CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO Darius estaba tumbado sobre su espalda y, al alzar la vista, vio a una de aquellas criaturas levantando su hacha por encima de su cabeza y bajándola directa hacia su cara. Su mundo se movía a cámara lenta: sentía cada movimiento del viento, vio la cara congelada de la bestia, oía los lejanos gritos de la multitud. Se dio cuenta de que aquello era lo que se sentía al vivir tu último aliento. Darius quería reaccionar a tiempo, salir rodando por el suelo o parar el golpe –sin embargo, sabía que no podía. Su espada estaba e menos de un metro y esta vez la criatura había venido demasiado rápido hacia él como para poder reaccionar a tiempo. Por el rabillo del ojo, Darius vio a sus compañeros gladiadores, todos muertos en el suelo y supo que también había llegado su ho
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