Diez años después Diez años después de esa navidad lujuriosa, un Knox de setenta años, se encontraba sentado en el pórtico de su casa en esa zona alejada y tranquila, cuando Riley se acercó a él por detrás y le besó la mejilla. Knox sonrió al aire y giró hacia ella para encontrarla aún más bella que la última vez que la vio esa mañana antes de despertar. Knox no sentía que los años se asentaran en ella, ni que perdiera brillo ni hermosura. No sabía si era porque el amor crecía un poco más cada día, o porque realmente no veían la vida sin el otro a esas alturas de su existencia, pero fuese lo que fuese, para Knox nunca más existió una mujer como su nena Riley. —Feliz San Valentín, perverso —deseó Riley con una caja de terciopelo en sus manos—. No tuve tiempo de envolverlo. Knox arrugó

