capitulo 06

1392 Palabras
Grecia Caminamos hacia el área de los sofás en silencio, pero no era un silencio de paz, sino uno cargado de una electricidad estática que me ponía los pelos de punta. Claudia se sentó al borde del lujoso cojín de cuero, apretando su bolso contra su regazo con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Yo me senté frente a ella, intentando proyectar una calma que no sentía. Quería lanzarme a sus brazos y llorar, decirle que me sacara de aquí, pero la presencia de Lorenzo lo impedía. Él no se había retirado; se quedó de pie a unos metros, como una gárgola de mármol vigilando su dominio, con los brazos cruzados y esa mirada azul acero clavada en nosotras. — Dios mío, Grecia... estás pálida —Dijo Claudia con la voz temblorosa. Sus ojos saltaban de los míos a la figura imponente de Lorenzo, y podía ver el sudor frío perllando su frente. Estaba intimidada, aterrada, y yo asumí que era por el despliegue de seguridad del penthouse— No puedo creer lo que sucedió Siento tanto haberte enviado a esa casa... si hubiera sabido que era peligroso, jamás te habría dado ese contrato. Sentí un nudo en la garganta. Claudia siempre había sido mi mentora, la que me daba los mejores turnos para que pudiera pagar mis estudios. Iba a responderle pero las palabras murieron en mi boca cuando escuché el eco de unos pasos lentos y pesados. Lorenzo caminó hacia nosotras con una elegancia depredadora. Se detuvo justo al lado de mi sofá, imponiendo su sombra sobre ambas y se sentó junto a mí mirando fijamente a Claudia. — No mientas, Claudia —Dijo él. Su voz no era un grito, era algo mucho peor: un susurro gélido que cortaba el aire— Sabemos perfectamente que no lo sientes. — ¿De qué estás hablando, Lorenzo? —Intervine, poniéndome de pie. El corazón empezó a latirme en los oídos— Ella es mi amiga. Te dije que la agencia me envió, ella solo hacía su trabajo. No puedes ir por la vida acusando a todo el mundo solo porque eres un paranoico. ¿No fue suficiente con lo que me hiciste ver en la mansión? Lorenzo ni siquiera me miró. Su atención estaba fija en Claudia, quien parecía estar encogiéndose en el sitio, hundiéndose en el sofá como si quisiera desaparecer. — Esta vez no es paranoia, Grecia. Esta vez tengo pruebas —Sentenció él con una frialdad absoluta.— Anoche pedí que los investigarán a todos en la agencia sobre todo a ti Claudia tu que eliges quien va y a dónde va Miré a Claudia, esperando que estallara en indignación, que se defendiera pero ella no lo hizo. Simplemente negó con la cabeza, con los labios temblando, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla. — Lorenzo, por favor, detente —Supliqué, sintiendo que el suelo empezaba a tambalearse bajo mis pies—. Ella no sería capaz de hacer eso, ella es mi amiga — ¿Ah, no? —Lorenzo sacó una carpeta delgada y la arrojó sobre la mesa de centro— Tres depósitos en criptomonedas realizados la semana pasada, justo después de que se filtrara que yo buscaba personal nuevo. Vimos el registro de tus llamadas con un número encriptado de Chicago. Y lo más estúpido de todo... aceptaste venir hoy aquí creyendo que podrías salir y vender esta ubicación también ¿Creíste que eras más inteligente que yo? Pero a para tu sorpresa yo insiste a Grecia a llamarte sabiendo que vendrías que la avaricia no te dejaría ver el peligro — ¡Miente! ¡Dile que miente, Claudia! —Exclame acercándome a ella y tomándola por los hombros. La sacudí levemente, buscando una chispa de la mujer que conocía— Dile que es un error, que ese dinero es de otra cosa... por favor, dime algo...