*NATHAN*
Me senté en mi despacho, observando cómo los últimos rayos de sol se desvanecían en el horizonte, pintando el cielo de tonos anaranjados y púrpuras. Esa imagen, tan hermosa y serena, contrastaba con la tormenta que burbujeaba en mi interior. Cada día que Clarissa pasaba en la oficina era un recordatorio de la traición que había sufrido, un recordatorio de la agonía que me había infligido al abandonarme. Mi objetivo, claro y nítido como el cristal de la ventana, era hacerla sufrir tanto como ella me hizo sufrir a mí.
La veía trabajar, su rostro concentrado mientras revisaba documentos y atendía llamadas. Intentaba mantener la compostura, pero había una fragilidad en su mirada que no podía ocultar. Cada vez que nuestras miradas se cruzaban, el aire se tensaba con un silencio cargado de emociones reprimidas. Me deleitaba en esos momentos, en el brillo de la desesperación que comenzaba a asomarse en sus ojos. Era un juego peligroso, pero la idea de que ella pudiera sentir un atisbo del dolor que yo había soportado me llenaba de una satisfacción oscura.
Cada palabra que pronunciaba estaba cargada de un significado oculto, cada instrucción que le daba era un paso más en un elaborado plan de venganza. No podía permitir que Clarissa se sintiese cómoda o segura en su entorno. Sabía que la incertidumbre era la mejor arma que podía emplear. La forma en que se tensaba cuando le pedía que realizara tareas imposibles, la manera en que su sonrisa se desvanecía cuando la ignoraba durante días, todo ello me proporcionaba un rayo de luz en la penumbra de mi propia desdicha.
Mientras reflexionaba sobre esta estrategia, una mezcla de emociones me invadía. La parte racional de mí cuestionaba si realmente valía la pena hundirme en este ciclo de odio y rencor. Pero la parte más oscura y herida, la que había sido traicionada, fervientemente me decía que sí, que cada lágrima que había derramado, cada noche de insomnio, merecía ser saldada. Este era mi momento, y no iba a dejarlo escapar.
Me levanté de la silla y me dirigí a la ventana, dejando que la fría brisa del atardecer acariciara mi rostro. Observé el horizonte, donde el día se desvanecía para dar paso a la noche. Clarissa había elegido este camino cuando decidió abandonarme; sus acciones la habían llevado a este punto, y ahora debía enfrentarse a las consecuencias. La idea de que su mundo se tambaleara bajo la presión de su propio pasado me llenó de una extraña energía.
—Realmente te amé, Clarissa, pero todo lo tiraste a la basura, incluyendo a mi hijo.
Sin embargo, en el fondo de mi ser, una pequeña chispa de duda surgió. ¿Realmente quería seguir este camino de venganza? ¿O había un atisbo de redención en mi corazón que anhelaba salir a la superficie? A medida que el sol se ocultaba, la oscuridad se cernía sobre mis pensamientos, y con ella, la pregunta que no podía ignorar: ¿hasta dónde estaba dispuesto a llegar para hacerle pagar?
Era un dilema en el que las emociones se entrelazaban como hilos de un tejido desgastado, y mientras me giraba para enfrentar a Clarissa, supe que la batalla dentro de mí apenas comenzaba. La venganza podría ser dulce, pero su costo era incierto, y el eco de su propia traición resonaba en cada rincón de mi mente. El juego apenas empezaba, y yo estaba decidido a jugar hasta el final.
Llegué al apartamento y la escena que se presentó ante mí era casi surrealista. Clarissa, con su cabello despeinado y las manos llenas de cajas, estaba organizando sus cosas con una energía que parecía desbordar. Cada movimiento suyo estaba impregnado de una esperanza y determinación que, en otro contexto, podría haber admirado. Pero en ese momento, solo pude sentir una sonrisa maliciosa asomandose en mis labios, alimentada por un poder que me resultaba innegable.
—¿Quién dijo que te quedarías en mi habitación? —solté, dejando que el tono frío y despectivo de mis palabras envolviese el aire, como un manto de hielo que caía entre nosotros.
La vi quedarse congelada, la confusión y la incredulidad reflejándose en sus ojos. Era como si el tiempo se hubiera detenido en ese instante, como si las palabras que acababa de pronunciar fueran un hechizo que la mantenía atrapada en su propia sorpresa.
—Tú te quedarás en el cuarto de la servidumbre —continué, sin dar espacio para objeciones, dejando que cada palabra cayera sobre ella como un peso inquebrantable—. Simplemente, serás mi empleada. No tienes nada de valor para mí.
