Llegamos a la sala de reuniones de último, pero no tarde sino justo a tiempo, y todos parecían habernos estado esperando, un poco escépticos de que realmente apareciéramos. No era nada extraño considerando que Caleb Dumas no solía aparecer en aquella reunión desde hace años, y el rumor al respecto era bastante grande como para que los nuevos no se hubieran enterado. Todos se pusieron de pie cuando él entró en la habitación, como si se tratara de una eminencia, una leyenda que hasta ahora tomaba vida, y me sentí extraña de repente, como si fuera un sentimiento demasiado familiar para mi, cuando lo irreal tomaba forma y recordabas que había vida en ello antes de que todo se destruyera. Por supuesto, no era lo mismo, nada de ello era lo mismo y aún así me hacía sentir del mismo modo. Le entregué a mi jefe todo lo que necesitaba y salí de la sala de juntas, porque se trataba de algo muy confidencial para que yo estuviera allí. Salí al corredor y caminé hacia el pequeño espacio dedicado a ser lo más cercano a una cafetería, eran simplemente mesas pequeñas con termos de agua caliente, café y demás, porque aquel piso no era realmente utilizado al menos que hubiera eventos, aunque la mitad tenía unas cuantas oficinas de las cuales no sabía mucho. Así que la cafetería no era más que un corredor ancho con mesas en un costado, se encontraba en un lugar oscuro y olvidado donde no incomodaba a nadie, así las personas podrían encontrarse allí y conversar un poco después de las reuniones.
Mara.
Fui arrancada fuera de mis pensamientos por la voz de un niño, el se agarraba a mi pantalón como un niño perdido y me miraba con sus ojos grandes que siempre me aterrorizaban, sus mejillas estaban sucias llenas de lodo mojado. Hace mucho no tenía una alucinación tan vivida, entonces recordé que no había tomado mi medicina. Con manos temblorosas busqué en el bolsillo de mi pantalón, y lo encontré vacío. Él sonrió como un sabelotodo y dio un paso hacia mí, yo retrocedí al instante sintiendo asco por su toque, como si fuera a ensuciarme por completo.
Tenías que quedarte conmigo, Mara.
—No —le dije, y cerré mis ojos por varios segundos —, no estás aquí, no estás aquí…
Los recuerdos empezaron a resurgir, el pozo que había visto con tanta curiosidad en aquella olvidada colina, la voz que me llamaba, la roca mojada y la curiosidad que me llevó a mirar su interior. Mis manos resbaladizas, el rostro de mi padre, el niño, las voces y el hombre que cayó. Todo se repetía una y otra vez, y me fue difícil respirar de repente, sintiendo de nuevo la asfixia con el olor a podredumbre y el barro bajo mis pies.
—Mara —, abrí mis ojos y vi a Rachel mirándome, sosteniéndome del brazo porque parecía a punto de caer —, ¿estás bien? —me preguntó un poco asustada.
—Sí, yo… —intenté recuperar la compostura —, no dormí bien anoche, tenía mucho trabajo, creo que ahora estoy soñando despierta —me reí, pero ella seguía mirándome con preocupación.
—No dejabas de murmurar —me dijo, y finalmente soltó mi brazo cuando vio que me encontraba lo suficientemente bien para sostenerme por mi misma —. Decías: no estás aquí… ¿Te referías a alguien?
—Cuando era niña caí dentro de un antiguo pozo, estuve allí por muchas horas y… —no estaba segura porque se lo estaba diciendo, cuando no podía contar el relato por completo —, a veces alucinaba con que había alguien más allí, fue aterrador…
—Debió serlo —dijo de acuerdo.
—Entonces, cuando no duermo muy bien o estoy bajo mucho estrés o muy cansada, a veces… Solamente a veces, siento que estoy de vuelta en el pozo con esa persona.
—Oh —comentó sorprendida —, ¿tienes… Alguna medicina o… Algo que te haga sentir mejor? —preguntó con cuidado.
—Solamente voy a sentarme por un momento, la reunión es larga de todos modos —le dije y busqué donde sentarme.
—¿Quieres que te acompañe? —me preguntó un poco incómoda.
—Solamente viniste a traer algo, ¿cierto? —pregunté y ella asintió —, entonces vuelve al trabajo, voy a estar bien.
Ella se marchó con vacilación y me quedé mirando su espalda mientras se marchaba, entonces me cubrí el rostro con las manos y me sentí avergonzada. Las imágenes se repitieron de nuevo, así que tuve que abrir los ojos de nuevo, entonces lo vi de nuevo frente a mi y me incliné hacia atrás, chocando con el respaldo de la silla plástica en la cual me había sentado. Lo miré sorprendida e intenté ser razonable con lo que estaba sucediendo, pensé un poco en ello y los recuerdos.
—No, no estás aquí —le dije, y me enojé un poco al verlo allí —, acabé contigo hace mucho, entonces deja de usar su rostro… —mascullé y cerré mis ojos de nuevo, cuando volví a abrirlos la mujer estaba frente a mí con rostro molesto, y me gritó en la cara, haciendo que cayera sobre mi espalda. La joya en mi pecho explotó y algunos fragmentos hicieron pequeños cortes en mi piel. De inmediato estuve conciente de lo que ocurría y lo que eso significaba para mi, por eso me levanté de inmediato y empecé a correr en el corredor, inocentemente intenté encerrarme en los baños mientras pensaba donde había dejado mi bolso, y si había empacado algo extra allí para momentos como este. Recordé que tenía un pequeño cuarzo, pero por alguna razón ya no estaba en mis bolsillos.
Mara, ¿por qué huyes?
—No te acerques —le pedí —, ¿qué es lo que quieres de mi? —pregunté asustada.
Tú te interpusiste en mi camino.