— Mi voz se rompió al final. Claudia rompió a llorar pero no era el llanto de una víctima asustada era un llanto de derrota, un sollozo desgarrador que conocía bien porque era el sonido de la verdad cuando ya no hay escapatoria. Se cubrió la cara con las manos y sus hombros se sacudieron violentamente. El silencio que siguió fue el más doloroso de mi vida. — ¿Cómo fuiste capaz? —Susurré, soltándola como si su piel quemara. El dolor en mi pecho era físico, como si me hubieran clavado un cristal en el esternón—. ¿Por qué a mí Claudia? ¿Por qué me metiste en esto? Sabías que había niños... sabías que yo estaría allí sola. Casi me matan. Casi matan a Matteo y a Alessia... Claudia bajó las manos, revelando un rostro desfigurado por la angustia y terror no porque yo lo sabía si no porque Lorenzo lo sabía, creo que estaba resignada. Sus ojos rojos buscaron los míos, pero ya no había la calidez de antes, solo una resignación amarga. — Era mucho dinero, Grecia... —Susurró con una voz que apenas reconocí— Y tú... tú eras la opción más sencilla, no tienes familia que pregunte por ti, no tienes amigos cercanos, nadie que fuera a armar un escándalo si algo salía mal. Eras un cabo suelto que nadie extrañaría. Esas palabras dolieron más que cualquier bala. Me quedé sin aire, retrocediendo hasta chocar con el pecho de Lorenzo. Tenía razón, mi soledad, la misma que me hacía esforzarme tanto por destacar, había sido mi sentencia de muerte en manos de la persona en la que más confiaba. Me sentí pequeña, insignificante, una pieza de sacrificio en un tablero que ni siquiera entendía. En ese momento, dos hombres de traje oscuro, con rostros de piedra, aparecieron desde el pasillo. Se acercaron a Claudia y la tomaron por los brazos, levantándola del sofá sin ningún miramiento. — ¡No! ¡Grecia, por favor! ¡Diles que no me hagan nada! ¡Perdóname, por favor! Somos amigas! Me equivoqué lo lamento—Gritaba ella mientras era arrastrada hacia el ascensor. Sus gritos rebotaban en las paredes del penthouse, llenando el espacio de una desesperación insoportable. Se equivocó... No, ella me vendió aún así no podía mirarla sabiendo que yo la había traído hasta aquí, Lorenzo me había utilizado para traerla hasta aquí. Me giré rápidamente y tomé la mano de Lorenzo. Estaba fría, pero me aferré a ella como si fuera mi único anclaje a la realidad. — ¿A dónde la llevan? —Pregunté con la voz rota— Lorenzo, dime qué le van a hacer Lorenzo se giró hacia mí. Su rostro ya no tenía rastro de la pasión de la noche anterior. Era una máscara de hielo, el semblante de un hombre que dictaba sentencias sin que le temblara el pulso. Estiró su mano libre y acarició mi mejilla con el dorso de sus dedos. El contacto fue suave, pero sus palabras fueron un golpe mortal. — Ella va a tener el mismo destino que los hombres que viste en el suelo de la mansión, Grecia —Dijo con una calma aterradora— En mi mundo, la traición a mi familia se paga con la vida. Ella vendió a mis hijos. No hay perdón para eso. Lo solté de golpe, como si su mano estuviera ardiendo en llamas. Retrocedí, cubriéndome la boca para ahogar un grito. La imagen de Claudia, de mi amiga, siendo ejecutada en algún lugar oscuro me revolvió el estómago. Entendí, con una claridad brutal, que el hombre que me había abrazado anoche era un verdugo.— Soy el hombre que te mantiene con vida —Respondió él sin inmutarse— Y el hombre que se asegurará de que nadie vuelva a usarte como mercancía. Se dio la vuelta y se marchó hacia su oficina, dejándome sola en medio de la inmensa sala. El silencio regresó, pero ahora era un silencio fúnebre. Me dejé caer en el suelo, abrazando mis rodillas, sintiéndome más sola que nunca. Me pregunté una vez más ¿Dónde estaba? ¿En qué clase de infierno me había metido? Y lo más aterrador de todo... ¿estaba realmente a salvo con él, o simplemente estaba esperando mi turno en su jaula? La traición de Claudia me había dejado huérfana de nuevo, y Lorenzo era el único que quedaba en mi horizonte, un salvador con las manos manchadas de sangre.
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