Observé cómo su rostro palidecía, cómo el orgullo que alguna vez la había caracterizado se desvanecía ante la realidad cruel que le estaba imponiendo. Supe que mis palabras la herían; cada sílaba era como un golpe directo a su dignidad, una puñalada que atravesaba su corazón. Pero no me importaba. Había llegado el momento de hacerle pagar por lo que me hizo, de recordarle su lugar en mi vida, y cada día sería un recordatorio de su nueva realidad.
Mientras ella se esforzaba por entender la magnitud de su nueva situación, yo me deleitaba en la satisfacción de tener el control. La idea de verla resignada a sus nuevas circunstancias me llenaba de una extraña alegría. La había visto en su mejor momento, y ahora, en mi mente, era el momento de su caída.
—Está bien.
En cada rincón de ese apartamento, la luz parecía cambiar, volviéndose más tenue, como si el ambiente mismo se hubiera vuelto más pesado. Clarissa, que había llegado con sueños y planes, ahora se encontraba atrapada en un laberinto del que no podía escapar. Su mirada, que antes brillaba con esperanza, ahora era solo un reflejo de la lucha interna que estaba enfrentando.
—No olvides quién manda aquí —añadí con una sonrisa que no podía ocultar mi placer—. Esta es mi casa y tú solo eres una intrusa en ella. Recuerda tu lugar.
—No te preocupes, estoy acostumbrada. —no sé por qué me dolieron sus palabras.
El sonido de mis palabras se percibió en el espacio, y mientras la observaba retroceder, experimenté una profunda sensación de poder que alimentaba mi ego. Sabía que había cruzado una línea, pero eso no me preocupaba. Para mí, el juego apenas comenzaba.
Esa noche tuvimos sexo, probé mis fantasías en ella, como si se tratara de cualquier mujer de la calle. No dijo nada y ni se quejó en ningún momento. No entiendo por qué me molesta esta nueva Clarissa, su alegría, su espontaneidad se han esfumado, ella se ha convertido en una mujer sumisa, que si la pongo a comer lodo lo haría. Me molesta todo esto, pero mi ira no se apacigua.
—Retírate, estoy cansado.
La observé por un momento, su figura reflejando una mezcla de confusión y tristeza. Sus ojos, antes llenos de vida, ahora parecían vacíos, como si una parte de ella se hubiera desvanecido. Sabía que debía mantener mi postura firme.
Clarissa asintió débilmente, recogiendo sus prendas desgarradas, cada trozo de tela un eco de lo que una vez fue nuestra relación. La vi marcharse, sus pasos lentos y cargados de resignación resonando en la habitación como un lamento. Sentí una fugaz punzada de compasión, pero rápidamente la aparté, como si fuera un veneno que no podía permitirme consumir. Era el momento que había estado esperando, el instante en que podría hacerle pagar por lo que me hizo. Pero, a medida que se cerraba la puerta tras ella, una sombra de duda se cernió sobre mí.
Me dirigí al baño y me adentré en la ducha, dejando que el agua caliente cayera sobre mí, un torrente que intentaba lavar no solo la suciedad del día, sino también la mancha de lo que había planeado. El sonido del agua era un murmullo en mi mente, un canto de sirena que intentaba ahogar mis pensamientos. Debería sentirme feliz. Debería sentirme liberado. Sin embargo, a medida que el vapor se acumulaba en el aire, la satisfacción que esperaba se desvanecía como el humo, dejando tras de sí un vacío inquietante.
Mientras el agua caía sobre mi cuerpo, me di cuenta de que la venganza no era tan dulce como había imaginado. Era un veneno que se filtraba en mis venas, intoxicando mi alma. A pesar de que había logrado hacerla sufrir, eso no cambiaría lo que había sucedido en el pasado. No devolvería el tiempo, no repararía el daño que me había causado. Y, por primera vez, me pregunté si realmente valía la pena seguir adelante con este plan.
Las memorias del pasado me golpearon con fuerza, como olas desbordadas. Recordé las risas compartidas, los secretos susurrados en la penumbra, la promesa de un futuro que se desmoronó ante mis ojos. ¿Era eso lo que quería? ¿Destruir todo lo que una vez amé? La ira y la tristeza se entrelazaban en mi pecho, creando un torbellino de emociones que me dejaba sin aliento.
Salí de la ducha, el agua caliente goteando de mi piel, y me miré en el espejo. El rostro que me devolvía la mirada era una máscara de desolación. Ya no veía al vengador decidido, sino a una persona atrapada en una red de rencor y dolor. La lucha interna se convirtió en un grito silencioso que resonaba en mi mente.
De repente, me di cuenta de que la verdadera batalla no era contra Clarissa, sino contra mí mismo. La venganza, en su esencia más pura, era un camino hacia la destrucción.