Knox, cansado del viaje, solo quería llegar a su mansión, sumergirse en la tina y olvidar que tuvo un pasado. Para él, la mejor forma de olvidar las cosas, no eran afrontándolas, eran sepultándolas igual que un cadáver en la tierra, o mejor, quemándolo como los restos de un cuerpo. El problema era que Knox intentó en lo posible olvidarse de Shannon, pero nunca sucedió. En esos veinte años, jamás la olvidó. Siempre la tuvo presente en más de una ocasión, y en más de una manera. Su recuerdo siempre volaba a él, de una u otra forma, siempre se colaba en su cabeza, igual que el humo por una rendija. —¿Qué tal su viaje, señor? —preguntó Ranger cuando lo recogió en el aeropuerto esa tarde—. Se adelantó. La voz del verdugo lo sacó un poco de su ensimismamiento. —Terminé antes —respondió Madd

