―Ahora podría decir que hasta me empiezas a agradar. Junier. Otra vez allí. Por precaución puse un escudo protector alrededor de mí, lo cual él notó, lo supe por el gesto burlón que hizo con su ceja. ―¿Qué haces aquí? ―preguntó Nikolai. El demonio no contestó, me miraba atento caminar hacia la salida. ―Chilpilla, no te vayas ―me rogó Celeste. ―No, Celeste, mira este lugar. Y mírense ustedes. Esto es una encerrona, ¿para qué? ¿Por qué? ―La miré decepcionada. ―Yo no sabía que ellos vendrían ―se disculpó la mujer. ―Claro, no tenías idea, llegaron de casualidad, andaban paseando y pasaron de visita. Puedo darme perfecta cuenta de cuando no soy bienvenida. No tienes que molestarte. Seguí a paso firme y Junier pretendió provocar dolor en mí, pero no lo consiguió. Mi escudo me pro

