El pastor Gabriel estaba en la bañera, llena de espuma. Lo acompañaba Silvia, que disfrutaba de cómo le enjabonaba la espalda. Aquel día estaba mucho más relajada y más por las caricias que por darle al serrucho.Incluso había dicho que sentía algo por él, con lo cual había conseguido que el corazón le latiera tan deprisa como sólo le ocurría en presencia de Dios. Psicológa como era, también supo explicarle con exactitud por qué de repente podía sincerarse tanto con él: después de más de veinte años, por fin había hecho las paces con su hija, y eso había disuelto una serie de bloqueos emocionales; hasta entonces, nunca había podido comprometerse con un hombre porque siempre se había sentido muy culpable frente a Marie. Mientras Silvia le contaba las preocupaciones que había tenido dura