—¿Las demás también hicieron lo mismo? ¿Por eso las atormentaste?
No las atormenté a todas, ellas ya tenían sus propios problemas.
—¿Qué quieres decir? —pregunté.
Ya deberías saberlo…
Pensé en ello un poco nerviosa, apretando mis manos en puños para no temblar, no quería que me viera temblar.
—Estar cerca de un espíritu maligno puede causar todo tipo de efectos, como reavivar algunos problemas, afectar la personalidad…
No se afecta lo que no existe… Todos tienen problemas, incluso tú, ¿cierto, Mara?
—Cállate —pedí.
¿A qué le tienes miedo?
—Alejate…
Ella empezó a acercarse.
—¡Alejate! ¡No te acerques más! —le grité desesperada, y ella se empezó a reír de mí a carcajadas, mientras la puerta se abría de golpe y ella ponía su atención en alguien más. Caleb Dumas me miró preocupado, y se acercó de inmediato sin saber que ella estaba allí con nosotros, no podía verla o sentirla por la pequeña piedra que había puesto en su bolsillo. Así que ella tuvo que desaparecer sin desearlo, y me miró iracunda antes de hacerlo, porque sabía que yo era la causante de que no pudiera acercarse a él.
—¿Estás bien? —me preguntó de inmediato, mientras yo miraba a la nada, el lugar exacto donde la mujer había estado antes —, Mara, mírame —me pidió y tocó mis manos —, estás helada —dijo sorprendido.
—Ella… —me volví para mirarlo lentamente —, ella es demasiado para mí —le dije, y me miró un poco nervioso —. No puedo ayudarte —dije y me solté de su agarre —. No puedo…
Salí del baño corriendo, y sin pensarlo me dirigí al elevador y oprimí el botón, como si el tiempo mismo me persiguiera me apresuré a ingresar sin mirar atrás. Él entró antes de que las puertas se cerraran y las bloqueó por completo, se quedó mirándome pensativo por un momento antes de hablar.
—No es seguro —me dijo.
—Nada es seguro —le dije.
—No puedes huir de esto —me recordó, y sentí todo el peso de la situación caer sobre mí, recordando lo que mi padre me dijo antes de irme, recordando lo que pasó en el pozo, e intenté no llorar tanto como pude aunque mis ojos se pusieran rojos y cristalinos.
—Lo sé… Ya lo sé, esta es mi maldición, no puedo huir de esto, me has arruinado por completo, yo… Solamente quería una vida normal, ¿entiendes? Ya no quiero vivir rodeada de fantasmas, de personas atormentadas, de… No es justo, ¿por qué yo? ¡Dime! ¡¿Qué te hice para que me hagas esto?! —le grité y él ingresó al elevador dejando que las puertas se cerraran —. ¡¿Qué…?! —no terminé la pregunta porque él me abrazó, intentando consolarme de la mejor forma que pudo.
—Yo también me he preguntado lo mismo muchas veces —me susurró al oído —. Pero, no puedo huir, me persigue a dónde quiera que vaya, y lo siento si te he hecho daño, pero es la primera vez en mucho tiempo en que tengo algo de compañía y siento que puedo disfrutarlo. Sé que soy un idiota, puedo estar amargado la mayor parte del tiempo, pero me has traído esperanza, Mara. Dijiste que podemos solucionarlo, y confío en ti… —, se alejó para mirarme.
—Sí —dije sin saber a qué respondía —, tenemos que solucionarlo —comenté pensativa —, tenemos que…
El elevador se detuvo por unos segundos.
—No vamos a caer —le dije y me miró nervioso —, se va a mover de nuevo —aseguré, y fue justo así —, ¿lo ves?
—Voy a hacer que revisen este también —comentó.
—Debes regresar a la reunión —le dije, pensando en ello de repente.
—No me necesitan…
—¿Cómo supiste? —pregunté entonces.
—¿Qué cosa?
—Que yo te necesitaba —dije, y me miró pensativo de nuevo.
—No lo sé, fue bastante extraño en realidad —mencionó —, creo que alguien susurró tu nombre en mi oído, no sé quién; pero no sentí miedo, simplemente la urgencia de encontrarte. ¿Tiene sentido para ti? —me preguntó.
—Nada tiene sentido para mí, al menos no del mismo modo que lo tiene para los demás —expliqué.
—Entonces, ya somos dos —dijo él con una sonrisa, y alejándose un poco de mí para darme espacio, por lo menos ya me encontraba un poco más calmada —. ¿A dónde quieres ir? —me preguntó, viendo que ningún botón fue oprimido, aunque alguien había pedido el elevador y se iba a sorprender cuando nos viera.
—Vamos a tu oficina —le dije.
—Supongo que no tenemos más remedio que ir al primer piso, en este momento odio como se construyeron estos elevadores —comentó y oprimió el botón, cuando llegamos al piso donde alguien esperaba, bastantes empleados nos miraron sorprendidos y nadie se atrevió a entrar. Así que bajamos solos y allí cambiamos de elevador, olvidando el miedo que muchas veces me obligó a hacer uso de las escaleras. En la oficina encontré mi bolso, y busqué la joya de reemplazo.
—Mara, tu pecho está sangrando —me dijo Caleb cuando me vio quitándome el cristal roto, y vio algunas manchas rojas en mi piel y el interior de mi camisa.
—Heridas pequeñas —le dije.
Él se fue por el kit de primeros auxilios y volvió para ayudarme, no hablamos de ello cuando terminó, hicimos un pacto silencioso que nos permitía hablar de las cosas a nuestro propio ritmo. Si me hubiera preguntado hubiera sido difícil de explicar, o tal vez no tanto; pero se trataba de una debilidad que no me gustaba compartir con nadie. No se trataba de confianza, era más bien supervivencia.