corazón. Jugamos juntos, corriendo tras él mientras su risa resonaba en el aire, una risa tan contagiosa que iluminaba todo a su paso y hacía que cada esfuerzo valiera la pena. Su carita, radiante de felicidad, llenaba mi corazón de una calidez indescriptible, como si la luz del sol se hubiera apoderado de mi ser. Le compré un helado, y nos sentamos en un banco bajo la sombra de un frondoso árbol. Mientras él saboreaba cada bocado, sus ojos brillaban con esa inocencia y pureza que solo un niño puede tener. Yo no podía apartar la vista de su carita feliz, tratando de grabar en mi memoria cada expresión, cada pequeño gesto que delataba su alegría. Verlo disfrutar de algo tan simple como un helado me recordaba la importancia de luchar por él, por su felicidad y su futuro. Era un recordatorio de que, en medio de las dificultades que enfrentaba, había razones para seguir adelante. Sin embargo, había una sombra que se cernía sobre ese instante. No podía ignorar la sensación persistente de ser observada. Cada vez que miraba de reojo, veía el auto de Nathan estacionado a lo lejos, como un vigilante silencioso. Sabía que me estaba observando, y esa conciencia añadía una capa de tensión a lo que de otro modo habría sido un momento perfecto. La mezcla de amor y temor se entrelazaba en mi pecho mientras trataba de disfrutar del tiempo con mi hijo, consciente de que había cosas más grandes en juego. Cuando llegó el momento de despedirnos, mi corazón se encogió. No quería dejarlo, pero sabía que era inevitable. Mientras lo abrazaba por última vez, ese abrazo que parecía querer abarcar todo lo que sentía por él, aproveché el momento para arrancarle suavemente unos cabellos, tal como Nathan me había pedido. Cada hebra que caía entre mis dedos era un recordatorio de la lucha que enfrentábamos, de las decisiones difíciles que debía tomar. Me alejé del parque con una mezcla de tristeza y determinación. Cada instante con mi hijo me daba la fuerza necesaria para enfrentar los desafíos que me esperaban. Junto a su risa, encontraba la motivación para seguir adelante. Sabía que tenía que ser fuerte por él, por su bienestar, y eso me impulsaba a no rendirme, sin importar cuán arduo fuera el camino. Con cada paso que daba, llevaba en mi corazón la promesa de protegerlo y asegurarle un futuro lleno de amor y felicidad, porque al final del día, él era mi razón de ser. Subí al auto de Nathan, sintiendo una mezcla de cansancio y tristeza que me envolvía como una manta pesada. Al cerrar la puerta, un profundo suspiro escapó de mis labios, como si tratara de liberar la angustia acumulada en mi pecho. Nathan se mantuvo sereno a mi lado, su expresión imperturbable y distante, mientras yo me acomodaba en el asiento. Con manos temblorosas, saqué los cabellos de mi bolsillo, esa muestra tangible de lo que había perdido, y se los entregué. Nathan los tomó sin decir una palabra, su mirada fija en la carretera, y los colocó delicadamente en una bolsa de papel que había traído consigo, como si eso pudiera encapsular el dolor de un momento irreparable. El silencio en el auto era palpable, una especie de murmullo sordo que resonaba en mis oídos, y la tensión colgaba en el aire como una niebla espesa que dificultaba la respiración. Mientras avanzábamos por las calles de la ciudad, cada semáforo en rojo se sentía como una eternidad, y cada giro del volante era un recordatorio del abismo emocional en el que me encontraba. La alegría que había sentido al estar con mi hijo se había desvanecido, reemplazada por una mirada sombría que reflejaba mis pensamientos más oscuros, como un eco que no cesaba de atormentarme. Las luces de la ciudad pasaban ante mis ojos, pero yo apenas las veía. Estaba atrapada en un torbellino de recuerdos, tratando de encontrar la manera de lidiar con esta nueva realidad que había caído sobre mí como una tormenta repentina. Una parte de mí anhelaba aferrarse a los destellos de felicidad que había experimentado en el parque, mientras que otra parte luchaba con la desesperación de lo que había perdido. Nathan seguía conduciendo en silencio, su rostro serio y concentrado en la carretera, pero percibía que también compartía un peso similar, aunque él no lo mostrara. Finalmente, llegamos al apartamento, y el peso de la tristeza me cayó encima como una losa, aplastando cualquier intento de esperanza que pudiera haber albergado. Sabía que tenía que seguir adelante, por mi hijo y por mí misma, pero en ese momento, la esperanza se sentía lejana, como un faro que se extinguía en la distancia. Al salir del auto, la brisa fría de la noche me golpeó el rostro, y cada paso que daba hacia la entrada del edificio se sentía como una carga adicional. Subí las escaleras detrás de Nathan, cada peldaño más pesado que el anterior, como si la gravedad del dolor me anclara al suelo. Al cruzar la puerta del apartamento, la familiaridad de las paredes me resultó extraña, como si hubiera regresado a un lugar que ya no era mío. El eco de las risas, el calor de los abrazos, todo se había desvanecido, dejando solo un vacío que resonaba en cada rincón. Me preparaba para enfrentar la cruda realidad que me esperaba, una realidad que no podía ignorar ni evadir, y en mi interior, la lucha entre la aceptación y el desasosiego continuaba, como un río que se desbordaba sin control. —Te quiero en mi dormitorio. —simplemente asentí. Entré en mi pequeño cuarto, que más que eso era como una especie de bodega. Me duché y me puse ropa de dormir. Al entrar a su habitación, el aroma a él rápidamente vino a mis fosas nasales. Lo miré mirando por el ventanal, como si pensara en algo, luego sintió mi presencia y se me acercó. —Hueles bien. —Gracias. Sin más, sus labios se unieron a los míos. Nos besamos con pasión, sus caricias eran suaves e intensas, haciendo que mi cuerpo se erice y sienta esa sensación de deseo. Sentí, como cuando lo hicimos la primera vez, que éramos dos jóvenes ilusionados y enamorados. Este momento me hizo recordar al Nathan del pasado, aquel joven que me amaba con cariño. —Nathan, no he dejado de amarte —en cuanto escuchó eso, detuvo sus besos y caricias, y me aventó de golpe a la cama. —No juegues conmigo, aún no he olvidado todo lo que me hiciste. —Si te digo que me obligaron, ¿me creerías? —¿Por qué me tomas? Tanto me querías que dudases de mí para protegerte. Corriste a los brazos de otro hombre. —No hubo… —no pude decir más, me besó con brusquedad, que hasta me hizo sangrar el labio superior. Me hizo el amor a su antojo, sin darme tregua a corresponder, simplemente se sació y me dijo que me fuera. Tanto le dolía aquella carta, no sé qué más le dijeron mis padres. Si supiera que nada de eso fue cierto. Regrese a mi habitación, a la soledad de la que ya estoy acostumbrada. Mis lágrimas salían calientes, no lloraba de tristeza, sino de impotencia, quería decirle todo, pero el se negaba a escucharme, y mucho menos me creería. Si yo hubiera sido valiente y en ese entonces hubiera huido con él, como me lo dijo varias veces, éramos muy jóvenes y estudiábamos, no creí que él tuviera recursos para sostenernos, mi hijo venía en camino y apenas éramos estudiantes.
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