Los seis años siguientes, me dediqué a estudiar derecho en la Universidad de Salamanca en España. Nikolai se ocupaba de todas mis cosas, de mantener la casa de Francia y de algunos negocios que había creado para mí. Nos visitábamos cada seis meses. Yo iba o él venía a visitarme. El día de la graduación apareció, guapo como siempre, con un traje a la medida y feliz. ―¿Cómo te sientes? ―me preguntó luego del efusivo abrazo que siempre me regalaba. ―Nerviosa ―contesté sincera. ―Te ves hermosa ―me aduló tomando una de mis manos y haciéndome girar para mirarme―. Has cambiado tanto. ―¿Tú crees? ―Sí, ya no queda nada de la jovencita que conocí en Nueva Orleans. ―Sigo siendo yo. ―Así es, tu corazón no cambia. La ceremonia estuvo emotiva. Recordé a Jean Pierre, le dediqué a él ese

